Todos gritan “¡Óscar!” ahora que Guillermo del Toro se llevó su Golden Globe como director de La forma del agua. Calma. Es posible que la cinta entre en la lista, ahora larga, de películas nominadas al máximo galardón de Hollywood. Pero lo cierto es que tampoco es una obra maestra.

Con el tiempo, Guillermo del Toro ha pasado de ser un mero creador de personajes excéntricos a un buen narrador, si bien sus historias no son de gran complejidad psicológica y a veces rayan en el cliché de tan simplistas que son.

Afortunadamente, La forma del agua es la mejor película a la fecha de Del Toro: bien narrada, bien filmada, entrañable y memorable. Las actuaciones son fantásticas. El director tapatío ha alcanzado la madurez de una gran forma.

Son los años 50. Sally Hawkins (¡qué actriz!) interpreta a Elisa Esposito, una mujer sordomuda que trabaja haciendo limpieza en unas instalaciones supersecretas del gobierno de Estados Unidos. Su amiga es Zelda (Octavia Spencer haciendo el clásico personaje cómico y entrañable que sólo ella sabe hacer) y ambas viven una vida cotidiana sin ningún sobre salto, excepto el estado injusto de las relaciones raciales y con todo aquel que sea diferente a lo establecido.

En ese sentido, Elisa y Zelda son las dos freaks en un mundo de pan blanco.

Sus vidas cambian cuando llega un producto top secret a su lugar de trabajo. Michael Shannon interpreta a Strickland, un malo malote (les digo que a Del Toro a veces le da por el cliché), que encontró en un lugar de Sudamérica a una criatura que quizá sí y quizá no pueda ser la respuesta a la guerra nuclear. Eso nunca queda claro.

Ésta es una historia de amor. Elisa, mientras limpia, se acerca al estanque de la criatura y se reconoce en ella: ambos solos, atrapados, diferentes. El monstruo también la reconoce y nace el amor más improbable de la historia del cine.

No cuento más. No hay en realidad mucho más que contar y eso que no solté spoilers. La forma del agua es un homenaje a todo aquel que se ha sentido descolocado, diferente. Hay otro personaje importante: Richard Jenkins interpreta a Giles, un artista frustrado que se gana la vida haciendo rótulos de publicidad. Justo cuando Giles cree haber encontrado el amor en un despachador de una cafetería, es maltratado de la manera más cruel e injusta. Giles y Elisa conforman una familia poco común. Es el encuentro de los freaks. Brindemos por ellos.

[email protected]