La voluntad de cambio es, quizás, el factor principal detrás del éxito reciente de economías como China, India, Rusia, Perú, Vietnam, Sudáfrica, Chile y otras naciones que hoy representan ejemplos a seguir para los países desarrollados -aquellos que, antes de la crisis, se veían como los casos a seguir para lograr la prosperidad.

Más allá de esta paradoja, el hecho es que el panorama económico global, a tres años de la crisis financiera, sigue estancado en la incertidumbre y en la falta de visión de largo plazo.

El rumbo se define en función de las necesidades del siguiente día, no del siguiente año, o siguiente periodo político, ni mucho menos, digamos, la siguiente generación.

La lenta recuperación económica, los problemas de la deuda pública en países del mundo desarrollado, la volatilidad en los mercados financieros, la famosa guerra de divisas, representan fuentes de esta incertidumbre global; sin embargo, lo más grave de esta situación y lo que más debería preocuparnos no es la incertidumbre en sí misma, sino la inexistencia de propuestas de política económica que procuren sentar bases sólidas hacia el futuro, que ataquen los problemas en la raíz, con creatividad, con imaginación, con voluntad política.

Las supuestas soluciones que los líderes económicos han propuesto se quedan en el discurso político y pretenden una salida fácil al lugar donde iniciamos el círculo vicioso de deuda, derroche y devaluación.

Por ello, es ilógico pensar que un problema de exceso de deuda pueda resolverse con un simple aumento en el techo de deuda permitido por ley.

Ello, además, equivale a rescatar la irresponsabilidad fiscal del presente con las contribuciones que se hagan en futuras generaciones -un problema de los erarios inexistentes.

De igual forma, es ficción pensar que los retos de la competitividad de los países se resolverán mediante el ciclo de guerras cambiarias, cuando quienes pierden al final del día son los trabajadores del presente y los consumidores del futuro.

Ante esa perspectiva, el futuro de las reformas, tanto aquí como en otras partes, vislumbra un panorama gris. En las palabras de un gran exreformador: las reformas sólo pueden tener éxito si son dirigidas por líderes con una clara visión de cómo deben ser las cosas y una determinación contagiosa para transformar esa visión en realidad .

Pues sí...

Coautoría de Carlos Peláez

[email protected]