Hace un par de semanas escuché una pieza musical excepcional. Para mi sorpresa, lo que escuchaba era una pieza creada por un algoritmo de inteligencia artificial

Hoy tenemos la opción de entender lo que estamos viviendo o podemos seguir inconscientes al desencadenamiento tecnológico de los últimos 50 años

Hace un par de semanas escuché una pieza musical excepcional. Me transportó de inmediato a un estado absoluto de serenidad e incluso pensé por unos momentos que podía identificar al compositor. Si bien no soy un erudito de la música clásica, los nombres de Beethoven, Liszt y Schubert me cruzaron por la mente y para mi sorpresa lo que estaba escuchando era una pieza creada por un algoritmo de inteligencia artificial. Pausé por unos momentos a pensar genuinamente en el momento histórico que estamos viviendo y analicé en medio de qué revolución tecnológica nos encontramos. No puede ser que no signifique nada confundir a un gran compositor y genio de la humanidad con la creación de una computadora. Sin embargo, sabemos en términos simples que en realidad a la máquina se le presentan una colección de obras musicales. A posteriori analiza estas obras y encuentra correlaciones y patrones de ondas similares. A partir de este aprendizaje, la máquina puede crear una obra musical nueva y muy similar a las obras que analizó. Discierne reglas a partir del entrenamiento con piezas reales de música descubriendo patrones y correlaciones. Por lo que mi tesis en esta columna es simplemente plantear un cuestionamiento entre el arte y el arte creado por máquinas de inteligencia artificial. ¿Se le puede realmente considerar arte a algo que no está creado por emociones humanas?

Que pasa si pausamos un momento y con calma entendemos las siguientes frases que expongo de grandes artistas. “La verdadera obra de arte no es más que una sombra de la perfección divina”. Estas palabras las dijo la gran figura del renacimiento italiano en el siglo XVI, Miguel Ángel, hombre que dominó el panorama creativo y quizá cimienta la base de la concepción artística. O por ejemplo esta frase de Aristóteles: “El objetivo del arte no es representar la apariencia externa de las cosas, sino su significado interior.”

Sin temor a equivocarme me parece que el tema central es entender ¿qué es realmente el arte? Quizá retomando la definición de Edgar Degas: “El arte no es lo que ves, sino lo que haces ver a los demás”, podemos partir hacia nuestro cuestionamiento inicial. Estrictamente bajo esta definición el arte creado por una máquina de inteligencia artificial que también en su momento fue programada/creada por un humano para entender patrones y secuencias tendría que ser considerado arte o ser arte.

Me atrevería a cuestionar, ¿por qué no separamos la pieza del artista?, y si lo hacemos, ¿por qué entonces no separar la máquina de la pieza creada? ¿No es la pieza representante suficiente de arte y estética? ¿No es lo suficientemente bella como para expresar emociones por sí sola?, y entonces resuenan en mí las palabras de Marc Chagall: “El arte debe ser una expresión de amor o no es nada”.

Cuando disocias al artista de la pieza creada, entras en un túnel de cuestionamientos en dónde quizá te preguntes si los cuadros de Pollack serían lo que son sin haber sido creados por él en el momento preciso de la historia contemporánea en donde el movimiento artístico necesitaba de una revoluciona de expresión distinta a lo que en aquel momento estaba establecido.

En la actualidad tenemos el lujo o la miseria de enfrentarnos a una revolución tecnológica, en dónde hemos escuchado innumerables veces cómo los artistas o las mentes creativas serán las únicas que subsistirán cuando la tecnología remplace el capital humano. Me parece que hoy tenemos la opción de entender lo que estamos viviendo o podemos seguir inconscientes al desencadenamiento tecnológico que se lleva manifestando los últimos 50 años.

Ya estamos en la era en dónde la sinfonía inconclusa de Schubert se concluyó. “La noche del 22 de marzo, el talento de Alondra de la Parra y el poder de la inteligencia artificial (IA) resonaron en las paredes del Centro Cultural Roberto Cantoral. El ambicioso proyecto de Huawei “Unfinished Symphony” se presentó al público mexicano de la mano de la directora y la Orquesta Filarmónica de Las Américas.

Por primera vez en la historia, la IA de un smartphone se utilizó para concluir una pieza musical de acuerdo con el estilo de su autor original. Se trata de la #8 de Franz Schubert, popularmente conocida como la “Sinfonía inconclusa”, que con algoritmos de Huawei y la composición de Luca Cantor, se completó luego de casi dos siglos.

También vivimos en la era en donde los artistas tienen cada vez más herramientas tecnológicas para crear y desenvolverse en un mundo de rapidez e inmediatez. Nuevas tecnologías y en particular la inteligencia artificial están cambiando dramáticamente el proceso creativo. Las computadoras juegan un rol significativo en las artes, es decir, en música, arquitectura y pintura. De alguna manera la computadora se ha convertido en un canvas por sí sola, o en un pincel o en un instrumento musical. ¿Será posible poder visualizar a la computadora como una entidad creativa en solitario o es más bien una herramienta para el genio creativo humano? Me parece importante entender si existe realmente tal competencia entre la inteligencia artificial y la sensibilidad humana o pudieran ser complementarias.

Quizá para unos el arte es más representativo cuando conlleva una historia del creador, del gran artista. Quizá tiene que tener un impacto contextual en la historia humana. Quizá para otros el arte simplemente sea la pieza. En mi caso al escuchar la pieza musical sin saber que había sido creada por una computadora, era arte. Quizá cambié de opinión en el momento de asociación entre el “artista” y el “arte”. En cualquiera de los casos, no podemos ignorar la tecnología que hoy en día está a nuestro alcance para crear las siguientes grandes obras, ¿de la humanidad?