En medio de la Piazza Venezia en Roma, sigue habiendo un pequeño podio redondo en el que, de vez en cuando, se sube un policía para dirigir el tráfico. ¡Qué curioso! En una época donde la tecnología, la innovación, la robotización se lo llevan todo por delante, esa realidad romana puede parecer antediluviana. Y sin embargo Roma, siempre sabe lo que hace.

Dicen que el primer semáforo apareció en Londres el 9 de diciembre de 1868. Este primer semáforo era manual y necesitaba que hubiera un policía todo el tiempo controlándolo. Poco a poco fue evolucionando: en 1910 se hizo automático, en 1912 quedaron establecidos los colores verde y rojo, se pusieron luces eléctricas, etc. La evolución iba de la mano al aumento de automóviles. 

Esta nueva lógica de circulación afectó, parece ser, de manera importante a los peatones: ahora ellos tenían que adecuarse a un comportamiento vial nuevo y prestablecido por y para los automóviles. Ya no podían caminar “libremente” si no que debían hacerlo por donde indicaba los semáforos. Dejaron de caminar para empezar a “circular”. 

La rivalidad entre peatón y automóvil se hizo patente desde el inicio: ¿quién tiene preferencia en esta calle? ¿a qué velocidad se puede ir? ¿cuánto tiempo tiene que durar el semáforo en verde? ¿por qué el verde es el color del “sí se puede”? ¿quién es el sujeto a derechos?... En el fondo, la cuestión sigue siendo cómo comulgan la lógica del peatón con la del automóvil. Lógicas diferentes en tiempos y en modos, pero no necesariamente contrarias. En dónde es dificilísimo estandarizar comportamientos o prever todas las situaciones. 

En ciudades como Roma, a veces, la marea de turistas puede romper el dique de cualquier calle del centro. Y, sin embargo, eso, al semáforo, lo tiene sin cuidado. Él cumple. No sabe de qué le estás hablando. Él es simplemente un “portador de señales”, como lo demuestra su origen griego. Está compuesta por la palabra σῆμα (sema) que significa señal y φόρος (foros), que significa portador. El semáforo es simple y llanamente un vil “portador de señales”. ¿Cuáles? Las que le digan. ¿Por cuánto tiempo? El que le indiquen. ¿Y si..? Pues a mi no me dijeron. Por eso, la necesidad de un buen policía que, con criterio, pueda dirigir, tanto el tráfico peatonal como el automovilístico para una buena y sana convivencia cívica. 

Aparecen diferentes palabras muy interesantes: buen policía, criterio, dirigir… cívica. Creo que, de todas ellas, la más importante es la palabra “cívica”. Es precisamente esa meta (la civitas) la que da luz y configura al cómo dirigir, a qué criterio seguir y en qué tipo de personas confiar. Por ejemplo, hoy México tiene un índice de pobreza casi del 67%. Pero eso, a nuestro semáforo, parece no importarle mucho. Quizás porque no nos afecta de manera directa, quizás porque ya nos acostumbramos o peor aun, quizás porque nos escudamos en el “yo no puedo hacer nada para cambiarlo”. Como dicen mis colegas profesores del IPADE: dime qué controlas y te diré qué es lo que te importa. ¡Esas son nuestras señales! Gracias a Dios, hay muchos empresarios y directores que se han subido al podio como el de Piazza Venezia para dirigir el tráfico, conscientes de que su labor trasciende los muros de sus empresas u organizaciones para beneficio de la sociedad.

*El autor es profesor del área de Factor Humano en IPADE Business School.