En el 2008, el galerista y curador francés Julien Cuisset decidió establecer Le Laboratoire en Ciudad de México. La apuesta del galo por incurrir en el mercado de arte en el país no fue a ciegas. Llegó a México en el año 2000 para trabajar para la embajada de Francia en el país. Se tomó ocho años para medir el pulso del mercado local.

El nombre de Le Laboratoire no es en vano. Más que como un espacio expositivo, describe a su galería como un centro operativo, un laboratorio.

Cuisset comparte con El Economista su lectura de las políticas públicas que conciernen al gremio artístico y de galeristas, las condiciones del mercado en el país y sus áreas de oportunidad, así como el compromiso del arte contemporáneo con los temas sociales de la actualidad.

Hay una crisis de las galerías

El preámbulo es breve antes de entrar en materia. Y lo hace de lleno.

Asegura que actualmente las galerías medianas están enfrentado una crisis, mientras que las pequeñas “están muriendo, a fuego lento algunas, pero están muriéndose”.

Después de decir lo anterior, hace introspección por algunos segundos, se lleva las manos a la barbilla, parece reorganizarse, y continúa: “México, de cierta manera, es el espejo de lo que está pasando en otros países”. Explica que, así como en Estados Unidos, el mercado más grande del mundo, donde hay cinco megagalerías que acaparan 60% de las exposiciones en los museos más importantes, en nuestro país, que es “piramidal y estratificado”, si bien no hay megagalerías, sí hay “dos o tres locomotoras” de gran capacidad que están acaparando el mercado, tanto en lo público como en lo privado.

Dice que si bien el Estado tiene incentivos estatales para la creación artística, también ha propiciado la frustración de los artistas, porque no ha generado programas para la presentación y exhibición de obra que los impulse, los lleve a los museos y los proyecte al extranjero.

“Las obras están, pero no se presentan, porque para muchos las puertas de los museos están cerradas. Y un museo público, a mi parecer, tiene la responsabilidad de ser representativo de la producción en un momento determinado”. Asegura que la inclusión y la pluralidad son deberes públicos que realmente no se ejercen en lo artístico.

Basado en ejemplos internacionales, opina que es esencial vender obra contemporánea a los museos. Pero argumenta que en México pasa muy poco y cuando pasa es para beneficio de esas “dos o tres locomotoras”. Agrega que la falta de una política de Estado sobre adquisición de arte ha creado grandes huecos en las colecciones de los museos que, muchas veces y demasiado tarde, las autoridades competentes han intentado paliar a través de sistemas tributarios: donaciones de los artistas o pagos en especie, por ejemplo.

“Como llevan tantos años sin tener una política de adquisición o unos mecanismos más horizontales, que favorezcan la posibilidad de enriquecer sus acervos, ha pasado que los coleccionistas privados o colecciones convertidas en museos compran las mejores obras de artistas que empezaron a tener mucha fuerza a partir de los años 90 y que ahora todos conocemos”.

Una política de descentralización

La brecha es significativa. Ejemplifica Cuisset que en Francia existe el Fondo nacional de arte contemporáneo (Fonds national d’art contemporain, FNAC, por su sigla en francés), que, entre otras responsabilidades, a través de su política de adquisición ha integrado la colección más grande de arte vivo en el país galo, con alrededor de 100,000 obras de creadores franceses y extranjeros, adquiridas desde 1971, de las cuales más de 85,000 ya se han digitalizado y puesto en línea para su consulta.

“Siguen comprando cada año. Hay un catálogo enorme. Obviamente hay patronatos y donaciones, pero el Estado encabeza esa política de adquisición seria”, relata, aunque añade que “buscar tropicalizar no es el punto. Lo que es interesante es cuestionar y tomar lo bueno donde esté”.

Explica que en México “tenemos para catapultar cultura por todos lados”, con una riqueza cultural que parte de lo precolombino y desemboca en lo contemporáneo.

Bajo este contexto, opina que no es el mejor camino traer una franquicia del Centro Pompidou al país, como planteó Enrique Márquez, director ejecutivo de Diplomacia Cultural de la Secretaría de Relaciones Exteriores, hace un par de semanas a través de Twitter.

En cambio, sugiere que sí podrían tropicalizarse programas aplicables para los lugares urgidos por recuperar el tejido social, como el implementado en Francia de nombre Le 1% Artistique (El 1% artístico), en el que todo proyecto arquitectónico financiado por el Estado tiene la obligación de tener una asignación de 1% de su presupuesto para proyectos artísticos, el cual, por lo general, se aplica en obras que se insertan en el paisaje. De esta manera, “en México podríamos hablar, con un afán de paz social, de poder recuperar espacios fuera de Ciudad de México y entender que la educación artística debería de ser un eje central de la educación básica”.

Para implementar programas así, opina que se requiere una visión plural, incluyente, ecléctica, que permita que diferentes propuestas, corrientes y sensibilidades se vean en la calle.

“Por ejemplo, si el Estado crea un espacio educativo, tendría que destinar ese 1% para una escultura, un fresco o una instalación sonora, por decir algo. Se requiere un programa inteligente de inserción en el paisaje público con fines educativos y, algunas veces, en las zonas marginadas, también social. Lo que más necesitamos en México es precisamente eso, tener un acercamiento amable a diferentes propuestas”, afirma.

Sin embargo razona que no todo es quejarse de que el Estado “no esté haciendo su parte”, puesto que existen otras prioridades de gobierno que se entienden en un país tan polarizado.

En cambio, opina que sí falta una profesionalización del gremio, con una sola voz que pueda hacerse escuchar, que permita expresar sus inquietudes, hacer visibles sus acciones y explicar las maneras en las que las galerías pueden sumarse a la sanación del tejido social en el país.

“No tenemos una asociación de galerías y a algunas tal vez no les conviene, porque tienden a comerse una gran parte del pastel”, reflexiona.

Los Babies Warhol hacen daño al mercado

Hace hincapié en repetidas ocasiones sobre la falta de una clase media en el país y que a partir de ello pululan problemas que no hacen más que incrementar la polarización social.

“Hay más de 50 millones de pobres en México. Una de las grandes metas de Andrés Manuel López Obrador es reinsertar (sacar de la pobreza) a 25 millones, de los cuales 5 millones no saben si van a poder comer mañana. Eso es brutal. Entonces, nuestros pequeños intereses de galerías no se comparan con la magnitud de estos problemas, sin mencionar el tema dramático de la descomposición social o el narco. Anhelo ese momento en el que realmente emerja una clase media en México”, arguye.

Para contrastar, hace hincapié en el que es otro problema que suma a la merma a la mencionada polarización: “la espectacularización del arte”.

Explica: “El coctel VIP, la red de cuatismos, el intercambio de favores, el tener al jugador estrella” son los malos hábitos de esas galerías “locomotoras”.

“Y es que todo es el post Warhol. Todos estos babies Warhol, como Jeff Koons, Damien Hirst, Takashi Murakami, entre otros, que están haciendo mucho daño al mercado, porque acaparan los titulares de los periódicos. En unos días (este miércoles 15 de mayo) Christie’s subastará un Rabbit, de Koons, entre 50 y 70 millones de dólares y, obviamente, eso va a estar en los titulares durante una semana. Mientras tanto, las pequeñas galerías se estarán muriendo y a nadie le va a importar porque no hay glamur.

“Es lo que decía (Jean) Baudrillard. Es la pornografía del arte rebasando la realidad. Obviamente es mucho más vendible que pongas como titular en tu sección de cultura que Jeff Koons alcanzó 70 millones de dólares cuando interesaría mucho más desnudar los mecanismos económicos que permiten que esta obra se haya vendido: quién da las garantías en subasta, qué fondo de inversión, de dónde viene el dinero”, concluye.

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