Por sus brazos escurre la sangre de una vaca que ha dado a luz a una becerra. El acto le provoca a Tom entrar en un estado de éxtasis. Este suceso, normal para las personas del campo, a él le cambia la vida, pues lo ha puesto en verdadera relación con el tipo de hábitat al que llegó para velar a su novio.

La imagen de la becerra en sus brazos le sugiere una idea: en el campo todo es más puro. Días antes, cuando la acción realmente inicia, Tom (Pedro de Tavira Egurrola) espera al interior de una pequeña habitación de madera, sentado a la mesa y finamente vestido, lleva el cabello relamido y su piel luce fresca, su porte es atento y adusto, sus ojos grandes miran de un lado a otro. Ensaya frases para saber qué dirá en cuanto alguien cruce esa puerta y descubra que ha profanado la entrada. Finalmente, Agathe (Mercedes Olea) entra en la casa pero, al contrario de lo que supondríamos, ella no se sorprende aunque no conozca al hombre sentado en el comedor de su casa.

Quizás algo que miró en el rostro del joven la mantiene tranquila, quizás sea el dolor compartido o una luz cercana a la inocencia. Agathe es una mujer de campo, lo mismo que su hijo, Francis (Leonardo Ortizgris), es un hombre de tierra, ese espacio en donde la sangre y el tiempo son más pesados. Tom y Agathe cruzan algunas palabras, se reconocen, ella intuye que Tom fue amigo de su hijo muerto, entonces, minutos después, cuando Tom intenta salir ,ella le pide que se quede unos días en la granja. Francis lo amenaza con la mirada, parece decirle: Obedece .

A partir de las secuencias narradas, el dramaturgo quebequense Michel Marc Bouchard, espléndidamente traducido en escena por el director Boris Schoemann, nos introduce en la historia de Tom, en la granja, una obra teatral en la cual, a partir de la distancia y el extrañamiento, alumbra una reflexión sobre diversos asuntos como: el peso, la autenticidad y la nobleza, repartidos en una balanza que opone modernidad versus naturaleza.

La reflexión de Bouchard sugiere que hasta en los lugares más apartados de la civilización, ésta siempre sigue los pasos del hombre como una sombra. Y la forma en la cual la civilización y la cultura de Occidente responden a la violencia esencial de la naturaleza es con la mentira, el engaño, la seducción. Tom, a pesar de sus buenas intenciones, es un emisario de la mentira, y poco a poco tropieza hasta caer por una espiral de engaños, ya que tanto él como Francis piensan que la verdad es cruel y para Agathe insoportable.

DE SCHOEMANN PARA BOUCHARD

Schoemann conoce muy bien el trabajo del dramaturgo Michel Marc Bouchard, lo cual propicia una interpretación escénica que dialoga constantemente con el espectador, orillándolo a bordar los aspectos de fondo, pues el texto en voz de los actores lo pone a prueba, lo seduce, lo cuestiona.

Por encima, parecería ser simplemente una pieza que trata el tema de género y las dificultades de la vida gay. Sin embargo, la propuesta espacial proyecta varios cortes que también pueden leerse como capas y esto también refulge en la escenografía que propone una geometría oblicua –el escenógrafo y arquitecto Jorge Ballina monta una recámara que nos recuerda a la Cabaña del Tío Chueco-, y desde esa oblicuidad nos engaña, ya que esta obra es una pieza que horada en los motivos humanos más radicales, en sus puntos álgidos nos lanza algunas preguntas como: ¿existe algo realmente puro en la vida? ¿Cuáles son las raíces de la violencia? ¿Podemos huir del miedo? Entonces, la oblicuidad, la línea en declive, no es solamente una propuesta estética, sino también una apuesta ética, pues defiende la mirada de soslayo, de reojo, como un acto de ironía, de interrupción de la normalidad.

Sara (Pamela Almanza) materializa esa interrupción, ese desajuste sin el cual la historia no puede avanzar o caer. Así, en esta historia, resulta que aquellos que son capaces de incorporar de un modo honesto la desviación y la diferencia (Tom y Agathe) son quienes con más dignidad pueden encarar la vida, aquellos que logran ver más allá de los bajos límites de la moral y que con inteligencia en el momento exacto usan de modo ético la violencia de la naturaleza, ésa que siempre está invisible pero a nuestro alcance.

En esta temporada, veremos un renovado elenco, pues Verónica Langer es sustituida por Mercedes Olea en el papel de Agathe, y Pamela Almanza sustituye a Alaciel Molas como Sara.

En la pasada temporada de este montaje, Almanza cumplió con un muy buen papel la breve pero sutil exigencia de interrumpir la normalidad de un modo pausado que se convertía en trepidante e inesperado; Verónica Langer logró darle vida a una madre entrañable y desubicada, tierna pero también deslumbrante en su transición. Leonardo Ortizgris da altura a un Francis que, a pesar de la diferencia de tallas, luce más contundente y feroz que Tom. Y De Tavira sorprende interpretando con seriedad y espectaculares matices al noble y abrumado Tom.

Tom, en la granja

  • Teatro Santa Catarina
  • Del 26 de enero al 10 de febrero
  • Funciones: J y V 7:30 pm
  • S 7 pm y D 6 pm
  • Entrada: $150 / Descuentos habituales