Con distintos ritmos y de manera incompleta, el mundo había venido reduciendo los niveles de pobreza en últimas décadas. China y otros países asiáticos habían contribuido a la mayor reducción global de la pobreza mundial.

Incluso en países como México, los datos puntuales de niveles de pobreza en México habían presentado mejoras en las últimas décadas. Por supuesto, no se había alcanzado a reducir la pobreza a niveles tolerables y al ampliarse los ingresos del sector de mayor capacidad económica en los países, la brecha de desigualdad no se había disminuido en la misma proporción; pero existían avances.

La desigualdad extrema y la pobreza no sólo son ética y socialmente inaceptables, sino que son económicamente indeseables porque genera distorsiones que comprometen la capacidad de crecimiento sostenible de las economías y generan distorsiones estructurales que afectan todos los ámbitos de la sociedad más allá de lo económico, pasando por lo social y lo político.

La pandemia mundial y las medidas de contención que a nivel mundial se adoptaron, han provocado una caída económica que, con mayor o menor intensidad, agravarán las condiciones de desigualdad y pobreza, particularmente en aquellos países que, en el momento crítico de la contingencia sanitaria, no han tomado medidas de profundidad para contener los devastadores efectos sobre los hogares.

De acuerdo con el Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, ratificado por estudios de diversa índole, la pandemia provocará ampliaciones de desigualdad en muchos frentes.

Por un lado, la contracción de la actividad económica provocará un deterioro grave de la condición económica de los adultos mayores de los niveles de ingreso más bajo. Si piensa en el caso de México, tan sólo los adultos mayores que tenían que trabajar en las cadenas de autoservicio empacando víveres como único medio para obtener ingresos complementarios para su manutención, han perdido durante cinco meses esos ingresos. Por el cierre parcial de la actividad no se ha hecho visible la degradación de su condición económica y social, pero pronto será evidente el tamaño de la urgencia en la atención de ese grupo, para el cual los programas gubernamentales existentes no alcanzan a suplir el tamaño de la necesidad.

En cuanto a la inequidad de género, en estudios realizados en Estados Unidos se ha encontrado que a diferencia de otras recesiones en las que los hombres proporcionalmente resultaron más afectados en temas de empleo, en esta ocasión las mujeres tienen una afectación mayor. Ello derivado de que muchos sectores que resultaron golpeados tienen una sobre representación laboral de las mujeres. Por ejemplo, en el sector de restaurantes o de servicios educativos. Adicionalmente, muchas mujeres permanecen en sus hogares para atender a sus hijos que no pueden asistir a clases ante la suspensión de la actividad escolar, lo que afecta más sus empleos e ingresos.

Finalmente, por lo que se refiere a aquellos grupos que por su nivel de escolaridad o de habilidad laboral ya estaban en los grupos con menor ingreso salarial, estos han sido particularmente más golpeados de la contracción de la actividad económica y el cierre de muchas de las actividades productivas durante varios meses.

El problema de la atención de la desigualdad es que requiere de políticas públicas que, aún en condiciones de relativa estabilidad, con frecuencia su discusión está plagada de retórica ideológica o de descalificación sin fundamento. El mundo requerirá políticas fiscales expansionistas y contracíclicas para atender la desigualdad estructural y la generada por la contingencia.

raul@martinezsolares.com.mx

Raúl Martínez Solares

CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo

Economía Conductual

El autor es politólogo, mercadólogo, financiero, especialista en economía conductual y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo.

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