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Capital Humano

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No se trata de liderazgo femenino o masculino, se trata de liderazgo completo

El nuevo liderazgo no necesita menos firmeza; necesita más amplitud. Necesita decisión, sí, pero también autoconciencia, humildad, capacidad de aprendizaje y calidad de conversación.

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El nuevo liderazgo no necesita menos firmeza; necesita más amplitud.FOTO: Shutterstock

Rogelio Salcedo

“¿Existe un liderazgo femenino distintivo o el liderazgo es simplemente liderazgo?”

Esta pregunta me la hicieron hace unos días en un panel y se me quedó en la cabeza… y en el corazón. No porque sea nueva, sino porque sigue revelando una tensión no resuelta en el mundo empresarial: todavía queremos decidir si el liderazgo tiene género, como si hubiera que escoger entre dos moldes. Pero quizá el problema empieza ahí. Tal vez esa ya no es la pregunta correcta.

En la era de la inteligencia artificial, la volatilidad y la fatiga organizacional, la discusión importante no es quién lidera mejor, si hombres o mujeres. La discusión es otra: qué tipo de liderazgo necesita una organización para seguir siendo competitiva sin dejar de ser humana.

Durante demasiado tiempo, muchas empresas premiaron un liderazgo de armadura: control, dureza, seguridad inquebrantable, poca exposición de duda y una estética de invulnerabilidad. Ese modelo, culturalmente asociado a lo masculino, fue funcional en organizaciones más jerárquicas, más lineales y previsibles. Pero el trabajo cambió. Hoy no basta con saber más o decidir más duro. Hoy hay que leer mejor el contexto, sostener la ambigüedad, construir confianza y coordinar talento diverso en medio de la incertidumbre a gran velocidad.

Y ahí es donde esta conversación deja de ser ideológica para volverse profundamente estratégica.

La evidencia ayuda a ordenar el debate. Estudios recientes sobre liderazgo muestran que, cuando aparecen diferencias en la manera en que se evalúa a hombres y mujeres líderes, muchas mujeres son percibidas como más propensas a desplegar con efectividad dos tipos de conductas: las agénticas y las comunales. Las primeras son las que empujan resultados: decidir, afirmar una postura, marcar dirección, y asumir control. Las segundas son las que construyen tejido humano: escuchar, colaborar, mostrar empatía, y generar confianza.

Durante años se pensó que el liderazgo “serio” debía inclinarse más hacia lo agéntico y que lo comunal era accesorio, incluso decorativo. El problema es que el mundo actual exige ambas cosas al mismo tiempo. Hoy no basta con tener líderes que solo empujen; también se necesitan líderes que conecten. No basta con la autoridad que ordena; hace falta la legitimidad que escucha. No basta con la firmeza que ejecuta; hace falta la humanidad que sostiene.

Y ahí está, para mí, la gran conversación de fondo: el liderazgo más efectivo ya no se define por escoger entre firmeza o empatía, sino por la capacidad de integrarlas.

Por eso creo que muchas mujeres llegan mejor posicionadas a esta nueva etapa. No porque “lideren mejor” por naturaleza, sino porque con frecuencia su trayectoria les ha exigido desarrollar competencias que hoy pesan más: escucha, colaboración, lectura del contexto, sensibilidad interpersonal y capacidad de influir sin recurrir a la estridencia. En otras palabras, muchas mujeres han cultivado (a veces por necesidad, no por elección) capacidades que hoy se han vuelto estratégicas.

Para prosperar en el trabajo, según un estudio reciente de Mercer, las mujeres dan mucho más peso que los hombres al balance vida-trabajo, la flexibilidad, el desarrollo de nuevas habilidades y la claridad de carrera. Ese énfasis no es menor: se parece mucho al tipo de cultura laboral que hoy necesitan las organizaciones que quieren sostener talento, energía y aprendizaje continuo. No es una agenda “suave”; es una agenda de sustentabilidad del desempeño.

En su análisis sobre IA y género, Mercer también encuentra que las mujeres son ligeramente menos propensas a probar nuevas tecnologías en el trabajo y reportan un poco menos de seguridad psicológica para hacerlo. Pero el mismo análisis subraya que, en promedio, tienden a puntuar más alto en atributos de inteligencia social y emocional como compasión, colaboración y empatía, precisamente los atributos que pueden volverse más importantes cuando el reto ya no es solo automatizar, sino equilibrar automatización con humanización.

Dicho de otra forma: la IA no vuelve obsoletas esas capacidades; las vuelve más valiosas.

Claro que sería un error convertir este argumento en una caricatura inversa y concluir que entonces las mujeres lideran bien y los hombres lideran mal. Mi punto es otro: a muchos hombres todavía les cuesta más integrar ciertas dimensiones del liderazgo, no porque no puedan, sino porque fueron educados para confundir vulnerabilidad con debilidad, escucha con falta de autoridad y empatía con blandura. Mi propia práctica de coaching ejecutivo, confirma de forma constante este tema entre hombres en posiciones clave.

Y ahí está una de las grandes trampas del liderazgo tradicional. Nos hizo creer que dirigir consistía en tener siempre la respuesta, en no mostrar duda, en no pedir ayuda, en no admitir miedo. Ese repertorio hoy ya no alcanza. El nuevo liderazgo no necesita menos firmeza; necesita más amplitud. Necesita decisión, sí, pero también autoconciencia, humildad, capacidad de aprendizaje y calidad de conversación.

Si algo nos están mostrando los estudios recientes es que la efectividad ya no cabe en un solo molde.

Además, conviene no olvidar que muchas veces el sistema sigue premiando señales antiguas. McKinsey lleva años mostrando que las mujeres no carecen de ambición. Y, sin embargo, en Women in the Workplace 2024 vuelve a documentar el famoso “peldaño roto”: por cada 100 hombres promovidos a gerente, solo 81 mujeres reciben esa misma oportunidad. Esa fractura temprana no solo reduce la presencia femenina en los niveles altos; también perpetúa una idea vieja de liderazgo, porque el sistema sigue validando con más facilidad ciertos códigos tradicionales de autoridad. Muchas mujeres no se quedan atrás por falta de capacidad, sino porque el sistema sigue reconociendo un estilo de liderazgo que se parece demasiado al pasado. 

La llegada de la IA vuelve esta discusión todavía más urgente. Si el trabajo del futuro exigirá combinar tecnología con sentido, velocidad con criterio y automatización con confianza, entonces el verdadero diferencial del liderazgo ya no estará solo en saber más o decidir más duro. Estará en integrar mejor. En sostener conversaciones difíciles. En generar seguridad psicológica. En escuchar sin perder dirección. En mostrar humanidad sin perder firmeza.

Y en ese terreno, muchas de las competencias que históricamente fueron subestimadas están volviéndose estratégicas. La ventaja humana del futuro estará justamente ahí: en lo que la máquina no reemplaza con facilidad.

Es por esto que creo que el liderazgo del futuro no será femenino ni masculino en estado puro; será integrado. Necesitará la firmeza que ejecuta y la empatía que escucha. La ambición que decide y la humildad que aprende. La autoridad que marca rumbo y la vulnerabilidad que genera confianza. El reto no es pedirles a las mujeres que imiten el viejo liderazgo de armadura. El reto es permitir que el liderazgo organizacional, por fin, se vuelva más completo. Porque en el nuevo mundo del trabajo, la ventaja no la tendrá quien parezca más invulnerable. La tendrá quien combine mejor inteligencia técnica con profundidad humana. 

Así que regreso a la pregunta inicial. ¿Existe un liderazgo femenino distintivo o el liderazgo es simplemente liderazgo? Mi respuesta es que sí, puede haber diferencias en estilos, trayectorias y énfasis; pero la pregunta de fondo no es cuál género lidera mejor. La pregunta seria es si nuestros líderes, hombres y mujeres, están desarrollando el repertorio completo que exige una época más tecnológica, más incierta y, paradójicamente, más humana. ¿Y tú, desde dónde lideras?

¿Sigues defendiendo la vieja armadura o ya estás construyendo el liderazgo completo que este mundo necesita?

Rogelio Salcedo

Consultor e influencer en temas de Recursos Humanos y Talento. Es además Coach Ejecutivo certificado por el International Coaching Community (ICC). Actualmente es Socio y Director General de HR&Co, y Socio de Racana Advisory.

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