A lo largo de 23 años, el Festival Internacional de Cine de Guanajuato (GIFF) se ha hecho de buena reputación y convocatoria gracias a su cercanía con el público. Las sedes tradicionales, San Miguel de Allende y Guanajuato capital, dos imanes para el turismo, junto con este festival por costumbre gratuito para el público, han hecho un trinomio perfecto si de cautivar audiencias se trata, más de 100,000 visitantes por edición en los últimos años.

Sí, es el cine el que convoca, el conducto y el fin: los estrenos, los invitados y la pléyade de cinéfilos que se hacen presentes en las fechas del GIFF para, tarde o temprano, sucumbir al grito de batalla —¡Más cine, por favor!—, que su incansable directora, Sarah Hoch, ha hecho replicarse en boca de todos los invitados o imantados por esta fórmula de exhibición.

Y no solo eso. Alrededor de esta magia sobre la gran pantalla: los flashes en las alfombras rojas al aire libre que despiertan la curiosidad de los paseantes —en ellas han desfilado cineastas como Tim Burton, Spike Lee, Peter Greenaway, Oliver Stone o Spike Jonze—; las calendas que flanquean a los homenajeados de cada año; el ciclo Cine entre Muertos en los panteones, las proyecciones y los conciertos desenfadados en las plazas públicas. Y lo más importante: las filas que terminan por desbordar cada proyección y los curiosos que se asoman y preguntan a qué se debe el alboroto, los mismos que finalmente terminan cautivados.

Todo eso es el GIFF y todo eso es lo que este año se echa de menos: la pandemia nos ha coartado la cercanía. Pero la pena no ha sido desoladora. La contingencia sanitaria no nos ha arrebatado el cine y no lo hará mientras haya terquedad como la de Hoch y su equipo, que este año ha explorado nuevas maneras de detonar la curiosidad, aquellos más acordes con este momento de la pandemia global. Olvidémonos de la solemnidad de la apreciación del cine y juguemos a la resiliencia, es lo que este festival dice sin decir.

Con este espíritu, el pasado 18 de septiembre dio inicio el encuentro fílmico en el terreno virtual, que este año ha tenido una participación trascendental, con distintas actividades a través de los “Lives” en las redes sociales y en el Campus Virtual, una plataforma de simulación en la que cada participante tiene la posibilidad de modelar su ávatar e interactuar con otros usuarios. Fue en esta plataforma donde el miércoles pasado el cineasta estadounidense David Lynch, controlando una animación de sí mismo, fue objeto del Homenaje Internacional.

Dos días más tarde, la ciudad de Irapuato fue sede del primer Autocinema en un festival en México, una manera de ver cine quizá no tan nueva pero sí con sensaciones de novedad y al mismo tiempo de nostalgia, con proyecciones como la del largometraje premiado en la Berlinale, Los Lobos (Samuel Kishi Leopo, México, 2019). Posteriormente, este jueves, la ciudad de Silao, en su sede en el Parque Bicentenario, también montó su Autocinema, donde ocurrió el estreno mundial de la cinta No man’s land, (Tierra de nadie) un western del cineasta estadounidense Conor Allyn, filmado por completo en Guanajuato, que “va más allá de los desafíos que enfrentan los migrantes y los refugiados en las tierras de nadie en todo el mundo”, comentó el realizador durante la filmación.

Claxonazos en vez de aplausos

Vaya experiencia tan particular. El sistema Dolby Atmos de los cines se cambió por una modesta pero efectiva frecuencia modulada para llevar el audio de las cintas a cada automóvil. Los aplausos se cambiaron por claxonazos para celebrar un buen desenlace, para ovacionar a los elencos que viajaron para presentar sus cintas; claxonazos para aplaudir la necedad de Sarah Hoch, quien ha estado presente en cada nueva sede y presentación; claxonazos para celebrar que el GIFF demuestra capacidad de renovación.

Del modo rodante al Aquacinema

El GIFF es como una caravana rodante. Unos días en una locación y se mueve de ciudad para continuar con su celebración al séptimo arte. Este viernes ha llegado a su última parada en la capital del estado y cambiará los vehículos por una experiencia acuática: la Presa de la Olla, una edificación de mediados del siglo XVIII profundamente vinculada con el desarrollo de esta ciudad considerada como Patrimonio de la Humanidad, se convierte en el Aquacinema.

A bordo de lanchas, frente a un andamiaje sobre el que se ha colocado una pantalla, en el Aquacinema, el público con sus chalecos salvavidas podrán apreciar tres días más de cine, con la proyección de cintas como My name is Bagdad (Caru Alves de Souza, Brasil, 2020), el corto premiado con el Oscar Learning to Skateboard in a Warzone (if you’re a girl) (Carol Dysinger, Reino Unido, 2019) o la juguetona programación del clásico de terror El monstruo de la Laguna Negra(Jack Arnold, Estados Unidos, 1954).

El GIFF concluirá el domingo pero antes no dejará de escucharse la arenga: ¡Más cine, por favor!

ricardo.quiroga@eleconomista.mx