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La pobreza y la violencia: ni juntas ni revueltas
Definitivamente, uno de los grandes retos del México moderno es combatir los altos niveles de pobreza. De acuerdo con el Coneval, la cifra ronda en 53 millones de personas, lo cual debe motivarnos a trabajar por revertirla. Asimismo, hemos alcanzado niveles de violencia inadmisibles, con el claro ejemplo del reciente e indignante caso de los tres estudiantes desaparecidos en Jalisco, que ahora se sabe, fueron ejecutados por miembros del crimen organizado. Ambos temas son trascendentales para alcanzar el crecimiento inclusivo en nuestro país; pero que no deben verse juntos ni mucho menos revueltos.
En el debate del pasado domingo 22 de abril pudimos escuchar a los candidatos a la Presidencia argumentar y defender sus posturas, pero lo que me pareció alarmante fue la certeza de asegurar que la violencia asociada al crimen organizado es generada por la pobreza. Esta observación no sólo es miope, sino que pone en el mismo lugar a mexicanos que luchan día a día por salir adelante, con delincuentes que decidieron hacer de la ilegalidad su modus vivendi. Lo que sí debemos hacer es unirnos en torno a soluciones, mejores prácticas e implementación de acciones viables para nuestra sociedad; sin embargo, esto sólo se logrará comprendiendo y resolviendo el origen de estos fenómenos, pero nunca criminalizando la pobreza.
Asegurar que cada persona pobre en este país es un criminal potencial no tiene sustento, para muestra analicemos nuestro caso: en México, los estados con mayores índices de pobreza son Chiapas, Oaxaca y Guerrero donde, en el mejor de los casos, dos de cada tres habitantes se encuentran en esta situación; al mismo tiempo, dichas entidades son las que presentan los niveles más bajos en incidencia de delitos contemplados dentro de la Ley Federal Contra la Delincuencia Organizada.
Por otro lado, estados con los índices más bajos de pobreza y rezago social como Nuevo León, la Ciudad de México y Baja California Sur, donde sólo un tercio de los habitantes se encuentra en esta situación, cuentan con la incidencia más alta en estos mismos delitos. Además, de acuerdo con un estudio realizado por la investigadora de la UNAM Martha Nateras, la pobreza no es un factor decisivo para que un individuo se sienta atraído por participar en el crimen, es decir, los factores socioeconómicos no son los detonadores exclusivos.
La pobreza y la violencia del crimen organizado están correlacionadas; sin embargo, esto no significa causalidad. Debemos tomar en cuenta elementos de índole familiar, de educación, sociodemográficos y hasta urbanos. Si queremos resolver los problemas de nuestro país tenemos que analizar las causas reales de los mismos, y crear soluciones viables y sustentables para ellos. Por ejemplo, asegurar un reparto equitativo de la riqueza que se genera en el país es una medida de fondo.
Nos encontramos en época de elecciones, y más allá de hacernos creer que la situación no mejorará si no es de la mano de “ya saben quién”, debemos exigir propuestas integrales que nos permitan enfrentar y atender las necesidades del México actual. De acuerdo con el psicólogo y científico de Harvard Steven Pinker, en su análisis Los ángeles que Llevamos Dentro, uno de los principales detonantes de la violencia en el mundo es la radicalización de las ideologías. Percibir como enemigo a quien no coincide con nuestra opinión es, definitivamente, el mayor detonante de violencia al que estamos expuestos en estas elecciones, por lo tanto, no debemos permitir que dicha situación contamine más nuestro país.
¡Hasta nuestro próximo encuentro!
*Candidata a Diputada Federal Plurinominal en la Tercera Circunscripción Electoral por el Estado de Tabasco y expresidenta de la Federación de Colegios de Economistas de la República Mexicana AC.

