Es casi de Perogrullo afirmar que el centro histórico de la Ciudad de México es el más importante acervo patrimonial de nuestro país; nodo emblemático de identidad nacional; residencia y ámbito de los más trascendentes personajes y acontecimientos de la historia patria, y sede de poderes e instituciones torales de la República. Es un espacio geográfico de 10 kilómetros cuadrados con una densidad de patrimonio histórico y arquitectónico con pocos paralelos en el mundo, delimitado aproximadamente por Congreso de la Unión, Reforma norte, Balderas, y Fray Servando. Cuenta con más de 1,500 edificios que originalmente fueron templos, conventos, oficinas administrativas y de gobierno, edificaciones cívicas, centros hospitalarios, centros de enseñanza, museos, casas particulares, muchos de ellos catalogados como monumentos históricos, arquitectónicos o artísticos que se desplegaron a lo largo de cinco siglos en casi 700 manzanas. Ahí se sintetiza y aún se lee el devenir de la historia prehispánica, colonial, independiente y moderna de México. Es considerado como Zona de Monumentos Históricos y está inscrito en el catálogo del Patrimonio Mundial de la UNESCO desde hace 31 años.

El hoy centro histórico de la CDMX tuvo épocas de esplendor cuando fungió como el punto neurálgico en la vida del Imperio Azteca, como la ciudad colonial más importante del imperio español en América, y como el corazón de la vida independiente de México hasta mediados del siglo XX. A partir de ahí fue abandonado por la Universidad Nacional Autónoma de México y por diversas oficinas de la administración pública, así como por sus habitantes, y por establecimientos de recreación y servicios, para entrar en un profundo y acelerado proceso de decadencia, del que ha intentado salir, sin éxito, en varias ocasiones a lo largo de las últimas décadas.

Siempre fue confusa la gobernanza del centro histórico entre el gobierno federal, la administración central de la Ciudad de México y la delegación Cuauhtémoc, frecuentemente en conflicto con el Instituto Nacional de Antropología e Historia, y el Instituto Nacional de Bellas Artes. Esa confusión, superposición y choque de facultades, y responsabilidades difusas, en un escenario de diáspora institucional y económica, propició su degradación y ocupación por parte de actividades económicas marginales, informales e ilegales y de muy poco valor agregado. Se extendió la necrosis del tejido urbano, se abandonaron inmuebles históricos y fueron invadidos por el comercio ambulante y ocupados por actividades económicas mayoristas incompatibles con la conservación de sus valores patrimoniales y arquitectónicos. La pobreza se instaló en vecindades derruidas, mientras que la mayor parte de los edificios sólo pudo ofrecerse para accesorias paupérrimas instaladas en plantas bajas que coexisten con plantas superiores abandonadas. El ambulantaje se apropió de numerosas calles y espacios públicos. El mercado de La Merced de productos perecederos, que debió haber sido totalmente desalojado cuando se construyó la Central de Abastos en los años setenta del siglo XX, se mantuvo como foco de infección social y urbana, emanando prostitución, pestilencias, basura, indigencia y degradación patrimonial. Sólo la acertada peatonalización de la calle de Madero y la restauración de algunas fincas emblemáticas a lo largo de Madero, 5 de Mayo, Bolívar, Isabel la Católica, 16 de Septiembre y Venustiano Carranza, así como la recuperación de algunos espacios públicos han mantenido cierta resistencia a la degradación.

Ahora, gracias a la nueva Constitución de la CDMX, el centro histórico respira oportunidades para renacer de sus ruinas, pústulas y baldíos, y reconvertirse en un gran atractivo turístico y polo de desarrollo. El que esto escribe, miembro de la Asamblea Constituyente, introdujo facultades plenas a la jefa de gobierno sobre este vital espacio territorial de la ciudad, quien ahora es responsable de la regulación urbana, intendencia, equipamiento, restauración y conservación, y espacios públicos. Todo ello, a través de la autoridad del centro histórico, cuya nueva coordinadora es Dunia Ludlow. Ya no hay obstáculos de gobernanza para su revitalización, para transformar su economía y atraer inversiones en infraestructura e inmobiliarias que recuperen edificaciones patrimoniales y las pongan al servicio de nuevas necesidades urbanas. Tampoco para cortar de tajo los problemas de manos muertas de intestados o litigios en fincas abandonadas o baldías por medio de expropiaciones al alimón con inversionistas privados; para atraer de nuevo a la vivienda; para resolver el cáncer del ambulantaje; para extirpar o refuncionalizar comercial y socialmente al mercado de La Merced, y para promover actividades culturales de calidad. Ahora es posible una reingeniería del centro histórico, reconstruyendo el tejido social con una buena e indispensable dosis de inclusión, pero también, inevitablemente, de gentrificación.

Gabriel Quadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.