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Opinión

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A 50 años del metro, crisis del espacio público en CDMX

Gabriel Quadri de la Torre

La construcción del Metro de la Ciudad de México, a finales de los años 70 del siglo XX, fue la culminación del Desarrollo Estabilizador; la cereza del pastel de un régimen posrevolucionario que a pesar de todo fue capaz de emprender un acelerado proceso de urbanización y con ello crear una enorme clase media, generar infraestructura de calidad mundial, fundar instituciones esenciales del México moderno, engendrar grandes empresas de vocación global, incubar ingeniería de punta en el mundo y lanzar al país hacia un cauce inequívoco de progreso. El Metro fue el símbolo final; hazaña técnica ahora difícilmente repetible, producto de un Estado fuerte y asertivo, si bien autoritario y con casi nulas credenciales democráticas. El Metro creció, para después paralizarse durante lustros, hasta la controvertida construcción de la Línea 12.

El Metro cambió a la ciudad, cambió su dinámica y sus patrones de movilidad y convivencia social. En sus inicios era un verdadero orgullo: impecable espacio público de dignificación de la vida social especialmente para los grupos de menores ingresos, altas especificaciones arquitectónicas y de diseño, con estaciones de gran calidad que fungieron como verdaderos museos y centros de divulgación de la cultura. Todavía recordamos el esplendor de estaciones como Bellas Artes, Zócalo, Hidalgo, Pino Suárez, y aún Taxqueña, así como la glorieta de Insurgentes, que en su tiempo fue lugar de encuentro y convivencia privilegiado.

El Metro introdujo una nueva dimensión en la movilidad de la ciudad, modificó para bien la estructura modal del transporte con un sistema masivo y de gran eficiencia, que le disputó hegemonía al auto privado y a las redes de autobuses del transporte concesionado de superficie, y prometió una ciudad con menor huella ecológica. Tengamos en cuenta que en la CDMX, al igual que ocurre en casi todas las grandes ciudades del mundo, la principal fuente de emisiones contaminantes de la atmósfera, así como de gases de efecto invernadero causantes del calentamiento global, son los vehículos automotores. El Metro era un atisbo para una ciudad ambientalmente menos impactante. Las promesas no se cumplieron, el Metro dejó de crecer y fue abandonado a la ineptitud y la incuria. Fue ahogado con presupuestos exiguos, y entregado al poder fáctico omnívoro del ambulantaje, en un perverso modelo clientelar y corporativo del nuevo partido en el poder. Con el cambio de régimen en la ciudad, todo empezó a degradarse. La izquierda fue incapaz de sostener y desarrollar un bien público vital para la metrópolis. Los bienes públicos en la ciudad son la plataforma de igualación social y de resarcimiento hacia los que menos tienen, que no pueden disfrutar en el ámbito privado de recreación, confort, cultura y dignidad colectiva. Paradójicamente no lo entendió así, y prefirió cultivar clientelas políticas a partir de subsidios privados y a costa de bienes públicos.

El caso es que el Metro se degradó y entró a vivir en crisis financiera permanente, invadido por el ambulantaje, con estaciones convertidas en pocilgas fétidas, en las cuales el gobierno obliga a circular a millones de personas todos los días, por cierto, las menos favorecidas en la ciudad. Es el trato humillante que les prodiga. Transitan por los espacios públicos pervertidos, en las entradas de las estaciones del Metro, entre basura, fritangas y pestilencia, y al interior son acosados a gritos y bocinazos por mafias de vendedores y delincuentes. Las estaciones lucen decadentes y faltas de mantenimiento, con pisos, pavimentos y recubrimientos rotos y desgastados, paredes áridas y carcomidas por la humedad, escaleras eléctricas inservibles y espacios publicitarios abandonados o subutilizados. Los vagones vandalizados, sin aire acondicionado, son verdaderos hornos crematorios, que transcurren tiempos interminables detenidos en los túneles, sobre todo en horas pico. Curiosamente, y por razones misteriosas, la Línea 12 (Línea Dorada) es una relativa excepción.

No sólo se trata de un fracaso en las políticas del espacio público en la CDMX y en la operación del Metro. Este Sistema de Transporte Colectivo también ha perdido importancia relativa en la estructura modal del transporte en la ciudad, en favor de autos privados y microbuses, lo que representa un fracaso en las políticas ambientales, de movilidad y transporte en las últimas décadas. Debiera de ser exactamente al revés. Cada encuesta Origen-Destino debería revelar una participación creciente del Metro en la distribución modal de viajes en la metrópolis. Es indispensable una nueva política de operación en el Metro, que conjugue aspectos financieros, de ingeniería y mantenimiento, arquitectura y diseño, gestión del espacio público, difusión cultural y de gobernanza para resolver el problema existencial del ambulantaje, así como soluciones energéticas para permitirle funcionar con electricidad de fuentes renovables. Sería indispensable un pequeño impuesto a las gasolinas destinado a sufragar los costos de inversión y operación de un Metro de alta calidad y altas especificaciones; los automovilistas debemos de pagar por ello. Elevar las tarifas del Metro sería regresivo e incendiario.

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Gabriel Quadri de la Torre

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.

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