Vivienne Ming no habla en sus charlas sobre el temor que tienen algunos futurólogos (notablemente Elon Musk) de que la Inteligencia Artificial (IA) supere a la inteligencia humana y que llegue a tomar decisiones propias. En lugar de tocar esos temas, a esta neurocientífica, una de las expertas en IA más reconocidas en el mundo, le gusta hablar sobre el potencial humano.

La entrevisto en el marco del SingularityU Summit, capítulo México, que inicia esta semana. Aquí se reúnen algunos de los científicos que realmente están transformando la realidad a través de la revolución digital. El concepto de la humanidad aumentada (Human Augmentation) enmarca toda la conversación, al preguntarle sobre la posibilidad de que adquiramos “súper poderes”.

–¿Seremos realmente capaces de desarrollar estos poderes? ¿Qué significa esto en realidad?

–Para mí la noción de construir un súper poder es algo más aterrizado de lo que se podría esperar. Es tener la capacidad de hacer algo que nadie más ha hecho. Por ejemplo, construimos un sistema que permite a los niños autistas leer las expresiones faciales e identificarlas. Para el resto de nosotros eso no es un súper poder. Eso ya lo tenemos dado. Otro ejemplo es cuando mi hijo fue diagnosticado con diabetes tipo 1, y me dediqué a construir el primer sistema para tratar esta enfermedad con Inteligencia Artificial. No es algo que va a cambiar el mundo, ni es esa IA de la ciencia ficción, pero es algo que cambió mi vida, al saber que mi hijo está sano. Y además sirve para muchas más personas. Es algo concreto. Quizá tenga un acercamiento más modesto, pero si transformas una vida humana, le estás dando un súper poder.

Cuando Vivienne se enteró de que su hijo tenía ese tipo terrible de diabetes, empezó a trabajar en un sistema que anticipara las dosis exactas de insulina que necesita un paciente, prediciendo con exactitud los niveles bajos o altos de glucosa, de modo que se puedan evitar por completo las crisis. Una vez que lo tuvo, en lugar de patentarlo (y enriquecerse con ello) lo subió a la red como open source, para que otros lo trabajaran y cualquiera se pudiera beneficiar. Afirma que su conciencia no la dejaría vivir en paz sabiendo que una patente así tomaría años y que en ese tiempo se pueden salvar muchas vidas. Hoy, Eli Lilly está tomando ese sistema como fundamento para crear un páncreas que supera al órgano humano.

Ese es el tipo de gente que comparte en los congresos de Singularity University en México, cada año.

Para seguir ilustrando cómo trabaja la Inteligencia Artificial para el mejoramiento de la vida, pone el ejemplo de cómo Google construyó un sistema que detecta los efectos de la diabetes tipo 2, que en una crisis de glucosa lleva a serios daños en la retina. Refiere que hicieron pruebas en Tailandia, en donde uno de cada cuatro pacientes es tratado por una enfermera, por falta de doctores. Hoy las enfermeras pueden perfectamente prevenir las crisis diabéticas con este sistema. “Cuando era pequeña era fanática de la ciencia ficción y quería construir robots, pero hoy me doy cuenta de que las pequeñas transformaciones son también súper poderes, si cambian la vida de alguien”.

Un ejemplo más en el que ella trabajó es en el método para prevenir los eventos detonantes en las personas con bipolaridad. Vivienne pertenece al consejo de administración de siete empresas de neurotecnología, que diseñan sistemas de IA para mejorar la vida de gente con autismo, Alzheimer y neuropatías, y por ello no cobra. Ha presenciado logros asombrosos de cómo la gente puede recuperar la memoria y volverse funcional.

Pero no se llama a engaño: advierte que hay posibles externalidades negativas. El caso del niño que, gracias a la Inteligencia Artificial recuperó la memoria después de un daño cerebral, quizá dé pie para que el padre de otro niño utilice ese sistema para que su hijo pase un examen. “Ojalá la tecnología fuera tan simple como que se instale en el mundo y éste se convierta en un mejor lugar, pero no es así como funciona”.

Eliminando sesgos

Vivienne Ming empezó su carrera haciendo análisis de expresiones faciales en tiempo real para la CIA, para lograr un procedimiento de detección de mentiras, algo que no la enorgullece particularmente pero que acabó siendo parte de la tecnología de reconocimiento facial que hoy utilizan los teléfonos celulares. Eso la llevó a generar un sistema de traducción de las emociones humanas para los niños autistas.

Los niños utilizan los lentes de Google Glass, a los que les insertó en la cámara un método que los ayuda a identificar las expresiones faciales de las personas con las que interactúan. Encontró que los niños aprenden a interactuar. “Un síntoma común del espectro autista es la falta de empatía: no saber por qué la gente hace lo que hace. Los chicos que aprendieron a reconocer las expresiones con este sistema de IA también adquieren empatía. Con solo usar durante unos momentos los lentes, pueden retener ese entendimiento cuando se los quitan, y va formando parte de su aprendizaje”.

Cuestionada sobre uno de los temas más candentes en la actualidad, que es la preocupación por la privacidad, propone una serie de puntos para encaminar este debate. Y lo hace sin caer en el simplismo de demonizar a empresas como Google o Facebook, proyectando en ellas el origen de todos los males, como hacen algunos activistas. Difícilmente podría caer en ello quien vive en carne propia las ventajas de que la IA se alimente de la mayor cantidad de datos posibles, para generar cambios positivos, como se ha visto, por poner solo un ejemplo, en el manejo de la pandemia en los países asiáticos, que con sistemas de IA pudieron controlarla (Corea del Sur: 507 muertos; Japón: 1943).

–Es una gran cuestión. En la actualidad, no más de 12 compañías, y dos países, controlan toda la Inteligencia Artificial que tiene una aplicación significativa, y las empresas o instituciones que van a trabajar en el futuro con IA seguramente utilizarán la infraestructura de esas pocas empresas. Hay muchas implicaciones éticas, como el tema del reconocimiento facial, que decide quién necesita pasar un filtro de seguridad, por ejemplo.

Lo dice una mujer que trabajó en Gild, una firma de Silicon Valley que maneja algoritmos complejos, diseñados por ella misma, para refinar los criterios de contratación en el mundo tecnológico, que son “innecesaria y perjudicialmente, excluyentes”.

–Para mí es un problema de equilibrio de poderes –abunda–. Lo que yo recomiendo es, antes que nada, auditar a estas empresas. Así como es impensable que en el mundo financiero las compañías funcionen sin auditorías externas, de la misma manera debe haber empresas independientes que sean auditoras de datos: que certifiquen cómo están usando los datos esas compañías gigantes. De esta forma la gente podrá confiar al registrarse y acceder en los términos y condiciones de las firmas de internet.

“También debe haber instituciones transnacionales que regulen a estas grandes corporaciones digitales y, como un paso adicional, organizaciones equivalentes a los sindicatos en el mundo laboral: una especie de sindicatos de datos digitales. 

Asimismo, propone la creación de un nuevo derecho humano: el de la privacidad digital. Los ciudadanos del futuro deben poder elegir si quieren compartir todos sus datos en pos de la ciencia o solo algunos de ellos. O ninguno. En Estados Unidos esto aún no sucede, pero en España son pioneros, con la próxima aprobación de la Carta de Derechos Digitales, cuyo objetivo, según ha declarado Carme Artigas, secretaria de Digitalización e Inteligencia Artificial, es “trasladar los derechos que ya existen en el mundo analógico al mundo digital y poder añadir algunos nuevos, como los relacionados con el impacto de la IA y las neurotecnologías”.

–Debemos lograr que las leyes reflejen nuestros derechos, coincide Ming: que la IA trabaje en nuestro mejor interés. Contamos con el derecho a tener un abogado o un doctor, que no van a revelar nuestra información sin nuestro consentimiento, pero no tenemos este derecho en la Inteligencia Artificial. Con ayuda de la IA se puede decidir quién obtiene un préstamo, quién entra e la universidad o quién entra en la seguridad social, y estos sistemas pueden estar sesgados, no porque sean imperfectos en sí, sino porque están programados por personas que tienen esos sesgos.

Vivienne Ming se define como una realista/idealista y concluye de esta manera: “en verdad hay un mejor mundo, solo que llevará mucho trabajo llegar a él. ¿Vamos a construir más máquinas para que sustituyan a los humanos o vamos a construirlas para hacer mejor a las personas? Esa no es una cuestión de tecnología, es una cuestión de políticas públicas. la Inteligencia Artificial no es la fuente de las soluciones, pero sí puede ayudar a que las soluciones sean más universales”.

José Manuel Valiñas

Analista de temas internacionales

Planetario

José Manuel Valiñas es articulista de política internacional. Dirigió la revista Inversionista y es cofundador de la revista S1ngular.

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