De manera recurrente pienso sobre este tema, quizá debido al desborde de noticias sobre robots e inteligencia artificial que existe hoy en día y que cada vez leemos y escuchamos con más frecuencia. Normalmente he abordado estos temas tecnológicos desde un ángulo explicativo y expongo ejemplos menos técnicos que puedan ayudar a mis lectores a tener un entendimiento más profundo de temas más complejos.

Sin embargo, en esta ocasión será distinto y abordaré el tema de inteligencia artificial desde un ángulo filosófico y social. Al día de hoy, esta tecnología continúa siendo de lo más innovadora por no decir “ficticia” debido a los rasgos estrechos que tiene con el campo de ciencia ficción. Recientemente leí un artículo interesante en el New York Times sobre inteligencia artificial y particularmente sobre Sophia, un robot humanoide que tiene la posibilidad de emular expresiones faciales y ya cuenta con ciertas habilidades visuales; sigue caras y hace contacto visual para reconocer a individuos. No obstante, más allá de explicar todas las funciones programáticas con las que cuenta Sophia o cualquier otro robot, quisiera entrar en el cuestionamiento filosófico sobre la adopción y aceptación real que existe en los humanos hacia este tema. No sabría a ciencia cierta en qué punto evolutivo nos encontramos como sociedad, me parece sensato manifestar los cuestionamientos y colocarnos en un punto de partida para entender hacia dónde mirar en cuestiones antropológicas en vistas al futuro.

De entrada, las diferencias esenciales entre el cerebro humano y las capacidades de una máquina programada para cognitivamente aprender al día de hoy aún siguen siendo muy distintas. Su arquitectura es diferente y si bien la máquina está creada para emular los procesos cognitivos del cerebro, el cerebro humano es infinitamente más poderoso y complejo. En nuestro cerebro, cada subestructura puede funcionar como receptora y emisora de información y al día de hoy no sabemos con exactitud hacia dónde viaja la información. Su funcionamiento es distinto, el contexto juega un rol importantísimo y la información que guarda el cerebro no se almacena como en las máquinas.

Ahora bien, si partimos de la base en que ya vivimos en una era de aceptación total hacia esta tecnología que quizá pone en cuestionamiento las habilidades humanas, ¿qué tanto cambiaría nuestra conducta si se tuviese relación social con ellos? ¿Qué pasaría si pudiéramos tener un Sophia todos en nuestra casa? Y si pudiéramos sentir los principales conductores emocionales que rigen el planeta y en muchas ocasiones son el núcleo del arranque de muchas cosas que suceden a gran escala. El amor, odio, miedo, enojo, la simpatía, atracción de alguna manera son impulsores emocionales que dirigen la acción humana. Ahora bien, qué va a suceder, no sólo desde el ángulo social, sino económico, cuando las máquinas hagan mejor y de manera infinitamente más eficiente miles de trabajos que hoy en día requieren intervención humana. Hay varias teorías económicas que abordan este tema y no es sorpresivo ni nuevo entender que ya se han perdido empleos versus tecnología, por ejemplo en la revolución agrícola el uso de tecnología ha multiplicado la cosecha para alimentar a la creciente población mundial.

Sin embargo, regresando al tema inicial, me parece interesante plantear la pregunta de ¿qué pasará si llega el punto en que las máquinas puedan emular de mejor manera y consistentemente acciones humanas cómo el ser asertivos, galantes, contestar de forma correcta e inclusive adular a personas que los rodean? Seríamos entonces capaces como humanos de comprender que esto viene de una máquina que ha sido diseñada desde su concepción para actuar, responder y ser mejor todos los días o más bien ocasionará un conflicto emocional de tamaño desproporcionado. A lo largo de la historia moderna, se han escrito miles de cuentos, novelas, ensayos y artículos que cuestionan dicho tema. Evidentemente no soy el primero en levantar esta preocupación, lo hemos leído de escritores como Isaac Asimov, que destacó principalmente en el género de ciencia ficción y visto interminables veces en el cine. Ya estamos viviendo la era del híbrido, el punto medio perfecto entre lo que se ha predicho iba a suceder con la tecnología y la visión de que quizá “todo esto” sigue siendo cosa del futuro. La era en donde la tecnología es una realidad y está a punto de masificarse.

Si bien la tecnología avanza a pasos agigantados, en este punto específico en el tiempo, el usuario tiene que estar emocionalmente listo para la adopción de dicha tecnología. En el mundo actual, masificar la tecnología ya no es un problema desde el punto de vista económico ni desde el punto de vista autónomo. Sin embargo, esto no significa que la humanidad esté lista para la adopción de esta nueva ola tecnológica y la inteligencia artificial ha evolucionado significativamente. ¿Estamos emocionalmente preparados para adoptarla? A lo cual sin temor a equivocarme respondo: “NO de momento”. Por lo que surge una segunda pregunta de gran relevancia: ¿Quien está preparando a los usuarios, desde el punto de vista emocional, humanitario, humanístico para dicha adopción? Si bien hoy, Sophia es el ejemplo superlativo de un humanoide, la realidad es que ya existen robots muy avanzados que generan las más complejas tareas que el humano por riesgo o por falta de precisión no puede realizar.