La diplomacia también son gestos.

Han pasado 38 días de la victoria de Joe Biden y hasta el día de ayer 10 de diciembre, no había recibido felicitación de parte del presidente mexicano. Tampoco una disculpa por no haberlo hecho, pero ya envió a Lázaro Cárdenas con curitas bajo el brazo.

La ausencia del gesto revela una serie de posturas ideológicas del presidente López Obrador. La primera de ellas nos dice que se siente cómodo con Trump en la Casa Blanca. Tan cómodo, que en muy poco tiempo olvidó las agresiones que Trump propinó a México desde el verano de 2015, año en el que reveló su interés por la presidencia.

Su renuencia a felicitar a Biden refleja también su preocupación por el retorno de la política exterior estadounidense.

Los puestos vacantes de la secretaría de Estado durante el gobierno de Trump son algo más que una metáfora, describen su desinterés por la política exterior y también su ingenuidad al haber delegado en su yerno la relación con México.

Durante los últimos cuatro años, el pragmatismo ha servido de puente en la relación bilateral. La mancuerna Videgaray-Kushner eligió sortear los canales diplomáticos institucionales para ir resolviendo asuntos de la cotidianidad, es decir, sin visión estratégica. Por ejemplo, Kushner le pidió a Videgaray que expulsara al embajador de Corea del Norte. Asunto resuelto en pocos minutos: sin que hubiera un análisis en la subsecretaría del ramo, Kim Hyong Gil tuvo que abandonar México por decisión de Kushner, premio Águila Azteca 2018.

La llegada del presidente López Obrador a la presidencia no cambió el escenario. Por el contrario, bajo temor infundado de que Trump pudiera obstaculizar su plan de ruta, AMLO estuvo de acuerdo en levantar un muro armado en la frontera con Guatemala para impedir el paso de las caravanas con destino a Estados Unidos y también estuvo de acuerdo en convertir a México en tercer país seguro, es decir, en recibir a los migrantes centroamericanos expulsados por Trump.

Una tercera postura del presidente López Obrador revela la discrecionalidad con la que maneja su política exterior: felicitó a Evo Morales en 2019 antes de que el proceso electoral concluyera, pero no felicitó a Biden porque el proceso electoral no ha concluido.

Entre los seguidores fieles a Trump y gracias a su ceguera de la razón, existe la idea de que en cualquier minuto se sabrá de un enorme fraude que atornillará a Trump en la silla del Despacho Oval durante cuatro años más. Pero fuera de ese segmento poblacional, todo el mundo sabe que el 20 de enero Biden se convertirá en el presidente de Estados Unidos. También lo sabe el presidente López Obrador.

Lázaro Cárdenas, su coordinador de asesores, viajó a Washington la semana pasada y no fue para hacer turismo. Se reunió con sus amigos demócratas para medir la elevada temperatura que ha provocado en muchos de ellos la ausencia de un gesto amistoso de parte del presidente López Obrador.

Lázaro Cárdenas les explicó el perfil etnocéntrico del presidente mexicano y les dijo que el 14 de diciembre felicitará a Biden. Es decir, 41 días después de las elecciones.

Desde la comodidad del etnocentrismo, uno se convierte en ombligo del mundo, pero más allá de las fronteras se disipa tal efecto.

Gracias al etnocentrismo nacen proyectos naif. En el papel suena muy bien llevar a los agentes de la DEA al terreno de la soberanía institucional, sin embargo, sabemos que las agencias se mueven a través de misiones encubiertas, escenarios que escapan del proyecto presentado por el presidente López Obrador hace algunos días. Será interesante ver a los agentes de la DEA o de la CIA formarse en una ventanilla de la SRE para entregar información sobre sus operativos en México.

Por lo pronto, Lázaro Cárdenas regresa a México con algo muy claro: los mandos medios del gobierno de Biden sí le pasarán factura al presidente AMLO. Biden regresará a la institucionalidad, una no muy buena noticia para AMLO.

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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