Canciones y geopolítica se mezclaron más que nunca en el festival de la canción Eurovisión, el evento cultural más visto en el mundo. El pasado fin de semana, más de 200 millones de televidentes vieron a la victoria de la representante israelí, cuyos votos desde todo el continente superaron, en el último momento, a los de la cantante chipriota.

En el 2017 y en medio de una guerra, el festival tuvo lugar en Ucrania y Rusia boicoteó el festival. La ciudad natal de la cantante ucraniana era Crimea, territorio ocupado por Rusia, y durante el evento, la concursante habló de limpieza étnica de los rusos contra los tátaros que vivían en esa región.

Portugal, vencedor el año pasado, acogió la competición en el 2018, por lo que auguraba un festival menos politizado. Lisboa es la capital europea continental más alejada de Rusia y de los conflictos del Medio Oriente. Además, no tiene conflicto con ninguno de sus vecinos. La radio televisora portuguesa, anfitriona del concurso, había escogido el lema “All aboard” (todos a bordo), una referencia a la historia portuguesa sobre la importancia de estar unidos a Europa y al mundo a través del mar.

A pesar de todas estas credenciales, el mayor festival de la canción del mundo, cuya audiencia rebasa la del Superbowl, tuvo en el 2018 su año más político. Si el amor permaneció como el tema más común en las canciones, tres países escogieron abordar temas explícitamente políticos y no les fue mal. La canción de Francia fue inspirada por el relato de una refugiada nigeriana que dio a luz mientras cruzaba el Mediterráneo en un barco humanitario y llamó a su bebé Mercy, que dio el título a esta canción. Obtuvo el decimotercer lugar de 43. La canción italiana “Non mi Avete Fatto Niente” (No me hicieron nada) fue inspirada por las declaraciones de un compañero de una de las víctimas del atentado de París del 2015; “no tendrán mi odio, no tendrán mi miedo”, dice la letra, obtuvo el quinto lugar.

La representante del Reino Unido cantó “Storms don’t last forever... we can hold our hands together through this storm” (“Las tempestades no son para siempre, démonos la mano para atravesar esta tempestad”). Para los que creyeran que sería exagerado pensar que se trataba de una alusión transparente al Brexit, basta con señalar que la canción fue una de las menos votadas por el jurado y el público europeo, y sobre todo, la pobre cantante fue agredida durante su actuación en vivo por un agitador que protestaba contra el Brexit.

La canción israelí tiene un doble significado político. La letra, en inglés salpicado de hebreo, aborda el acoso sexual surfeando sobre la ola del movimiento #MeToo. Pero más allá de eso, o de la calidad de la canción, la victoria de un país en guerra como Israel tiene una fuerte carga política.

Como lo dijo la ganadora, Netta, al recibir el trofeo, “Amo mi país, nos vemos la próxima vez (el año próximo) en Jerusalén”, la Jerusalén que esta semana es objeto de la atención del mundo por la mudanza de la Embajada de Estados Unidos desde Tel Aviv por decisión de D. Trump.

Jerusalén ya fue sede de dos finales y no cabe duda de que Israel sabrá utilizar la presencia de cuatro decenas de países y la atención de 200 millones de televidentes para realizar una operación de relaciones públicas para asentar su presencia en lo que considera su capital eterna.