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Arte e Ideas

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Retorno a Aztlán

Presa hidroeléctrica pone en riesgo a la Isla de Mexcaltitán, de la que se cree es la mítica Aztlán (Lugar de las garzas).

Llegamos a Tepic, Nayarit, con un preso en el avión. En su cráneo se había tatuado un nombre y sus arrecifes. Los demás pasajeros parecían policías, dos mujeres iban en sillas de ruedas y nosotros completábamos un cuadro poco concurrido y muy heterodoxo.

Una vez en el Coloquio de Escritores, Letras del Pacífico 2013, organizado por la Universidad Autónoma de Nayarit, un invitado se quejó en corto de los ganadores, primer lugar y dos menciones honoríficas, del Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo.

Hay que tener apellido extranjero para ser condecorado en nuestra tierra dijo.

Se equivocaba, pues el concurso era bajo pseudónimo, pero fue un comentario perfecto para convencer a Gustavo Marcovich, Agustín Fest y Liliana Blum de ir en busca no sé si de sus orígenes, pero sí de los míos.

Hablé con Lourdes Pacheco, organizadora del Coloquio, y César Valladares nos llevó en camioneta al embarcadero Batanga, de donde hay que abordar una lancha rumbo a la Isla de Mexcaltitán (La casa de la Luna), de la que se cree es la mítica Aztlán (Lugar de las garzas), cacicazgo primigenio del que salieron los nahuas que, dos siglos después, fundarían México (en el ombligo de la Luna)-Tenochtitlán (la piedra en la que se posa el tunal).

Los 96 kilómetros que separan a Tepic de Mexcaltitán son un viaje de dos horas y pico agradable, de paisajes cambiantes en los que unos árboles conocidos como parotas, longevos y frondosos, ceden su imagen a un tipo de palmeras enanas y, éstas, a cultivos de mango, ciruela, tamarindo, guamúchil, nanche, tabaco y maíz. En el camino se puede observar un partenón de los Testigos de Jehová, un retén móvil de la Policía Federal, dos cementerios, una universidad tecnológica, varios puentes y ríos, un largo convoy militar, los arcos de entrada a Santiago Ixcuintla, sus casas típicas con los bellísimos tinacos Rotoplas, un campo de futbol y el Circo Nacional de África aunque África no sea nación, sino continente.

En Batanga alquilamos una lancha y don Raúl nos llevó a dar la vuelta por agua dulce (del río San Pedro) y salobre (un brazo del océano Pacífico) a la Isla mítica, de apenas 400 metros de largo por 350 de ancho. Ahí, los manglares selváticos de los alrededores se imponen, así como las muchas gaviotas, águilas, patos, gruyas y garzas blancas…

Celso decidió que comiéramos en el restaurante Kika, enfrente de la Isla y famoso por su pescado zarandeado (a las brasas) y por sus albóndigas de camarón. Tras la sobremesa, nos volvimos a embarcar y desembarcar en Mexcaltitán que, si bien no posee ningún vestigio más allá de sí misma para que sea considerada Aztlán, debería serlo, ya que sólo un dios, Huitzilopochtli (colibrí zurdo), guía de los que con los años de convertirían en los mexicas, podría tener la capacidad de contemplar desde el cielo dos islas tan semejantes en forma, ambas semicirculares y una a escala de la otra.

Así, caminar por las estrechas calles de Mexcaltitán que, en época de lluvia, se navegan en canoa, es fascinante. No importa que le hayan quitado el denominativo de Pueblo Mágico; que de sus 400 casas de una y dos plantas, casi todas con tejado de un agua, estén descarapeladas; que los isleños no hablen náhuatl y que su museo se encuentre en remodelación, pues uno, allí, a mitad de la isla, se siente en Aztlán o, bien, en los primeros días que los mexicas se asentaron en Tenochtitlán.

Ya de regreso a Batanga, don Raúl nos habló del ecocidio (una presa hidroeléctrica) que el gobierno quiere hacer en el río San Pedro, de cuyas afluentes viven los pescadores y agricultores de la zona, obra que hay que parar no sólo por el bien común, sino porque también sería el fin de Mezcaltitán, y yo, la verdad, quiero comprar allí una casita.

marcial@ficticia.com

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