A primera vista, Luxemburgo no parece ser un país con credenciales ecológicas fuertes. Importa electricidad y produce de forma local solo 13% de lo que consume, de lo cual 9.25% proviene de recursos renovables. Además, vende grandes volúmenes de combustible a tarifas bajas comparadas con las de sus vecinos.

Esta pequeña nación puede no tener la nota más alta entre los ambientalistas, pero sería un error menospreciar el compromiso ecológico del Gran Ducado. Luxemburgo es un centro financiero global líder en innovación; es decir que puede combinar finanzas con protección ambiental de manera natural.

El acuerdo de París firmado en la COP21 a fines de 2015 apunta a limitar el calentamiento global a menos de 2°C, para lo cual resulta imperativo movilizar enormes recursos financieros. El acuerdo establece la meta colectiva de movilizar 100,000 millones de dólares por año a nivel mundial para 2020, para alcanzar la cifra total de un billón de dólares para 2030.

Como el dinero no cae del cielo, y no alcanza solo con inversiones públicas, Luxemburgo puso su experticia a disposición del planeta a través de un grupo de trabajo en finanzas climáticas llamado “Climate Finance Task Force” y establecido antes de la conferencia de París.

“Era imperativo que el sector privado estuviese implicado desde el principio”, dice Marc Bichler, embajador especial del Cambio Climático en este país de 600,000 habitantes. De este modo, tanto el ámbito público como el privado se pusieron de acuerdo para crear una “caja de herramientas ecológicas” de productos financieros adaptados a proyectos de mitigación climática.

Desde entonces, una amplia gama de productos financieros ecológicos ha sido creados en Luxemburgo, que van desde bonos verdes hasta fondos de inversión para desarrollos sustentables, convirtiendo el país en un actor privilegiado del nuevo sector financiero. Su participación en el mercado europeo es del 39% del total de los fondos de inversión responsables y, según la agencia para el desarrollo del centro financiero Luxembourg for Finance, 61% de los activos gestionados en este tipo de fondos se encuentran en el Gran Ducado.

Una serie de iniciativas emergieron en Luxemburgo desde la COP21, incluidas un acelerador de financiación climática, una plataforma de financiación climática lanzada por el gobierno de Luxemburgo en colaboración con el Banco de Inversiones Europeo (BEI), certificaciones de calidad para productos de financiación verde y, en especial, una plataforma de intercambio dedicada en forma exclusiva a instrumentos de financiación sustentables.

La Bolsa de Luxemburgo es ahora la sede de la Bolsa Verde de Luxemburgo (LGX), donde aparecen listados la mitad de los bonos verdes del mundo, por un total aproximado de 100,000 millones de euros (116,000 millones de dólares). En tan sólo dos años de actividad, el volumen de los bonos verdes emitidos se triplicó, y la cantidad de bonos en el mercado se ha duplicado, llegando a más de 220 títulos en la actualidad.

“Anticipamos el futuro”, asegura Julie Becker, directora de LGX, que no esconde su deseo de que todos los productos financieros tradicionales se vuelvan responsables. “El futuro de las finanzas será forzosamente sustentable y responsable”, insiste.

De momento, la finanzas ecológica es un producto de nicho. Los emisores institucionales como los bancos de desarrollo dominan el mercado, empezando por los europeos y seguidos de cerca por los asiáticos, especialmente los chinos.

Pero, más que una simple denominación, las “finanzas verdes” son una serie de principios. En 2016, la agencia de clasificación financiera LuxFLAG lanzó una certificación de calidad para garantizar que los recursos obtenidos por fondos de inversión se destinen realmente a medidas de mitigación climática. Un año más tarde, LuxFLAG creó una certificación similar para los bonos verdes.

En la Bolsa de Luxemburgo, los productos financieros verdes están sujetos a un proceso de evaluación de dos etapas para ser incluidos en las listas. “Le pedimos al emisor que nos brinde información antes y después de la emisión”, explica Becker. Un tercero independiente debe enviar un informe certificando que los fondos recaudados se utilizarán para financiar un proyecto de acción climática. Tras la emisión se solicita un segundo informe. ¿Algo que espanta a los emisores? No según Becker, quien se enorgullece de haber establecido “la barra lo más alto posible”. “Desde la crisis financiera, los inversores quieren saber a dónde va su dinero, en qué se está invirtiendo y qué impacto ambiental o social tendrá en concreto”, destaca.

Sin embargo, el listado de bonos verdes no representa una fuente adicional de ingreso para la Bolsa de Luxemburgo. La satisfacción proviene de consolidar su posición como pionera y de atraer a una gran cantidad de emisores.

“Cuanto más promovemos los criterios ecológicos, más nos aseguramos de que todos los parámetros rectores de la economía y sus cimientos sean sustentables”, apunta Nicolas Mackel, director de la Agencia para el Desarrollo del Centro Financiero de Luxemburgo.

El Gran Ducado pretende continuar expandiéndose en materia de finanzas verdes y de momento tiene una posición privilegiada para lograrlo. “Cada vez hay más competencia en materia de comunicación; muchos quieren ganarse un lugar en el podio”, afirma Mackel.

En todo caso, Luxemburgo puede revindicar su ventaja dado que, más allá de la finanza verde, el sector financiero del país se muestra también proactivo en materia de finanzas y microfinanzas socialmente responsables.