El verano presencia usualmente olas migratorias de los europeos hacia las playas mediterráneas. Pero este año se hablará más de las migraciones desde el sur del Mediterráneo de donde se acelera el éxodo de personas huyendo de guerras y miseria.

Estas olas tienen a Europa desorientada y paralizada, y han incentivado el crecimiento de populismos. Desde los países nórdicos hasta Italia, pasando por Europa central y oriental (Austria, República Checa, Hungría, Polonia), los gobiernos populistas tienen un papel preponderante en la elaboración de las políticas migratorias.

La Unión Europea, experiencia única de integración continental después de siglos de guerras, está en riesgo. El Brexit tiene una de sus causas en el deseo de los británicos de controlar sus flujos migratorios. Si bien es cierto que hoy sirve de lección para desincentivar a otras naciones a salirse por los costos económicos y políticos que implica, es un precedente ominoso. Lo que es cierto es que hoy se vuelven a erigir fronteras entre los países para evitar la libre circulación de migrantes y refugiados.

La crisis de la semana pasada entre Francia e Italia es emblemática, por lo que Europa puede esperar en los años venideros.

El gobierno populista italiano rechazó el anclaje de una nave llena de refugiados rescatados en alta mar en contradicción con el derecho internacional y europeo. Malta también se negó a recibirlos. El gobierno francés, que también intenta limitar los flujos a sus fronteras, fustigó la actitud politiquera del nuevo gobierno populista italiano, pero se abstuvo de hacer una propuesta para recibir a los migrantes. El caso casi provocó la cancelación de una cumbre entre los dos jefes de gobierno, E. Macron y G. Conte. Tratándose de dos grandes países fundadores de la Unión Europea que mantienen estrechas relaciones culturales, históricas y económicas, esta minicrisis nos revela la gravedad de la situación.

La posición económica y la hostilidad de los europeos hacia los migrantes, en particular musulmanes, a la luz de las guerras en el Medio Oriente y de los atentados terroristas, no prometen un trato apaciguado de un problema que irá creciendo.

Los dirigentes europeos tienen los ojos clavados en los sondeos que muestran un progreso de los partidos populistas y antimigración.

Y sin embargo, como ha sucedido en todas las crisis europeas, ésta es la oportunidad de reforzar el proyecto de integración, un proyecto político humanista.

Es imposible éticamente erigir muros y fronteras y menos en Europa donde existe la libre circulación de personas, mercancías y una moneda común.

Sin concertación no se logrará nada. La cumbre de los 27 jefes de gobierno en Bruselas (28 y 29 de junio) será una primera prueba. Todos, liberales y populistas, tienen interés en ser cooperativos.

Los flujos de migrantes deberían de ser vistos como positivos si se logra controlar, repartir y limitarlos desde su origen y hasta el destino final. Europa representa una esperanza, un remanso de paz y prosperidad. No se trata de la prosperidad cruel que prevalece en los otros polos de poder mundial, China y Estados Unidos, una prosperidad que significa el acceso a la educación y a la salud para todos.