Las cadenas globales de valor representan una microeconomía competitiva de empresas que operan en países en donde los insumos son los más idóneos para los procesos productivos. Las empresas se vinculan entre sí por el origen de la propiedad y el diseño de ser parte de un todo más complejo.

Estas cadenas se ven afectadas por las inundaciones, las demoras de transporte, incendios y otras calamidades creadas por el Covid-19, el cambio climático y las crisis económicas. Por ello las empresas actualmente están planeando su reubicación productiva para disponer de producción oportuna y de inventarios para enfrentarse a eventualidades de la naturaleza, la pandemia y la sociedad.

Asociado al cambio climático, las empresas reciben la presión de los gobiernos por las recomendaciones globales para descarbonizar la producción y el transporte de las cadenas globales de valor. Este es un reto de enorme significado. Se trata de acelerar la transición a la emisión cero de dióxido de carbono. Muchas empresas ya están en proceso de lograr la neutralidad del carbono para el 2050.

No es para menos. Las cadenas globales de valor representan 50% del total de exportaciones mundiales. La participación de los países en desarrollo se ha visto aumentada sobre todo a partir de la crisis financiera del 2008. Por ello, los gobiernos de los países consideran –con razón– que las empresas de cadenas globales de valor tienen que ser protegidas por su internacionalización y su aporte a las economías nacionales.

EL T-MEC tiene el apoyo de los gobiernos y fue impulsado por ellos. Paul Krugman, premio  Nobel de Economía dice: “Las compañías estadounidenses se han beneficiado de obtener componentes y mano de obra más baratos lo que ha derivado, a su vez, en un beneficio para los consumidores”.

En la reciente reunión de los jefes de Estado de Estados Unidos, Canadá y México, se acordó fortalecer las cadenas globales de valor. Resulta  evidente que el comportamiento de ellas corre en paralelo a los estímulos de los gobiernos para reactivar las economías. Si ello no es simultáneo en todos los países, se constituyen cuellos de botella en los procesos de producción. Este año, la escasez en México de semiconductores ha significado afectar en 20% la inversión extranjera directa en el sector de autopartes y frenar las exportaciones del país.

Los países en desarrollo tienen que integrarse a los sistemas globales de producción, invirtiendo por parte del sector privado y resolviendo los problemas de una infraestructura deficiente, tarea eminentemente gubernamental.

La globalización y la interdependencia que se manifiesta de manera clara en las cadenas globales de valor constituyen la modernidad microeconómica. Pero hay que estar claros. Dice el escritor italiano Alberto Moravia: “La modernidad es una serpiente que nos comimos pero que aún no alcanzamos a digerir”.

smota@eleconomista.mx

Sergio Mota Marín

Economista

Economía y Sociedad

Escritor y licenciado en economía, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. De 1984 a 1990 fue embajador de México ante el Reino de Dinamarca, donde se le condecoró con la orden Dannebrog.

Lee más de este autor