México celebra su Independencia los días 15 y 16 de septiembre. En 1521 Hernán Cortés conquistó, en nombre del monarca español, la gran ciudad de México-Tenochtitlan, capital de los aztecas. Y como los aztecas se llamaban a sí mismos “mexicas”, ahora nuestra nación es conocida como México, aunque su nombre oficial, en franca emulación a los estadounidenses, es Estados Unidos Mexicanos. En 1535 nació de iure el Virreinato de la Nueva España, con su primer virrey, Antonio de Mendoza y Pacheco. El virreinato estuvo vigente durante casi tres siglos.

Celebramos la noche del 15 de septiembre porque una noche así, pero de 1810, el sacerdote Miguel Hidalgo desconoció a José Bonaparte como rey de España y reivindicó la soberanía de Fernando VII. España pasaba un momento muy difícil: invadida desde 1808 por los franceses después de que Carlos IV y su hijo Fernando abdicaran en favor de Napoleón, quien a su vez cedió la corona del reino a su hermano José. Si bien la protesta de Hidalgo fue para apoyar a quien consideraba legítimo rey de España, no para independizarse, las cosas salieron pronto de control, no solo en la Nueva España, sino en todos los virreinatos, capitanías generales y territorios bajo el dominio español en América. Por un lado, las ideas de la Ilustración habían encendido la mecha de la libertad desde años atrás, y, por otro lado, el ejemplo de los Estados Unidos y su notable democracia no podía pasar desapercibido. Además, la torpeza de los españoles en la Nueva España fue impresionante: únicamente los peninsulares, es decir, los españoles nacidos en España, podían acceder a los cargos públicos de relevancia. Esto produjo el descontento de los criollos, o sea, de los españoles que habían nacido en América, los cuales, para acabar pronto, eran españoles de segunda: así se sentían y así eran tratados. Fueron estos españoles de segunda los que impulsaron la independencia y los que, en última instancia, la consumaron. Por eso es un desatino para un mexicano sentir animadversión hacia los españoles, más aún si la lengua madre de uno es el español.

Si bien celebramos nuestra independencia a partir de septiembre de 1810, lo cierto es que en esa fecha se inició una larga guerra que no cesaría hasta 1821. La independencia de México la consumó principalmente Agustín de Iturbide, criollo que en un primer momento combatió a los insurgentes, y Vicente Guerrero, líder de éstos. El 27 de septiembre de 1821 el Ejército Trigarante, encabezado por Iturbide, entró triunfal a la Ciudad de México, y un día después, representantes de España y de los mexicanos firmaron el Acta de Independencia, pero fue hasta 1836 que España reconoció oficialmente nuestra soberanía.

¿Desde cuándo somos realmente independientes? Podría decirse que desde el 27 de septiembre de 1821. Así que el bicentenario, que celebramos en 2010 con gran fausto, en realidad es una fecha simbólica y hasta cierto punto arbitraria, como muchas otras. El verdadero bicentenario es el 27 de septiembre de 2021.

Un hecho muy significativo de nuestra historia es que México tiene una vocación enfermiza por devorar a sus propios hijos. Asesinó a los dos que consumaron la independencia: Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero. Para que nos demos una idea de lo terrible y absurdo que hay detrás de esto, pensemos en lo inimaginable que resultaría el hipotético hecho de que en Estados Unidos hubieran fusilado a Washington, Franklin, Adams, Hamilton, o Jefferson. De ese tamaño es el sinsentido que ha caracterizado nuestro devenir. El asesinato de los dos principales consumadores de nuestra independencia –uno de ellos, Iturbide, todavía vilipendiado por el oficialismo del PRI, del PAN y de Morena– nos hace comprender los derroteros de las dos naciones: para Estados Unidos, un crecimiento exponencial que en poco más de cien años lo convirtió en la más grande potencia mundial; para la Nación Mexicana, un siglo XIX caótico y grotesco que culminó en una revolución, a principios del siglo XX. Y hoy en día, con más de 60 millones de personas en pobreza, las cosas no lucen nada bien. Los mexicanos nos hemos empeñado en destruir al país una y otra vez con un arma que ha resultado infalible y letal: el sistema presidencial. Pero de eso hablaré en otra ocasión.