Pocos artistas despiertan tal devoción como lo hace Nine Inch Nails. Los seguidores de esta banda son fieles feligreses de una congregación que se ha comunicado en código por casi tres décadas. Cuando hablamos de Nine Inch Nails y de Trent Reznor, nos referimos a los místicos halos que conectan su obra como un códice secreto del cual sólo nosotros conocemos su significado. Nos obsesionamos en interpretar la música, las letras y los detalles que se esconden detrás de la superficie.

Los fanáticos de NIN que nos congregamos durante dos noches en el Festival Corona Capital —el domingo 18 de noviembre— y en el Plaza Condesa —la noche del lunes—, asistimos a un ritual, una misa negra y también un viaje de purificación del espíritu. Cuando salimos del recinto, no eramos los mismos.

La banda actualmente integrada por Trent Reznor, Atticus Ross, Alessandro Cortini, Robin Finck e Ilan Rubin, ofreció dos conciertos diseñados para cada espacio. El primero pensado para la dinámica de un festival masivo, el segundo en un espacio más íntimo en donde se podrían apreciar detalles sonoros en todo el espacio. Ambos espectáculos cumplieron y superaron las expectativas. Hasta la inclusión de las nuevas piezas más experimentales como “God Break Down The Door”, donde Reznor se acerca al Blackstar de David Bowie daban el balance adecuado para que tanto el público como la banda tomara un pequeño respiro y pudiera continuar entonando aquellos himnos del alternativo industrial.

Cuando Reznor y compañía tomaron el control del escenario en el Corona Capital, acompañados por los golpeteos de “Mr. Self Destruct”, nadie imaginaría que seríamos testigos de un repertorio inundado de clásicos; un homenaje a David Bowie con “I’m Afraid of Americans” —dedicada al actual inquilino de la Casa Blanca— y una impecable reinterpretación de “The Perfect Drug” que es posible gracias a la destreza de su baterista, Ilan Rubin. Una máquina de ritmos humana.

A diferencia del show que dio en el festival Corona Capital, su presentación en el Plaza Condesa sirvió los intereses de sus obsesivos fanáticos que por tres décadas han desmenuzado y deconstruido la obra de la banda. La noche del lunes, la banda desempolvó algunas canciones del Pretty Hate Machine como “Sin”, “Sanctify” o “The Day The World Went Away” del épico The Fragile, que contagiaron al público de una energía que se transmitía entre nuestros átomos, entre cada grito y cada salto que dimos.

En su actual gira, Reznor y compañía se volcaron por un diseño escénico minimalista acompañado sólo de luces. Aquí no hubo grandes proyecciones, ni escenarios interactivos —como los que utilizó en la gira del 2008 Lights In the Sky, que fue diseñada con ayuda de la compañía canadiense The Moment Factory—. En esta encarnación, se siente la influencia de los Talking Heads en la presentación visual.

Del Trent Reznor de los noventa, sólo nos queda la música. Aquel personaje que se enclaustró en la casa de Sharon Tate para grabar su magno opus The Downward Spiral y convertirse en el protagonista de su propia autodestucción es ya un figmento del pasado, pero que sigue saliendo en medio de "Reptile", "March of the Pigs" o la misma "Hurt".

Los que estuvimos presentes en aquellos rituales, nos reencontramos con nuestro yo del pasado, vimos nuestra fotografía de la adolescencia, donde la música de Nine Inch Nails acompañaba nuestra atormentada existencia y se convirtió en los himnos que nos definieron. Abrazamos a nuestro yo del pasado y al terminar el viaje, nos dimos cuenta que llegamos hasta el otro lado transformados en lo que somos hoy acompañados por aquellos acordes.

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