La pandemia no es un acto de fe y por simple cuestión ética, aunque en lo individual se tengan las propias convicciones sobre lo que afecta o no, debemos recordar que vivimos en colectividad.

Hemos tratado ya en diversas entregas las diferentes maneras en las que cambió nuestra alimentación a raíz de la pandemia del Covid-19: desde nuestros hábitos de consumo, hasta la vuelta a la comida en casa, pasando por las tendencias de vuelta a la cocina. Comer durante la pandemia y en la llamada nueva normalidad propone también diferentes dilemas éticos difíciles de taclear.

El uso del tapabocas, el guardar la sana distancia y las medidas de higiene son cada vez más objeto de dilemas éticos. No es sólo el hecho de portarlos, sino que, con la paulatina reapertura de espacios que concentran personas, se establecen ciertas tensiones. ¿Hasta qué punto resulta útil seguir todas las recomendaciones cuando el vecino hace fiestas multitudinarias o la persona que va formada en la fila de la caja no guarda su distancia?

Hemos aprendido durante la pandemia que el portar mascarillas disminuye los contagios del virus. Pero ¿cómo portar mascarillas mientras se come? Miles de personas están ávidas de comer en restaurantes, ir a los cines, convivir en fiestas. Los restaurantes fueron de los negocios más seriamente afectados por la pandemia a nivel mundial. Muchos de sus empleados no gozaron de sueldo durante los cierres completos de estos lugares. Volver a trabajar en el restaurante supone un riesgo para los empleados, con comensales que no portan cubrebocas, puesto que están comiendo. Pero aun así, muchas personas que trabajan en negocios de comida prefieren tener un trabajo que implique un alto riesgo, que no tener trabajo alguno.

Lo mismo sucedió con el acaparamiento de ciertos productos al inicio de la pandemia, cuando el pánico hizo que ciertos patrones de conducta del miedo se hicieran manifiestos en muchas personas a las que poco les importaba la escasez, por ejemplo, de harina o papel del baño.

¿Tenemos derecho a interpelar al vecino que hace fiestas multitudinarias en casa, con comida y bebida compartidas en función de los metros cuadrados que nos separen? Todas estas cuestiones son hoy en día tratadas por profesionales en ética y ninguna de ellas ha tenido una respuesta contundente.

En el caso de la industria restaurantera, hemos sido testigos de la difícil situación a la que muchos propietarios se aferraron para mantener a sus empleados. El dilema ético no es tan fácil de resolver cuando tenemos un sistema económico que ofrece pocas garantías a los trabajadores, más allá de los grandes esfuerzos que han hecho muchos patrones por conservar a sus empleados.

El uso del cubrebocas en lugares públicos donde se consumen alimentos es hoy contestado hasta por ciudadanos que en las teorías conspiracionistas creen que el Covid-19 no existe y que todo es un invento para mantenernos controlados. La pandemia no es un acto de fe y por simple cuestión ética, aunque en lo individual se tengan las propias convicciones sobre lo que afecta o no, debemos recordar que vivimos en colectividad y hay que respetar el derecho de quienes acaten las medidas de distanciamiento social.

Estamos entrando a diferentes dilemas éticos en nuestro comportamiento frente a la pandemia en nuestro día a día: desde saludar hasta comer, pasando por interactuar con otras personas, todos estos actos ahora están acompañados de una nueva consciencia que es necesario tener. Los dilemas éticos siempre están para recordarnos que a veces tenemos que ver más allá de nuestra nariz para obtener soluciones a situaciones que afectan en mayor escala.

Twitter: @Lillie_ML

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.