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La romantización de la cocina de casa
Regresar a la cocina podría asegurar una mejor alimentación, pero este hecho depende de una multiplicidad de variables.
Recientemente, uno de los discursos subyacentes en lo que concierne a maneras de alimentarse sanamente es aquel que promueve que toda comida hecha desde cero en casa es una de las maneras de asegurar una alimentación saludable. Desde las ciencias sociales se cuestiona este a priori, en el entendido de que volver a la cocina desde cero no necesariamente garantiza que haya una mejora en las condiciones saludables de la alimentación.
Muchas de las directrices que se manejan desde el discurso hacia alimentación saludable tienen que ver invariablemente con la forma en la que están cocinados nuestros alimentos. De hecho, uno de los principales obstáculos para ponerse a dieta, para muchas personas, está en el hecho de no poder “controlar” la forma en la que sus alimentos están preparados. Incluso algunas de las intervenciones de nutrición se enfocan en sugerir métodos de cocina en los que se obtengan las mejores condiciones para consumir alimentos. Todo esto en la realidad puede resultar positivo, pero si contextualizamos en la realidad, es un hecho que la vuelta a cocinar todo desde cero implica un despliegue de recursos logísticos que las personas no pueden gestionar.
Entender la romantización de la comida “casera” tiene muchos ángulos de análisis. Desde un punto de vista simbólico, lo casero representa en muchas ocasiones el vínculo emocional con la persona que prepara la comida. Además, existe un supuesto de que la comida casera finalmente es lo que a uno le gusta, preparado como a uno le gusta. Estos presupuestos son más certeros en el caso de personas que tengan habilidades culinarias, el tiempo y recursos para hacerlo todos los días. Sin embargo, en sociedades cada vez más urbanizadas, el uso del tiempo en traslados y trabajo dan cada vez menor margen a este despliegue de recursos.
Es verdad que todo puede ser organización, pero también existe un reparto desigual en el uso del tiempo de tareas domésticas, incluida la comida. Y es en este punto en donde colectivos de mujeres pretenden hacer hincapié en que varios de los discursos hoy en día tienen implícito el hecho de que las mujeres regresen a la cocina con el fin de mejor alimentar a los hijos. Regresar a la cocina podría asegurar una mejor alimentación, pero este hecho depende de una multiplicidad de variables. Y definitivamente, el hecho de que las mujeres regresen a la cocina no justifica esto, puesto que la alimentación finalmente es un hecho que atañe a todas las personas e instancias, no solamente a las mujeres. Cuando se emiten estos discursos, hay que ver con un mejor ojo crítico desde dónde se transmiten y cómo se transmiten.
Por otro lado, el asegurar mejores redes de abastecimiento y acceso a alimentos saludables puede proveer de una solución a este tema sin que la culpa recaiga necesariamente sobre el hecho de cocinar sus propios alimentos o dejar que alguien más los cocine. Ahora que si todas las coyunturas de logística no afectan a la persona y, por el contrario, es un ávido cocinero diario, esto tampoco significa que lo que se cocine asegure una mejor salud. En el fondo, cuando hacemos este tipo de simplificaciones en la alimentación, siempre existen elementos colaterales que afectan las relaciones de causa y efecto, por lo que hacer un ejercicio de relativización siempre puede resultar benéfico para poder tener en cuenta la mayor cantidad de situaciones posibles.

