En tiempos de engaño universal, decir la verdad es un acto

revolucionario.

George Orwell

 

En nuestra anterior colaboración abordamos algunos factores que contribuyen al deterioro del tejido social y recordamos que éste se compone por las comunidades que comparten valores, intereses o espacios que crean pertenencia. También iniciamos la exploración de algunos de los efectos de la crisis económica, de salud y de seguridad que nos agobia en la familia y en materia educativa. 

Un efecto altamente peligroso del aislamiento es la violencia intrafamiliar o doméstica, que es la que se ejerce en el terreno de la convivencia familiar por parte de uno o varios de sus miembros contra otro, contra algunos de los demás o contra todos ellos. Comprende todo acto violento que puede consistir en el empleo de la fuerza física, el hostigamiento, el acoso o la intimidación, que se producen en el seno de un hogar. 

Dificultades tales como carencias económicas; desempleo; separaciones; problemas de comunicación con la pareja, los hijos o entre hermanos, además del contagio o pérdida por Covid-19 de algún integrante de la familia; la educación a distancia y, en su caso el home-office propician enojo, impotencia o tristeza. No es extraño que esos sentimientos y emociones contribuyan al surgimiento de conflictos dentro de la familia. Se trata de problemas que cada persona o familia los afronta de diversas maneras.  

En la familia, lugar donde por excelencia se deben respetar los derechos humanos de cada uno de sus miembros, es frecuente que se violen por sus propios integrantes. Durante 2020, respecto de 2019, los delitos sexuales contra menores de edad se duplicaron y los rescates de mujeres víctimas de violencia doméstica en el país aumentaron 300 por ciento.

Además, el año pasado cuatro de cada 100 mujeres reportaron intentos de feminicidio. Estos datos, en una buena parte, son resultado de la grave y frustrante situación propiciada por el encierro. 

En la medida en que los conflictos o controversias familiares sean prevenidos o gestionados adecuadamente, se permite a los integrantes de una familia crecer y desarrollar nuevas y mejores maneras de relacionarse entre ellos y en la interacción social en otros ámbitos. Así mismo, se contribuye a evitar la comisión de delitos.

La mediación familiar ofrece varias ventajas, pues independientemente de que las partes arriben o no a acuerdos en la totalidad de los puntos controvertidos, éstas comienzan a responsabilizarse de sus propios actos y parte de la premisa de que cada integrante de la familia involucrado en el conflicto sabe por qué ha llegado a la situación de controversia y cuál debe ser su aportación si se quiere superar esa situación.

De todos los conflictos sociales, los familiares son los más habituales y los que suelen provocar mayor daño hacia el interior de la familia y en muchos casos, afectan a la escuela y a la comunidad. 

Tristemente, como comentamos en nuestra anterior entrega, los niños y jóvenes en edad escolar hoy no pueden acudir a escuelas ni universidades, por ello los conflictos que ocurren en casa no trascenderán —por ahora— a la escuela, pero la presión que ejercen hacia adentro de las familias es cada vez más riesgosa.

Como se sabe, el cierre de escuelas obligó a madres y padres de familia, además de atender sus otras obligaciones, a improvisar funciones de maestro sin preparación alguna ni el suficiente y oportuno material. La educación pública a distancia es deficiente, y no ha tenido en cuenta la falta de acceso a la internet y la carencia del más básico equipamiento para llevarla a cabo en la mayoría de las familias. 

Es conveniente recordar que los cuatro pilares sobre los que debe sustentarse la educación del siglo XXI son: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a vivir juntos, esta última es la tarea prioritaria. Sin embargo, la falta de convivencia de niños y jóvenes en las escuelas y universidades hacen imposible la tarea prioritaria de aprender a vivir juntos.

Vivir juntos sólo puede aprenderse socializando, por ello es muy probable que niños y jóvenes que hoy están encerrados, regresen a sus escuelas o universidades como alumnos distraídos, indisciplinados, incapaces de trabajar en grupo, carentes de solidaridad y de empatía. La convivencia escolar, además de ser la fórmula para aprender a vivir juntos, es un elemento atractivo y disfrutable para niños y jóvenes con la que se construyen amistades, afectos y compañerismo.

Uno de los retos más importantes que enfrentan las familias es evitar que niños y jóvenes, que deben estudiar precariamente a distancia, formen parte de generaciones deficientes o quizás perdidas para la enseñanza y el desempeño profesional. Para ello, además de hacer las tareas que correspondan a sus planes de estudio, resultan imprescindibles las prácticas cotidianas del diálogo y, de ser necesaria, la mediación. 

Evitemos caer en el juego de la polarización que se promueve desde Palacio Nacional y derrochar energía en discusiones estériles. 

Seamos un pueblo que muestre la resiliencia ante las adversidades como las crisis de salud, económica y de seguridad, además de la constante polarización institucional.

Mostremos la capacidad de recuperación ante lo que ya es una catástrofe que parece no tener fin y que podría dejarnos en ruinas. En otros graves retos, como los terremotos de 1985 y de 2107, ya lo hemos logrado. Entre más unidos estemos y contribuyamos al fortalecimiento de la cordialidad y de la cultura de la paz, seremos más fuertes. Entre más divididos, más débiles. 

Evitemos que se desgarre más el tejido social de México.

*Pascual Hernández Mergoldd es Abogado y mediador profesional.

phmergoldd@anmediacion.com.mx

Twitter: @Phmergoldd

Pascual Hernández Mergoldd

Abogado y mediador profesional

Columna invitada

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