Normalmente cualquier dirigente, sea en el ámbito empresarial o gubernamental, cuando inicia un encargo está sujeto a una curva de aprendizaje que le es concedida por propios y extraños. La curva de aprendizaje justifica errores menores, impericias y daños causados por el dirigente. La curva de aprendizaje se amplía en el plano temporal de acuerdo con la situación de la empresa o del estado que guardan las cuestiones del gobierno y la administración pública. En situaciones de crisis, el periodo concedido por la curva de aprendizaje se reduce drásticamente y en casos extremos desaparece.

Vaticinar cómo concluirá Felipe Calderón su presente administración no requiere de grandes análisis, pues del estado que guarda la situación del país, solamente podemos indicar dos escenarios: el de una nación que se mantiene en el estado en que se encuentra con brotes de violencia generados por el crimen organizado y una economía estable en los fundamentales que la forman o el de una en la que la autoridad pierde el control casi total de la seguridad pública y los fundamentales de la economía se vean entonces gravemente afectados y provocando una inestabilidad que cerraría el círculo perverso con la inseguridad pública entonces imperante en este escenario.

Cualquiera que sea el caso, lo cierto es que la situación se agravará con la irremediable protesta por el resultado de las elecciones que en los próximos días el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación calificará. En efecto, las huestes del candidato de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador, intentarán crear un clima generalizado de violencia social con el objeto de llevar al país a una crisis institucional y provocar por la vía de los hechos una nueva elección.

Con todos estos ingredientes mezclados, el próximo Presidente de la República, Enrique Peña Nieto, enfrentará el inicio de su administración con una curva de aprendizaje con valor cero, es decir, no tendrá la posibilidad de refugiarse en dicha curva, pues pondría al país en un estado de caída en barrena del que difícilmente lograría recuperarlo sin pagar altísimos costos políticos y económicos. El próximo Presidente, luego entonces, no podrá cometer errores en su discurso, su política de gobierno ni en la conformación de su gabinete y equipo de trabajo. La mayoría de sus votantes esperan un nuevo PRI, acorde con los tiempos y los intereses generacionales que confluyen en el país.

Se espera, por lo tanto, que el candidato triunfante y su equipo de trabajo hayan aprendido de los errores que provocaron la pérdida de una ventaja descomunal en las preferencias electorales, en sólo tres meses, sobre sus otros contendientes. Si Peña Nieto insiste en recurrir a las viejas formas corporativistas y a los mismos funcionarios de su partido que llevan en escena por lo menos 20 años, causará un desánimo en la franja más joven de los votantes y dará credibilidad a la acusación de López Obrador de que no existe un nuevo PRI y que lo que en realidad triunfó en las elecciones fue un candidato con carisma e instinto político que, aun arrastrando los lastres priístas del pasado, logró salir avante en las elecciones.

Así, parece que Peña Nieto deberá modernizar su discurso, cortar las viejas prácticas partidistas y poner a sus operadores de antaño en la segunda línea, dando paso a una generación gobernante nacida a partir de la década de los 60 que combine experiencia y nuevas formas de hacer gobierno.

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