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Reacomodando las nostalgias
Qué tan cool es Steven Spielberg: muy cool.

Foto: AP.
Hay dos Steven Spielbergs en este mundo: uno es el que se toma muy en serio a sí mismo y hace petardazos como La lista de Schindler, Munich, Inteligencia artificial o The Post (bueno, esta última sí me gustó) y el gemelo malvado y divertido que sabe hacer cine palomitero, de verdadero entretenimiento todo el tiempo, el Spielberg de Minority Report o Atrápame si puedes.
Como sea, ambos Spielbergs hacen cine sabroso para la plática de sobremesa, cine de alta calidad que al menos aspira a ser memorable. Y lo logra: nomás piensen en Jaws (o Tiburón, pues), dejan su huella pesada en la cultura pop.
Y así es Ready Player One: comienza el juego, la última gemita del baúl spielberiano, una película que será recordada al menos, espero, por los próximos diez años.
Ready Player One ya era un fenómeno superventas antes de que Spielberg metiera sus manotas. La novela original, escrita por Ernest Cline, es una aventura sci-fi que ha sido deleite para los fanáticos del género por años. Llevarla al cine se volvió obsesión para distintas casas productoras hasta que el show cayó por fin en la canasta de huevos de oro de Dreamworks.
Dicen muchos críticos que la recompensa para el espectador es mayor si va al cine sin conocer la novela.
Personalmente, y he leído el libro, creo que ver la película es suficiente. Deja al libro atrás de manera fulminante. Les digo, ese muchacho judío le sabe al cine de pura diversión.
Acomodando nuestras nostalgias, Ready Player One será el Tron y el Matrix de la Generación Zeta, un sueño que conspira para quedarse pegado al cuerpo como el aroma de un mariguana de calidad.
Casi no quiero contar de qué va el asunto. Ténganme paciencia. Las obsesiones pop de los geeks se verán cumplidas absolutamente: ¿memes? Por supuesto. Videojuegos, plataformas de socialización, todas esas chorradas de vidas paralelas y competencia al estilo Juegos del hambre. Todo eso.
Aquí va: existe un videojuego llamado OASIS, en el que los participantes tienen escape de un mundo real cada vez más quebrado. La realidad es la nueva realidad, la del mundo digital (hasta eso suena obsoleto cuando uno ve la cinta).
¿Se acuerdan de Second Life, aquella plataforma que permitía una vida digital en Internet donde uno podía hasta invertir en el banco y enamorarse de un trol? Ésa es la idea de OASIS, un espacio aparentemente más seguro que la vida “real”. Ya lo dijo el filósofo posmoderno Jean Baudrillard: vivimos en la era del simulacro. Importa más el olor a pino que conocer un pino verdadero. OASIS es el simulacro llevado al extremo de la perfección.
Sucede que muere el administrador y creador del juego. Ha dejado una herencia maldita para los jugadores: quien encuentre el secreto del juego (o el Easter Egg, como se conoce a pequeños chistes o sorpresas que los programadores van dejando a modo de firma o grafiti en los juegos) será acreedor a su fortuna. Será un mundo distópico, pero el dinero todavía cuenta. De hecho es una sublimación del dinero al estilo criptomoneda, pero de todos modos es oro para el forajido.
Y he aquí que la cacería de competidores comienza. Nuestro protagonista es Parcival (Tye Sheridan), obseso del juego y que se está apostando la vida para resolver el acertijo. Ese el talento único de Steven Spielberg, hasta sus películas malas hay la sensación de que algo vital está siempre pendiendo de un cabello. Sólo nosotros podemos salvarlo. ¿Juega? Verán que sí quieren jugar.
La apariencia de la película puede parecer un tanto passé. La nostalgia ochentera ya pasó de moda. Pero no importa, se verán absorbidos por ella.
Que comience la masacre.
