(segunda parte)

En la primera parte de este artículo mencioné algunos de los graves errores de política económica que, buscando acelerar el crecimiento económico y la distribución del ingreso, terminaron agravando la inflación o el desempleo. Comenté sobre la hiperinflación alemana de los 20’s, los errores cometidos durante la Crisis del 29 y los factores que provocaron que una crisis financiera se convirtiera en una depresión económica durante los 30’s, así como las graves distorsiones de la economía soviética durante la época de Stalin y la caída del bloque comunista varias décadas después.

Algo similar sucedió en China en 1958 cuando Mao Tse Tung implementó una política de industrialización acelerada que él llamó “El gran salto adelante”, con la cual millones de personas en el campo y en las ciudades pequeñas fueron movilizadas en comunas para producir acero o incrementar la producción agrícola. Sin embargo, el resultado de esta política improvisada y sin fundamento, donde las cifras fueron manipuladas por miedo a la autoridad, fue que la fuerza laboral se desperdiciará en obras inútiles, lo que provocó una hambruna que causó la muerte por inanición de millones de personas.

El uso de la “economía ficción” y su falta de congruencia con la realidad económica no son privativos de los regímenes de izquierda. Alemania, bajo el nacionalsocialismo que inició en 1933, logró que después de años de elevado desempleo, el PIB creciera 6.2% en 1936. Sin embargo, como lo señala Adam Tooze en su libro The Wages of Destruction, la mayor parte del crecimiento provenía de la producción de armamento (lo que violaba abiertamente el Tratado de Versalles), mientras que los bienes de consumo escaseaban.

La recuperación económica no fue el “milagro” que los propagandistas nazis hacían creer, ya que la situación económica del régimen no era sostenible por mucho tiempo; el ineficiente sector agrícola y la falta de exportaciones, ante una moneda poco competitiva, llevaron a Alemania a la moratoria de la deuda externa en 1934. El ministro de Hacienda, Hjalmaar Schajt (cuya reputación en los 20’s como excelente gobernador del Banco Central Alemán fue oscurecida por su afiliación al nazismo en los 30’s), fue remplazado por Hermann Goering, quien, siguiendo al pie de la letra el lema de Hitler “Cañones en vez de mantequilla”, armó a Alemania sin darle importancia a la caída en el consumo de la población. Los trabajadores alemanes que finalmente habían encontrado trabajo después de la Gran Depresión contemplaban al régimen totalitario nazi con una mezcla de gratitud, complicidad y terror.

La conquista militar y la expropiación de patrimonios de las minorías fueron las respuestas de Alemania ante la falta de viabilidad de su sistema económico. La invasión de Polonia en 1939 y de Francia, los Países Bajos y Noruega en 1940, fue acompañada por la retribución económica y por la mano de obra gratuita que recibía de los países conquistados. Francia le pagaba a Alemania el equivalente a 28% de su PIB, Holanda y Bélgica pagaban más de 70% de sus exportaciones y Noruega pagaba el equivalente a 33% de su PIB. Polonia por su parte, trabajaba esclavizada al 100% para el régimen nazi. Sin embargo, esta solución aparente empezó a dar señales de agotamiento a partir de la Batalla de Stalingrado (1942), cuando Alemania empezó a detener su avance y a perder los territorios conquistados, siendo derrotada en 1945. Sobra decir que la derrota en la Segunda Guerra Mundial dejó a Alemania devastada y que la política económica alemana de esa época resultó ser pura “economía ficción”.

América Latina ha tenido su buena dosis de populismo económico y “economía ficción”. Argentina a finales del siglo XIX ya era un exportador importante de lana y cuero. Con las nuevas tecnologías en comunicaciones, transportes y refrigeración, se convirtió a principios del siglo XX en el principal exportador de granos y carne congelada en el mundo. Millones de inmigrantes llegaron de Europa trayendo trabajo calificado, mientras que la ciudad de Buenos Aires se conformaba como una de las ciudades más elegantes del mundo. El futuro parecía muy prometedor, sin embargo, las siguientes décadas se caracterizaron por una caída en el precio de los commodities que provocaron una caída en la actividad económica. Lo que siguió fue la agitación sindical, la represión y la toma del poder por parte del Ejército. Los gobiernos de Hipólito Irigoyen (1916-1922 y 1928-1930) y Juan Domingo Perón (1946-1955 y 1973-1974) fueron un ejemplo del populismo económico donde la búsqueda del crecimiento y de la redistribución del ingreso provocaron incrementos no sostenibles en el déficit público, dando pie a inflaciones muy elevadas. Sebastian Edwards en su conferencia “Left Behind: Latin America and the False Promise of Populism” señala lo siguiente: “Invariablemente el populismo macroeconómico comienza con gran euforia, sólo para terminar con una inflación acelerada, un desempleo más alto y salarios más bajos. Una y otra vez estas políticas fracasan, dañando a aquellos grupos (los pobres y la clase media) a los que buscan favorecer”.

México también ha tenido errores graves de política económica. A principios de los 70’s se decidió romper con el “desarrollo estabilizador”. Este modelo económico implementado de 1954 a 1972 se caracterizó por una política fiscal muy disciplinada y una política industrial orientada al mercado interno, donde la sustitución de importaciones era un factor clave. Aun cuando se logró en esta etapa un elevado crecimiento económico con una inflación controlada (3.4% de crecimiento en el PIB per cápita y 2.2% de inflación promedio anual), el freno del crecimiento global y los movimientos estudiantiles de 1968, que se dieron en varias partes del mundo, hicieron evidente la necesidad de un “modelo menos excluyente”, es decir un modelo económico que lograra una mejor distribución del ingreso.

Luis Echeverría, quien gobernó de 1970 a 1976, cambió el modelo económico con el propósito de mejorar la distribución del ingreso. Sin ninguna experiencia previa en el manejo económico, al inicio de su sexenio designó a los principales directivos de Banco de México y destituyó al secretario de Hacienda, dejando muy claro que “Las finanzas se manejan desde Los Pinos”. El incremento del gasto público y el aumento en el número de empleados del gobierno federal provocaron que el déficit presupuestal se disparara y la inflación se acelerara. El final del sexenio de Echeverría estuvo marcado por la desconfianza en el gobierno y en el peso, que se devaluó de 12.50 a 25.48 pesos por dólar, además de una severa contracción en la inversión del sector privado. Aun cuando su sucesor, José López Portillo (1976-1982), inició su mandato con una recuperación de la confianza de la población, apoyada por descubrimientos de importantes reservas de petróleo, el gobierno empezó a gastar de manera desmedida, apostando a que los precios del petróleo continuarían subiendo. El incremento en el déficit presupuestal y en la deuda externa terminaron en una inflación disparada, un peso devaluado, una moratoria de la deuda externa, un control de cambios y la nacionalización de la banca.

De 1972 a 1982 el déficit presupuestal como proporción del PIB pasó de 3.3% al 19.4%, la deuda externa como proporción del PIB aumentó de 18.5% a 49.7%, el tipo de cambio pasó de 12.50 a 98.30 pesos por dólar, la inflación anual pasó de 5.0% a 98.8%, mientras que el PIB tuvo tasas de crecimiento negativas en 1982 y 1983. México perdió la confianza de inversionistas nacionales y extranjeros. La llamada “Década Perdida” dejó un pesado legado que tuvo un severo impacto durante los años siguientes.

Es muy tentador como líder político de derecha o de izquierda, lanzar un discurso populista donde se promete un elevado crecimiento económico, una reducción en el empleo, una inflación controlada y una mejora en la distribución del ingreso. Es muy tentador buscar otorgar soluciones para todos, sin embargo, la historia muestra cómo la “economía ficción” y el populismo económico terminan en fracasos estrepitosos. Finalizo con una frase de Michael Lewis en su libro“The Undoing Project”, donde analiza la falta de racionalidad en la toma de decisiones: “La gente ignora la lógica cuando se arraiga a una historia”.