Para la gente normal resulta muy tentador ignorar a nuestro presidente cuando comienza a hablar sobre traición y corrupción en el FBI. Lo entiendo perfecto. Soy objeto de muchas de sus críticas, pero trato de ignorarlo.

No deberíamos, porque millones de personas de buena fe creen lo que dice un presidente de los Estados Unidos. En tiempos normales es sano creer al mandatario de nuestro país, pero no ahora, cuando el presidente es un mentiroso a quien no le importa el daño que hace a las instituciones.

Rusia llevó a cabo un esfuerzo masivo para interferir en las elecciones presidenciales del 2016. Sólo existe un líder estadounidense que aún niega ese hecho. El FBI vio el ataque a partir de mediados de junio del 2016, con la primera descarga de correos electrónicos hackeados.

A fines de julio, cuando estábamos investigando el alcance de la injerencia, nos enteramos de que uno de los asesores de política exterior de Trump conoció el esfuerzo ruso siete semanas antes de que nosotros.

En abril del 2016, dicho asesor habló con un agente ruso en Londres, y se enteró de que los rusos habían obtenido “basura” de Hillary Clinton en forma de miles de correos electrónicos, y que los rusos podían ayudar a la campaña de Trump a través de la divulgación anónima de información perjudicial para ella. Por supuesto, nadie de la campaña de Trump nos dijo esto.

La idea de Trump sobre una conspiración del FBI se vuelve más tonta. El 28 de octubre llegué a la conclusión de que no tenía más remedio que informar al Congreso de que habíamos reabierto la investigación por el uso del correo electrónico de un servidor no gubernamental por parte de Hillary Clinton. La candidata demócrata justificó su derrota por la decisión que tomé al frente del FBI.

Cuando terminen las investigaciones encontrarán que el trabajo que el FBI realizó lo hizo de manera apropiada.

No hubo traición ni corrupción. Son mentiras.