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De peso pesado, ¿a supermosca?
En recursos petroleros, México hoy es un país de media tabla. Estamos lejos de los días de oro de Cantarell, en los que presumíamos el segundo campo petrolero más importante del mundo. Después de estar parejos en reservas a finales de los 90, hoy Estados Unidos tiene más de seis veces la cantidad de reservas probadas que nosotros. Canadá más de 20. De acuerdo con el último Statistical Review de BP, Ecuador tiene más reservas de aceite que nosotros.
Es cierto que, con mayor zoom, la perspectiva cambia un poco. Nuestros recursos prospectivos shale, se estima, son top 10 a nivel global. Y las aguas profundas mexicanas por mucho tiempo han representado una gran promesa. Pero en ningún caso hemos podido perforar más de un par de docenas de pozos exploratorios. No tenemos producción a escala comercial de shale, ni de aguas profundas. En ambos casos, se sobreentiende que faltan varios años para que este panorama se transforme. Por el estado de las cosas, el México petrolero en general no representa una oportunidad ya madura, donde se produce y hace dinero rápido. Puede ser atractivo para los inversionistas pacientes. Pero, hoy por hoy, las oportunidades mexicanas no se comparan con las de Guayana, la cuenca pérmica estadounidense o el presal brasileño.
Aun así, México lleva cinco años atrayendo los reflectores que sólo los mejores consiguen. Tan sólo en exploración y producción, ha atraído a más de 60 firmas de una docena de países. Ha ocupado titulares en todo el mundo. Cada paso que ha dado ha sido seguido y analizado por inversionistas en todo el mundo.
Los datos duros de reservas sugieren que somos un peso mediano. Pero hemos estado pegando y compitiendo como un peso pesado.
Comparado con sus verdaderos pares, México ha podido atraer más atención, ingreso y talento. Ha forjado muy rápidamente conexiones con los flujos globales de comercio, finanzas y servicios. Ha logrado que aquí despegue una conversación sobre tecnología e innovación. Usando los términos propuestos por McKinsey en un reciente reporte, podríamos concluir que México ha logrado colarse a la categoría de superestrella petrolera, capaz de usar los efectos de red (network effects) a su favor.
Si no fue por el entendimiento actual de nuestras condiciones geológicas, tiene que ser por las condiciones sobre tierra (above ground). No queda de otra que concluir que son nuestra arquitectura institucional, con sólidos pesos y contrapesos, el exagerado esfuerzo por garantizar la transparencia, nuestra pertenencia a organizaciones como la OCDE y ahora la AIE las que nos han catapultado a lugares más altos de lo que nuestro peso geológico en este momento nos garantizaba. Nuestro buen posicionamiento ha dependido de la certidumbre que hemos podido proyectar como país.
Sería un error, hacia adelante, dar este lugar por sentado. Morgan Stanley nos recordó esta semana que todo esto se nos puede ir de las manos; que hay estrellas que, por grandes que sean, son fugaces. En un reporte reciente, motivado por la incertidumbre que las acciones y declaraciones del equipo de transición ha generado, le quitó a México (más allá de lo petrolero) la clasificación de overweight. Overweight significa que los inversionistas deberían de invertir más dinero aquí que lo que una lógica estricta de benchmarking de portafolio sugeriría. Preocupantemente, en el mismo plumazo, Morgan Stanley se saltó la posibilidad de dejarnos “en línea” con el benchmark y se fue directo a underweight. México, de acuerdo con esta perspectiva, atraería menos inversión que lo que su peso específico indicaría.
Para lo petrolero, una calificación análoga implicaría que nuestros campos se empezarían a subvaluar, que habríamos destruido valor. Geológicamente, nuestro peso petrolero no cambiaría. Seguiría siendo mediano. Pero en vez de poder competir con los más fuertes, con los pesados, nos estaríamos yendo hacia la categoría de los supermoscas.

