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Opinión

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Decires para la muerte antes de tocar la puerta

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La muerte. Se ha convertido en una celebración y ha sido evocada por grandes plumas de nuestra lengua. Foto: Especial

La Dientona, la Pelona, la Tilinga. La Desdentada, la Jodida y la Chifosca. La Segadora, pero también la Huesuda. Mejor la Pálida que la Polveada y más bonito Enlutada que Chupona. Porque la Muerte está en todas partes y tiene sus días de fiesta. No hay dama más celebrada, es invitada de honor y así le digan Catrina, Malquerida o María Guadaña habremos de recibirla, aunque no la estemos esperando. Porque siempre va a llegar, eso es seguro.

Si es cuestión de quedar bien, de no optar por el miedo, de saber qué decirle a la Muerte por si hay que hablar con ella en algún momento, hay un montón de previsiones que hemos tomado a lo largo de nuestra historia:

1. Recitarle décimas amorosas como hizo el escritor Xavier Villaurrutia: “Si te llevo en mí prendida/ y te acaricio y escondo / si te alimento en el fondo/ de mi más secreta herida; si mi muerte te da vida y goce mi frenesí, ¡qué será, Muerte, de ti /cuando al salir yo del mundo, deshecho el nudo profundo, tengas que salir de mí?”

2. Redactar un texto serio de últimas palabras como el que nuestro primer presidente, Guadalupe Victoria, usó como despedida. “Encomiendo mi alma a Dios nuestro Señor que de la nada la creó y por su infinita bondad Jesucristo la redimió con el inmenso tesoro de su preciosísima sangre, pasión y muerte, y el cuerpo mandó a la tierra de que fue formado, el cual hecho cadáver quiero sea sepultado en la Iglesia panteón o campo santo que pareciere a mi albacea a cuya elección le dejo con lo demás tocante a mi funeral y misas. Declaro soy casado y velado según orden de Nuestra Santa Madre Iglesia con la señora doña María Antonia Bretón y Velázquez. Notorio y manifiesto sea que los presentes vieren como yo, el General de División don Guadalupe Victoria, natural de la Villa de Tamazula, estando en pie bueno y sano, y por la infinita misericordia del altísimo en mi entero juicio, acuerdo y manifiesto que dejo esta misma Patria libre de la dominación española; aunque no muy libre de muchas de leyes despóticas y malas costumbres”.

3. Explicar académicamente el carácter de sus fiestas como bien lo hizo el escritor y periodista Fernando Benítez cuando escribió: “Desde los salvajes hasta los más civilizados, todos los pueblos han dividido sus ceremonias públicas en dos categorías: los regocijos y las pompas fúnebres. Así ha sido desde la más remota antigüedad porque esas son las dos fases de la vida humana: se goza y se padece alternativamente; se ríe y se llora, se nace y se muere. Por estos dos caminos hemos llegado a dividirnos los humanos en muertos y dolientes, y a habitar en dos ciudades: en las ciudades silenciosas que se llaman cementerios o en las ciudades alegres donde lloran y ríen los que sobreviven. Apenas hay horas más negras en nuestra vida que aquellas en que hemos llorado a un ser querido y apenas una idea más pavorosa que la de nuestro fin irremediable. Ante el gran misterio de la muerte se anonada la razón humana. Estaba reservado a México el convertir la pompa fúnebre en regocijo”.

4. Hacer como José Guadalupe Posada, que desde los 19 años y hasta su muerte, a los 61, se desempeñó como impresor, grabado, ilustrador y caricaturista, pero nunca pudo separarse de La Catrina, efigie que había creado de la Muerte. Producto de su primer trabajo para el periódico El Jicote, nunca imaginó que la última caricatura, de aquella serie de las once que le habían encargado, cuyo nombre original era “Calavera Garbancera”, se convertiría en el símbolo absoluto del Día de Muertos en México y, hoy en día, en un renovado furor de todos los países del mundo. Pocos se imaginaron que Posada había hecho a La Catrina, burlándose de las apariencias que cultivaban las mujeres cuando querían subir de clase social: “en los huesos, pero con sombrero francés de plumas de avestruz”, plasmó Posada, y que, cuando era cuestionado sobre ella, solía decir que la muerte era democrática, porque a fin de cuentas, güera, morena, rica o pobre, toda la gente acababa siendo calavera.

Se ha dado cuenta ya, lector querido, que para escapar de la Muerte, para transar con ella, para desaparecerla o engañarla, ninguno de los ejemplos anteriores han valido gran cosa. Mucho nos aterra pasar de este mundo a otro, mucho nos duele pensar en los que se han ido, mucho nos fascinaría entender, no sufrir, transar con las intenciones y conocer la agenda de la Muerte. Así que con huesos, pluma y mortaja organicemos su fiesta. Pongamos flores, prendamos velas y, a falta de mejor vida, saquemos a las calacas para que se asomen y aseguren que la invitada tendrá todo lo que quiera y necesite antes de tocar la puerta.

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