Hasta hace una semana la música de My Bloody Valentine pertenecía a la lista de artistas que se encontraban ausentes de las plataformas de streaming. Era de las pocas bandas que para acceder a su música había que tener un objeto físico —un CD, un casete o un acetato— que pudiera reproducirse sobre una tornamesa o un estéreo modular. En la era donde casi todo está disponible y al alcance de un clic, My Bloody Valentine seguía existiendo en un mundo análogo que abonaban al misterio que ha rodeado a la música creada por Kevin Shields, Debbie Googe, Bilinda Butcher y Colm O’Ciosoig durante casi cuatro décadas.

“Supongo que la percepción que tengo no es la misma del mundo”, confesó Shields a The New York Times en una de las pocas entrevistas que ha concedido en años recientes el oculto guitarrista. El silencio ha sido un elemento esencial para preservar el mito de My Bloody Valentine. La prensa musical los encasilló a finales de los años ochenta dentro del género del shoegaze porque los músicos se la pasaban viendo los pedales de distorsión de sus guitarras en lugar de establecer contacto con el público que iba a verlos y las letras apenas se entendían dentro de toda esta cacofonía sonora.

El segundo álbum de estudio de la banda, Loveless, le dejó una deuda de medio millón de dólares a la disquera Creation Records, responsable de haber lanzado a algunas de las bandas más importantes del movimiento del Britpop de los noventa. Su fundador Alan McGee tuvo que pedirle prestado a sus familiares y tomar dinero del seguro de vida de su mamá para financiar las largas sesiones —284 noches sin dormir— que se extendieron por casi tres años en varios estudios de grabación donde Kevin Shields y compañía laboraron cuidadosamente en las paredes de distorsión creadas por pedales de guitarras y vocales etéreas sumergidas en la mezcla.

Kevin Shields —escribe McGee en sus memorias Creation Stories— construía tiendas dentro del estudio para lograr un sonido especial que sólo él podía escuchar en su mente”. Ese mismo año, la disquera también editó Screamadelica de Primal Scream y Bandwagonesque de Teenage Fanclub, dos discos esenciales del rock británico de décadas recientes. Creation Records se recuperaría unos años después cuando McGee firmó a una banda de jóvenes de la clase trabajadora de Manchester llamada Oasis y la historia tomaría otro rumbo. Aunque la relación entre McGee y Shields no acabó en los mejores términos, Loveless no podría haberse materializado sin el apoyo incondicional de Creation y dejó uno de los álbumes más celebrados en la historia.

Entre Loveless, el segundo álbum de estudio editado en noviembre de 1991 al mbv ocurrió una pausa de 23 años. Y desde el 2013, regresamos otra vez al silencio. Salvo unas cuantas colaboraciones esporádicas por parte de Kevin Shields sólo teníamos tres álbumes de estudio y unos cuantos EP que por alguna razón se quedaron pegados a nuestros reproductores.

Además de la llegada de My Bloody Valentine a las plataformas de streaming y su cambio a la disquera independiente Domino Records, la banda anunció que reeditará su discografía clásica —algo que ya habían hecho en varias ocasiones— en formatos que se rehúsan a desaparecer (como el CD y el vinilo). Shields y compañía también confirmaron que se encuentran en la grabación de dos nuevos álbumes, un proceso que ha sido alterado por la pandemia y que conociendo sus antecedentes seguramente tomará algo de tiempo.

La música creada por este misterioso cuarteto siempre fue un secreto a voces para los iniciados y hasta la fecha sigue conservando esa aura mística. Nunca fue una banda que podías encontrar a la izquierda del dial de la radio o que pudieras tararear y cantar sus canciones en un estadio. En estas décadas se han sumado nuevos devotos a la congregación de shoegazers y que cada tanto tiempo regresamos a los misteriosos sonidos que nos ofrece Isn’t Anything, mbv y Loveless. La música de My Bloody Valentine sigue siendo ese sueño lleno de guitarras distorsionadas del que nunca queremos despertar.

antonio.becerril@eleconomista.mx

Antonio Becerril

Coordinador de operaciones de El Economista en línea

Lee más de este autor