Hace no muchos años Paolo Grossi describía un padecimiento del Estado Moderno el cual denominaba como “insularidad”. Dicho padecimiento suponía autodeterminación sí, pero también soledad, aislamiento, incomunicación. Hoy el mundo no es así por más que nos resistamos a los procesos de interconexión tecnológica, de interdependencia económica y de comunicación humana. El mundo avanza y cada país está decidiendo como acompaña estos procesos o como queda rezagado de los mismos.

Desde hace veinte años nuestro país ha visto como el desarrollo tecnológico del mundo pasa de largo. No es novedad la urgencia que tuvo el gobierno pasado por desarrollar una estrategia digital que buscara, al menos, sentar las bases de una política pública que produjera efectos sociales de integración a dichos avances. Hoy esa política es inexistente.

Por si esto le pareciera poco al lector, la numeralia publicada por el Inegi respecto la brecha digital en nuestro país es alarmante. En México la población que tiene acceso a internet en sus hogares es de apenas el 55% y por si fuera poco la cifra se cae cuando sólo el 45% de los estudiantes en nuestro país utilizan la computadora como un apoyo escolar. Llama poderosamente la atención que sólo el 27% de los mexicanos lleven a cabo transacciones en línea. Esto nos debe alarmar pues en un mundo donde el desarrollo tecnológico se mueve velozmente, tal pareciera que en nuestro país caminamos en sentido contrario.

En ese contexto el anuncio de hace unos días sobre el inicio escolar a través de la televisión y la radio sólo son un reflejo de lo que se ha dejado de hacer durante los últimos 20 años. Sin lugar a dudas el entregar equipo de cómputo en las escuelas nunca fue suficiente si no venía acompañado de cobertura, ancho de banda y sobre todo del diseño metodológico para que esos niños crecieran y desarrollaran habilidades tecnológicas. Éstas debieron haber sido el eje de acción de las diversas políticas educativas que han tratado de implementar los gobiernos pasados y el actual. Es necesario darnos cuenta que las siguientes generaciones podrán insertarse al mundo laboral sólo si han desarrollado un pensamiento que les permita entender y adaptarse a un mundo tecnificado. De lo contrario estarán destinados a no poder insertarse en él.

Uno de los grandes efectos de la pandemia ha sido el aceleramiento de la experiencia tecnológica. En materia educativa observamos como la brecha digital se está ensanchando en nuestro país generando dos mundos claramente definidos. El primero, el de las escuelas que se han adaptado y han migrado al mundo digital capacitando a sus alumnos en estas habilidades. El segundo, el de las escuelas que deberán tomar sus clases en la televisión.

La trascendencia de la decisión respecto al ciclo escolar no es menor. Profundiza la desigualdad y la pobreza, pero sobre todo enraíza la idea atroz de que el futuro de las nuevas generaciones es un asunto sin importancia, sin dirección y sin esperanza pues la brecha digital que hoy se construye refuerza el argumento central de este gobierno que expresa dos polos sociales y donde claramente el ganador será aquel alumno que se esté preparando para las necesidades del mundo actual.

Las habilidades digitales no se ganan teniendo una computadora, entrando a redes sociales o tomándose fotos. No basta un celular o una computadora pues se requiere todo un diseño institucional que las estructure y las potencie. Llevamos 20 años perdidos y la ínsula respecto al mundo que hoy se propone sólo aislará a nuestros niños en el futuro condenándolos de manera profunda a la pobreza digital.

* Guillermo A. Tenorio Cueto es Doctor en Derecho. Autor, coautor y coordinador de 15 libros en materia de libertades informativas. Actualmente es director de la Licenciatura en Gobierno y Economía de la Universidad Panamericana. Es integrantes del Sistema Nacional del investigadores de México. Preside la Asociación Cooperación Iberoamericana de Transparencia y Acceso a la Información.