Ahora mismo no encuentro el título ni el autor de un cuento breve que leí, casi seguro, en El libro de la imaginación, de Edmundo Valadés. Tal historia cuenta que un juez fue a conocer la cárcel de cierto pueblo remoto. Ahí, un anciano se le acercó para decirle:

Su excelencia, estoy condenado por un crimen que no cometí.

El juez, impresionado por la bondad que emanaban las palabras del anciano, le prometió que revisaría el caso y, en su segunda visita, dictaría una nueva sentencia.

El hombre cumplió su promesa y luego de inspeccionar los sucesos que llevaron al viejo a prisión, regresó a la cárcel en donde pidió hablar con el cautivo. Le dijo:

Usted me ha mentido. Dice ser inocente cuando en su momento asesinó a su esposa enfrente de testigos y con varias agravantes a la ley. De hecho, dadas las circunstancias de su crimen, la defensa no encontró argumentos para ayudarlo.

El prisionero respondió:

Se equivoca, señor juez. Yo no maté a mi esposa, pues el asesino fue un muchacho de 20 años, impulsivo, celoso y que poco sabía de la vida. Ese joven, en efecto, era hijo de mi padre y madre, y tenía mi nombre. Yo, en cambio, soy un viejo que ha encontrado la serenidad, la belleza, un poco de sabiduría y que sólo quiere morir en libertad. Aquel chico no es este anciano.

Ahora bien, he querido iniciar este Marcapasos con tal relato porque acaba de aparecer en librerías los Diarios, 1945-1985, de Salvador Elizondo (Ciudad de México, 1932-2006), prologados, seleccionados y con notas de Paulina Lavista, en una edición cuidada y bellísima del FCE y, tras leerlos, surge la pregunta:

¿Para qué, en principio, se escribe un diario?

Todo diario tiene algo confesional, secreto e, incluso, mórbido. Y se piensa, de manera errónea, que los diarios íntimos no están escritos para que alguien los lea. Un diario, sin embargo, se escribe para otro, aunque ese otro sea uno mismo, y es en tal punto en el que el cuento del anciano y el juez sirve de ejemplo para el argumento: el que escribió ayer no es la misma persona que la que lee hoy. Es más, el sujeto que empezó a escribir este Marcapasos ya es otro que el que escribe este párrafo.

Lo anterior, por supuesto, no lo sabía Salvador Elizondo cuando escribió sus primeros diarios, pero en esas notas autobiográficas y como él mismo lo afirmaba, está el germen de su vocación literaria . Así, una vez sucedidas su niñez y adolescencia en las que gusta del estudio y práctica de la poesía y pintura , Elizondo entiende la vida como una obra de arte y, escribir de manera cotidiana un diario le sirve, y esta es sólo una hipótesis, para entenderse y entender el universo siempre cambiante.

Tal vez por ello, una vez que se convierte en un escritor consagrado ya había publicado Farabeuf o la crónica de un instante (novela), Narda o el verano (cuentos), El hipogeo secreto (novela), El retrato de Zoe (cuentos), entre otros deja visualizar dicha tesis en un microrrelato metaliterario, El grafógrafo , en el que intenta detener el río de Heráclito y dedica a Octavio Paz.

Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía (...) También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo .

Así, los Diarios 1945-1985, de Elizondo, más allá de intimidades o situaciones mórbidas, sirve de espejo y contrapunto para ir de su obra publicada al germen de sus ideas y viceversa, en juego palcentero, o doloroso, con su Farebeuf.