¿Alguna vez le ha pasado que en un restaurante ordena una cerveza para nivelar su temperatura corporal pero al momento de beberla se da cuenta de que está quemada? Peor aún, ¿no se ha levantado a medianoche por un vaso de leche y la escupe de inmediato por su agrio sabor? ¡Méndigo Pasteur!

Seguro ha oído acerca de la pasteurización, que es el proceso térmico aplicado en líquidos alimenticios para reducir la presencia de agentes patógenos —bacterias, protozoarios, mohos, levaduras, entre otros—, término en honor al apellido del científico francés. Sin embargo, este proceso no fue su único aporte a la ciencia.

El flojo

Como buen científico, Pasteur si acaso fue un estudiante promedio desde la primaria hasta su graduación del bachillerato en 1840. Ese mismo año entró como maestro asistente a la Universidad de Besançon, donde un par de años después recibió su baccalauréat scientifique, cumpliendo un curso científico en matemáticas especiales, pero con una baja calificación en química —téngalo presente.

En 1844, en un segundo intento, logró ingresar a la Escuela Normal Superior de París, donde, al año siguiente, obtuvo su grado de licenciatura en Ciencia. Finalmente, en 1847 realizó brillantes investigaciones en cristalografía, además de publicar dos tesis: una en física y otra en química —lo bueno es que era “malito”.

El químico

Continuando la ironía, la primera aportación científica de Pasteur fue el descubrimiento del dimorfismo del ácido tartárico, compuesto presente en el vino y en las frutas, y conocido desde las épicas borracheras grecorromanas. Pasteur logró, con ayuda de un microscopio, determinar que el ácido tartárico presentaba quiralidad. Manualmente separó los cristales del tartrato doble de sodio y potasio —sal de Seignette— que desviaban la luz hacia la izquierda —levógiros— de los que la desviaban hacia la derecha —dextrógiros—. Tiempo después, lograría realizar la primera síntesis del compuesto levógiro puro del ácido tartárico.

Con este descubrimiento, ahora podemos distinguir los compuestos quirales que pueden ser benéficos o nocivos. El infame suceso en Europa con la talidomida —empleada de 1957 a 1963— que se comercializó como sedante, específicamente para las mujeres durante los primeros tres meses de embarazo, también provocó una enfermedad congénita que acorta o nulifica las extremidades en los recién nacidos. Se descubrió que ese medicamento era una mezcla racémica, es decir, que contenía las mismas cantidades levógiras y dextrógiras, donde la primera causaba las deformaciones en los bebés y la segunda actuaba como el sedante para las madres. Desde entonces es un requisito determinar la quiralidad de cada compuesto —si es que presenta— cuando se desea crear un medicamento.

El microbiólogo

Uno no puede llamarse “científico” sin meterse en distintos campos ajenos a la ciencia que uno estudió. Eso le pasó a Pasteur cuando derrumbó una “verdad científica” de su época: la teoría de la generación espontánea. El naturalista Félix Archimède Pouchet rechazó con vehemencia la “absurda” evidencia de Pasteur, llegando a tal grado que la Academia de Ciencias de Francia organizó una competencia entre ambos investigadores para que demostraran sus posturas; el ganador se llevaría el Premio Alhumbert, más 25 mil francos, para darle relevancia mediática al asunto.

Con un simple experimento, usando sólo matraces con filtros y otros con cuellos largos, Pasteur demostró cómo los microorganismos viajan en el polvo y cómo, al no tener contacto con los “caldos nutritivos” —vino, cerveza o leche—, no generan la descomposición. Louis ganó. La base para la teoría germinal de las enfermedades fue establecida así como también para la microbiología, afirmando que Omne vivum ex vivo —“todo ser vivo proviene de otro ser vivo anterior”—, dándole así un gancho al hígado a los “espontáneos”.

El médico y sus “descuidos”

Posteriormente, Louis se interesó más por las enfermedades contagiosas —la etiología— y aconsejó a los hospitales militares hervir los instrumentos y vendajes para cirugía. En aquel tiempo una operación significaba casi una sentencia de muerte por las infecciones consecuentes. Sin ser médico, Pasteur revolucionaría la esperanza de vida con su mayor contribución: la vacuna, término que retomó en honor a las investigaciones de Edward Jenner, pionero de las inoculaciones realizadas entre vacas y humanos para prevenir la viruela.

Eso sí, dicha revolución ocurrió a causa de la desidia: Pasteur y su ayudante Charles Chamberland estaban inoculando la bacteria Pasteurella multocida —cólera aviar— en pollos, para estudiar la evolución de esa enfermedad. Como buen jefe, Pasteur se fue de vacaciones y le encargó el changarro a Chamberland para que siguiera inoculando las aves, pero a éste le dio pereza y también decidió darse un descanso. Luego de un mes, ambos regresaron e inocularon —ahora sí— a los pollos, pero con unas bacterias ya debilitadas. Aunque los plumíferos presentaron algunos síntomas, sobrevivieron.

Rabia y controversia

No obstante, Louis antes de morir rogó a su familia nunca revelar sus notas de laboratorio cuando él muriera. Pero en 1985 se hicieron públicos 144 cuadernos en los que aparecieron ciertas controversias, como evidencia de que sí creyó en la teoría de la generación espontánea, o que Henry Toussaint sí fue el primero en producir la vacuna contra el ántrax, además de su dudosa ética al experimentar de forma extrema con animales.

En defensa de Louis hay que decir que —como cualquier ser humano— tuvo sus defectos y sus virtudes (incluido cuando salvó al niño Joseph Meister de morir por rabia al inyectarlo con la vacuna aún en fase experimental), guiado por la célebre sentencia de “el fin justifica los medios”. Gracias a sus descubrimientos —y de cuantos lo apoyaron—, ahora contamos con una esperanza de vida mucho mayor, podemos beber leche semanas después de haberla abierto y se pueden producir nuevos y mejores medicamentos sin efectos secundarios graves.

A wiwi, como se dice “en francés”.

El Dr. Carrington dice:

En la GranTenochtitlan un esclavo podía lograr su libertad si, huyendo de su amo y adentrándose en un tianguis, pisaba caca.

Borges Verbal R.

Riqueza. La riqueza me parece una guarangada, una ordinariez. Y el lujo también. Por eso no acabo de reconciliarme con el Renacimiento. La idea de un palacio, por ejemplo, me parece horrible.

algarabía.com y en Twitter @algarabia