"¿Cómo se comienza una conversación sobre caricatura política en un país como México y como Colombia?", preguntó el caricaturista colombiano Nadim Amin, quien junto a los mexicanos Alarcón, Rocha y Rictus, participaron en la mesa del “Encuentro Internacional de Caricatura e Historieta”, que se celebra por vigésima ocasión dentro del marco de la FIL de Guadalajara.

Como era de esperarse, la política y el humor salieron a flote desde la primera pregunta hecha por el colombiano. Para dar una primera respuesta, Rictus tuvo a bien sacar un atril de las mañaneras hecho por él mismo: "¿Qué conferencia mañanera estaría completa sin un atril?", dijo.

Con una retórica irónica y divertida, dio un breve informe de gobierno, donde mostró con “otros datos”, cómo ha crecido en sinsentidos y absurdos la actual administración, lo que les ha permitido generar más humor y caricaturas. Y aseguró que el panorama para los caricaturistas, en lo que queda del sexenio actual y de los que vienen, habrá materia prima que les brinde la oportunidad de generar más contenido crítico.

Rictus también recordó los orígenes de la caricatura, y en un breve paseo histórico dejó claro que el oficio del monero es parte de la vida nacional. Y a manera de sarcasmo, dijo que quizás el futuro de la caricatura podría ser otorgado a los militares para que sean los Caricaturistas del Bienestar.

Por su parte, Rocha, con un tono y ritmo de voz que era un poco lento, emulando al presidente, dio continuidad al discurso de Rictus, recalcando los tiempos actuales en los que se vive una polarización muy marcada.

Recordó que siempre ha habido caricaturistas que critican y algunos pocos que defienden las acciones de la presidencia en turno; a diferencia de hoy en día, donde hay redes de apoyo al mandatario, en donde también hay caricaturistas, quienes se dedican a apoyar al Presidente de manera muy enfática.

Señaló que no importa el tipo de cartón que se haga, ya sea en favor o en contra del gobierno, siempre habrá golpeteo para todos.

Destacó que temas como los de Lozoya, en el Hunan, dan para mucho material y eso genera que se etiquete a los artistas como "chayoteros". A manera de paréntesis, narró el origen del término chayote (soborno a comunicadores) y remarcó que a diferencia de algunos periodistas, cuyo enriquecimiento personal ha sido notorio cuando apoyan al gobierno, no se sabe de ningún caso en que algún monero haya mejorado su nivel de vida por ayudar al presidente.

Por el contrario, aseguró que los caricaturistas tienen que buscar la manera de salir adelante y buscar nuevas oportunidades para sobrevivir. "¿Cuál chayote? Yo no veo ningún caricaturista que tenga un Mercedes Benz, o que haya cambiado su vida diametralmente. Es una acusación falsa. Los caricaturistas debemos seguir haciendo humor, ahí está nuestra función, no debemos hacer excepciones, sino criticar todo lo criticable en el mundo de la política".

Alarcón terminó de romper el ambiente al disfrazarse de una especie de aborigen, miembro de la tribu chairobi, que come carne humana, "sin conservadores, por supuesto" y que dicen poesía, viven contra los derechairos y mandan al diablo a las instituciones. Todo ello, bailando a ritmo de un tambor polinesio.

Por cierto, Alarcón aclaró que los chairobis pertenecen a los polinecios, por su terquedad y le rezan a su dios, una caricatura de un ganso llamado Amloevera o Gansori, también conocido como el Hakkas. Para finalizar, con su presentación a ritmo de hukulele y palmas de la audiencia, entonó la canción en farsa de agradecimiento a esta nueva divinidad. 

Para cerrar, el colombiano Nadim, señaló que aunque no lo parezca, entiende el humor de sus colegas mexicanos, ya que México y Colombia se parecen en muchas cosas, como que en este momento Colombia tiene a su propio Peña Nieto, con su presidente de derechas que comenta una serie de sinsentidos parecidos a los del priista. El ámbito político de Colombia también tiene lo suyo, ya que según el humorista, las artimañas de la política, de derecha o de izquierda, son similares a las que hemos vivido aquí en México.

alejandro.rios@eleconomista.mx

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