El liberalismo y el Estado democrático, que juntos han gobernado por siglos, se han visto empañados por su criatura distorsionante, el neoliberalismo, causa de muchos problemas. Uno, la desigualdad, otro el desempleo y otro más la migración masiva de población de países ahogados por el subdesarrollo y que buscan un mejor lugar para vivir.

Hoy dice John Mearsheimer, profesor de la Universidad de Yale: “El hundimiento del orden liberal internacional horroriza a las élites occidentales que lo han construido y del que se han beneficiado. Estas élites creen fervientemente que este orden fue y sigue siendo una fuerza importante para la promoción de la paz y de la prosperidad en el mundo”. Lo fue, pero ese orden está marcado por la debilidad. El régimen democrático es complejo y justamente por ello, vulnerable.

En Estados Unidos, el Partido Democrático no ha tenido la fuerza y el convencimiento para contener la esquizofrenia de poder de Trump que ha multiplicado los conflictos con muchos países. Es el chivo que rompe los cristales.

En Europa, la pugna está entre los europeístas (populares, socialistas y liberales) y los nacionalistas. Tenía razón Norberto Bobbio cuando recomendaba olvidarse de la nación, porque significa hablar de unidad: unidad étnica, cultural, lingüística e histórica. Ello ha conducido a que la tierra esté bañada por la sangre derramada en nombre de ideas no científicas y metafísicas como la sangre y la raza.

Aún existe como liderazgo la Europa fundacional que está vacunada contra el nacionalismo: Alemania, Francia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo.

Lo que da coherencia y eficacia de gobierno a Europa, que conserva el Estado social, es que tienen instituciones supranacionales que representan a los países miembro: la Comisión Europea, el Consejo Europeo, el Banco Central Europeo y el Parlamento Europeo. Estas instancias permiten tener una política coherente para ellos y para negociar con EU, Rusia y China. Asimismo, una influencia en las instituciones internacionales como son el FMI, la OMC, la OTAN y la OCDE.

Manejando la política rusa por 20 años, Putin ha demostrado con su astucia y fuerza que Rusia, siendo un país cuyo PIB es 40% el de Alemania, logró anexarse Crimea, ante lo cual recibió sanciones de Europa, mismas que ha retirado. Ganó Putin y su convencimiento de que “quién no se arriesga nunca bebe champán”.

Rusia no evolucionó a una economía de mercado normal sino a un capitalismo de Estado amiguista. Tiene dos cosas: posesión de armas nucleares y capacidad cibernética. Es uno de los cinco miembros del Consejo de Seguridad de la ONU.

Rusia tiene alianzas cada vez más fuertes con China, la potencia emergente que desafía a EU particularmente en tecnología.

China se caracteriza por ser un Estado comunista con una economía de mercado, dualidad que hasta ahora ha funcionado. Está basada en el principio enunciado por su creador, Deng Xiaoping, que decía: “Da igual que el gato sea negro o blanco, lo que importa es que atrape a los ratones”.

Japón, una potencia tecnológica, se mueve cuidando sus relaciones con China, antiguo adversario, y con EU que le condicionó después de la Segunda Guerra Mundial su defensa militar.

En el Medio Oriente, las diferencias continúan entre chiitas y suníes, con la intervención de las grandes potencias mundiales que tienen intereses estratégicos en la zona e Israel en peligroso conflicto con los países árabes.

América Latina tiene una correlación de debilidades más que de fuerzas. La influencia norteamericana es devastadora y no tiene proyectos de desarrollo como en el pasado en la región. El camino que América Latina tiene que recorrer es el de la unidad latinoamericana para defenderse y prosperar. La firma del tratado de libre comercio entre la Union Europea y el Mercosur es un buen ejemplo.

Sergio Mota Marín

Economista

Economía y Sociedad

Escritor y licenciado en economía, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. De 1984 a 1990 fue embajador de México ante el Reino de Dinamarca, donde se le condecoró con la orden Dannebrog.