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Opinión

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Insensatez mundial

Antes, la seguridad de los países se concebía como un asunto esencialmente nacional. Luego llegó la globalización y comenzó a cambiarlo todo.

En seguridad, la globalización ha redefinido conceptos básicos como el de soberanía. En un mundo globalizado, los problemas de seguridad cruzan las fronteras con tanta rapidez, que definir la respuesta a éstos con base en su territorialidad resulta poco eficiente. Ningún país, por sí mismo, es capaz de enfrentar estas amenazas.

A pesar de que teóricamente el asunto parece zanjado -nadie diría que China sola podría, si quisiera, acabar con el calentamiento global, o que Estados Unidos podría acabar con el crimen organizado en todas sus variantes-, en la práctica algunos países están a millones de años luz de entenderlo.

La respuesta a la epidemia global del virus de influenza humana es un ejemplo claro de que, a pesar de que la evidencia y el sentido común apuntan hacia otro tipo de soluciones, el mundo continúa pensando en términos arcaicos.

Creer que prohibiendo los vuelos de avión desde los países origen de la pandemia evitará que la amenaza llegue a sus naciones es simplemente no entender la compleja red de interconexiones que vinculan nuestro mundo.

Cierto, no todos los países son iguales. Es quizá comprensible que naciones como Haití y Cuba, apartadas del desarrollo y de la globalización, tengan un temor genuino de una pandemia que para sus sistemas de salud sería imposible contener.

Aún así, esto no lo justifica todo. Por ejemplo, frente a la misma amenaza, una región vulnerable y pobre como la centroamericana decidió no cerrar sus fronteras.

Pero, ¿qué podemos decir de países como Argentina, Rusia y Francia? ¿Qué nos dice de ellos su respuesta a la amenaza del AH1N1? En primer lugar, que sus sistemas políticos continúan operando con base en criterios nacionales, no globales.

Por supuesto, el problema aquí no es que no entiendan la lógica de la globalización -por supuesto que la comprenden-, sino simplemente que deciden ignorarla. A sabiendas de que su respuesta quizá sólo retarde la llegada de la amenaza a sus naciones, decidieron responder de forma anacrónica y populista.

La misma lógica aplica para aquellos que no impusieron restricciones de viaje, pero cuyo tratamiento de la crisis ha dejado también mucho qué desear. China, Chile, Perú, Ecuador, Colombia y Japón, por ejemplo.

Para éstos, en un futuro será evidente que sus posiciones no evitaron la propagación de la pandemia. Tendrán más costos que beneficios y el saldo en su relación con México y con Estados Unidos será alto.

¿Qué lecciones nos quedan? Tres, básicamente. La primera: que, a pesar de que frecuentemente nos cuesta reconocer las buenas acciones de nuestro vecino, en esta ocasión se ha portado a la altura apoyando a México técnicamente y manteniendo abierta la frontera.

La segunda: que nada ganamos los mexicanos con los arrebatos públicos del presidente. El enojo del presidente mexicano Felipe Calderón por la respuesta de algunos países no ha sido ni sensata ni inteligente.

Nuestro Presidente debería entender que no es su papel señalar las deficiencias de otros países -como lo hizo con Haití- o acusar a otros gobiernos de ineficientes -como lo hizo con Argentina.

Hay canales y formas de defender los intereses del país y la dignidad de los mexicanos.

El hecho de que lo haga la Cancillería no le resta fuerza al mensaje. Al contrario, sacar al Mandatario del ring tiene sus beneficios.

Y tercera: que nuestro mundo está todavía muy lejos de responder a los grandes retos globales de forma eficiente.

Ésta es únicamente una pandemia, pero hay y habrá amenazas mayores que, esperemos, desarticulen de una vez por todas las políticas nacionalistas que sólo generan insensatez mundial.

afvega@eleconomista.com.mx

Efecto mariposa

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