Es una realidad evidente que como personas que dedicamos gran parte de nuestra vida al trabajo, consciente o inconscientemente aspiramos a conseguir un bien. Pero, también, cada vez son más fuertes las tendencias sociales que buscan defender los derechos de todos sin dejar al margen a nadie (se está luchando por una sociedad más justa y más incluyente, que no sea indiferente a las externalidades o repercusiones en terceros).

Tanto a nivel individual como organizacional tendemos a buscar una finalidad en lo que hacemos, resulta muy provechoso, ya que dentro de estas diferentes finalidades es imprescindible aplicar una correcta jerarquía de valores. De esta manera podremos dar cierta prioridad a nuestros objetivos, sin olvidar la interconexión que tenemos como sociedad. El bien común se entiende, entonces, como una dimensión mucho más “comunitaria” y “amplia” de lo que buscamos con nuestro actuar.

Si la sociedad realmente quiere servir al ser humano, debe alinear sus objetivos  y prioridades con base en el bien común, entendido como “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección”, según señala el compendio.

En el contexto del bien común, lo más acertado es mantener una postura equilibrada y efectiva, que no se centre exclusivamente en un individualismo o especie de colectivismo, sino que integre ambas realidades y logre enriquecer la experiencia de seres humanos que viven su individualidad dentro de una misma comunidad social.

Además, el bien común no solo debe referirse a las necesidades materiales o económicas de la sociedad, sino también a las exigencias del espíritu: la dimensión más intangible de nuestra condición humana. Esto significa que el ser humano debe ser visto en una dimensión más completa, que abarque todas sus necesidades, tanto las más básicas como las más trascendentes. Por tanto, la obligación de velar por el bien común está proporcionalmente relacionada con lo que demandamos como seres humanos para alcanzar una auténtica realización como personas. Así es como el bien común hace sentido y cobra valor en el mundo de la empresa.

Uno de los graves errores del management en épocas anteriores ha sido reducir las relaciones entre trabajadores y patrones, empresas y sociedad, a meras vinculaciones de tipo productivo, lucrativo o redituable, sin considerar las repercusiones que un estilo de vida puramente materialista puede tener tanto para los individuos como para las comunidades.

Los nuevos acercamientos a esta problemática y, en concreto, toda la teoría en torno a los principios de solidaridad, subsidiariedad y bien común aportan una respuesta a las necesidades que como seres humanos afrontamos en el mundo laboral.

No podemos coexistir en el mundo como seres aislados del resto y comprometidos únicamente con nuestras causas individuales. Somos parte de un todo y, por ello, participamos de ciertos beneficios y responsabilidades colectivas.

En la medida en la que las culturas organizacionales del mundo empresarial y las culturas presentes en nuestra sociedad internacional aboguen por la defensa de una mayor justicia social, podremos alcanzar mayor plenitud y enriquecimiento profesional y personal.

*El autor es profesor del área de Factor Humano de IPADE Business School.