Una forma simple de analizar el desarrollo económico es ver si la población en su conjunto, los individuos y sus familias, tienen, a una determinada edad, un nivel de vida superior al que tenían sus padres a esa misma edad. Visto de esta manera, se puede juzgar si la política económica implementada por el gobierno en un periodo determinado ha sido exitosa, en mayor o menor grado, para lograr tal propósito. Si se observa que la generalidad de la población tiene niveles de bienestar mayores que el que tenían sus padres a esa misma edad, se podría afirmar que ha habido un proceso de desarrollo económico. Obviamente, cuando nos referimos al “nivel de bienestar” éste tiene una acepción amplia que incluye el acceso a satisfactores materiales e inmateriales mayores en cantidad y en calidad. ¿Tenemos más y mejores bienes y servicios que hace una generación? Si la respuesta es afirmativa, podemos entonces afirmar que ha habido desarrollo económico.

¿Se ha desarrollado México en esta última generación? ¿Tenemos hoy en lo individual y en lo familiar, un nivel de vida, un nivel de bienestar, mayor que el registrado hace 25 años? Esta es la pregunta que en lo individual usted, estimado lector, tiene que responder.

Evalúe objetivamente (sí, objetivamente) si usted y su entorno familiar cercano viven hoy mejor que sus padres (y su familia) en 1993 y conteste cuestiones simples como: ¿es su ingreso familiar real mayor que el de sus padres?, ¿puede elegir hoy una mayor diversidad de bienes y servicios que lo que usted y sus padres podían hacer?, ¿la calidad de los bienes que consume es mayor que la prevaleciente entonces (concéntrese en cosas simples como: la calidad de su automóvil, de su televisión, de los electrodomésticos en su hogar, de su teléfono fijo y celular, de asistir a un cine, de sus posibilidades de viajar en las vacaciones, etcétera)?, ¿es su nivel educativo mayor que el alcanzado por sus padres?, ¿espera vivir a una edad más longeva que sus padres?, ¿tiene acceso a bienes y servicios que hace 25 años no existían como teléfonos inteligentes, tablets, transferencias electrónicas de fondos bancarios, tratamiento y cura de diversas enfermedades, etcétera?, ¿el medio ambiente en el que vive es mejor? Y así nos podemos seguir enumerando toda una serie de preguntas que permitirían evaluar cómo ha cambiado el nivel de vida de cada individuo a lo largo de los últimos 25 años.

Me atrevo a afirmar que cada uno de ustedes respondería afirmativamente a la mayor parte de cada una de esas preguntas. Su nivel de ingreso es mayor, tiene hoy más y mejores bienes de consumo, su nivel de escolaridad es al menos igual (pero rara vez menor) que el de sus padres, espera vivir más años, etcétera.

¿Se ha desarrollado México? Sí, sin duda. ¿Podría haber habido una mayor mejoría? También.

Si cada uno de ustedes está mejor, tiene un nivel de vida mayor que su familia hace 25 años, viene la pregunta: ¿por qué se percibe que hoy estábamos peor que hace 25 años? Y la respuesta es esa, es un problema de percepción, no uno de evaluación objetiva que cada individuo tiene que hacer sobre sí mismo y su familia. Se percibe que estamos peor por cuestiones muy particulares y reales como la incidencia de corrupción e impunidad y por la inseguridad, pero a pesar de estos problemas que han inhibido mayores avances, la mayor parte de la población vive mejor que hace una generación.

¿Tiramos por la borda esta mejora apostando por políticas económicas equivocadas? Evalúe.

Isaac Katz

Economista y profesor

Punto de vista

Profesor de Economía, ITAM. Caballero de la Orden Nacional del Mérito de la República Francesa. Medalla al Mérito Profesional, Ex-ITAM.