El concepto de austeridad, referido a una visión especifica de la política pública, ha estado presente en la discusión académica, gubernamental y política desde hace muchas décadas.

De manera más reciente, el concepto se volvió casi un sinónimo de la visión, hoy erróneamente llamada neoliberal, que fue parte de la política que se tuvo que aplicar en buena parte de las economías mundiales, como respuesta a los excesos fiscales de finales de los setenta y principios de los ochenta a nivel mundial.

Países como México enfrentaron hiperinflaciones y endeudamiento público desmedido, consecuencia de una enorme irresponsabilidad fiscal, con gasto público innecesario. Economías desarrolladas como las escandinavas, que venían de una expansión acelerada de los estados de bienestar, e incluso los Estados Unidos, que presentaron un fuerte déficit fiscal, enfrentaron la necesidad de tomar medidas para atender las consecuencias más inmediatas y urgentes de la crisis fiscal, inflación, limitaciones para mantener los niveles de gasto y limitaciones a la capacidad para hacer frente a las obligaciones de pago.

Una combinación de varios factores: las condiciones que establecieron las instituciones encargadas de proveer urgentemente liquidez a las economías que lo requerían, una visión crítica (académica, gubernamental y política) sobre la visión expansionista del gasto público y de la presencia del estado y, sobre todo, una cruda realidad de carencia de recursos fiscales; llevó a la aplicación de programas de austeridad que cortaron no sólo la “grasa excedente” del gasto público, sino que tuvieron que tocar “músculo” y “hueso”, afectando severamente programas sociales y creando condiciones que, si bien respondieron a la emergencia, crearon bases para impedir que la pauperización de los sectores económicamente más desfavorecidos por la inflación, fuera incluso parcialmente revertida.

La época de los estados con gran capacidad fiscal ya pasó, aun cuando las economías recuperaron parte de su dinamismo, otros fenómenos globales o demográficos limitan la capacidad para mantener superávits fiscales amplios y la “memoria económica” en muchos países estableció límites a políticas fiscales expansionistas. Los países que lo intentaron, apoyados en precios coyunturalmente elevados de materias primas, rápidamente cayeron en crisis como las del pasado.

El problema que hoy enfrentamos (y que ha sido visible en el pasado inmediato, incluso en la salida de la crisis financiera del 2008-2009) es que la austeridad parece a la vez una condena y un dogma que es creído hasta por quienes en el pasado se opusieron a ella.

Recientemente falleció el economista italiano Alberto Alesina quién publicó en el 2019 el libro Austeridad. Entre las conclusiones del dicho libro destaca que los programas de austeridad centrados fundamentalmente en el recorte del gasto conducen a un muy limitado efecto en el crecimiento de la economía, siendo este además limitado temporalmente en duración.

El libro destaca también que cuando la austeridad es focalizada y con una orientación clara de impulso a la economía, remueve factores de incertidumbre y estimula el crecimiento del consumo al crear una visión de futuro más optimista.

La experiencia histórica nos muestra que la austeridad como política pública debe estar orientada a imitar crecimiento del endeudamiento y del gasto pero sobre todo a canalizar recursos hacia aquellos programas que estimulan el crecimiento económico y (cada vez es más claro) a enfrentar y contener los efectos anti económicos de la profunda desigualdad económica y los desequilibrios de un crecimiento que desafortunadamente no tuvo una visión de sostenibilidad futura.

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Raúl Martínez Solares

CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo

Economía Conductual

El autor es politólogo, mercadólogo, financiero, especialista en economía conductual y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo.

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