En febrero pasado, Andy Warhol cumplió 25 años de haberse ido a la Nada. Esa Nada que él tanto celebró en vida, esa Nada de la que él sacaba todo.

Andy Warhol murió joven. Relativamente, acota el poeta. Tenía solo 58 años cuando murió como consecuencia de una operación sencilla mal atendida. Era 1987. Su época dorada había quedado atrás, aquellos años de la Factoría, sus superestrellas, sus travestis, sus rockstars, sus socialités heroinómanas y sus hobos convertidos en astros del cine experimental.

Por la Factoría pasaron mitos como Lou Reed, Robert Mapplethorpe, Nico, Tennessee Williams y Edie Sedgwick. Muchas novelas y muchas películas y muchos discos y muchas obras de teatro faltan por crearse sobre aquellos años épicos a finales de los 60 y principios de los 70. El escenario es el mismo: el oeste de Nueva York, el restaurante Max’s Kansas City, el hotel Chelsea y la Séptima Avenida con sus vendedores de drogas y prostitutos.

A pesar de ello, de haber muerto relativamente joven, Warhol dejó como herencia una vasta obra plástica, sin duda, pero su verdadero legado es una visión nueva de la relación entre el arte, la celebridad y los medios de comunicación masivos. Sus latas de sopa son algo más que simples repeticiones patológicas del mecanicismo de lo masivo, son recordatorio de que el arte tiene algo con qué responderle a lo cotidiano.

En una entrevista televisiva, a Warhol le preguntan qué hay detrás de su obra. Nada , responde viendo con fijeza tétrica a la lente. Esa nada, ese aparente vacío era una forma de resistencia a una época pletórica de consignas. En los 60 era un verdadero acto rebelde no querer decir nada y abrazar como bandera propia la cultura del consumo, declarar justicia social que en Estados Unidos no importa qué tan rico o qué tan pobre seas, seguramente, estás viendo TV y tomando Coca-Cola .

Pero antes de llegar a esa nada creadora y rebelde, en la década de los 50, Warhol comenzó su senda hacia el pop art con humildes ilustraciones para los artículos de la revista Harper’s Bazaar. Son obras hechas a tinta y lápiz dignas de un artista comercial dotado. Gran parte de esas obras, pequeñas grandes obras, languidecían en los archivos apolillados de la revista.

Muchas más de esas piezas se han perdido. Una verdadera lástima porque dicen los enterados que en ellas, aunque sea como acto de psicoanálisis de café, puede adivinarse el gran artista que se aproximaba. La primera vez que las obras de Warhol de su época en Haper’s Bazaar se expusieron como arte fue en la galería Alexey Brodovitch de la Torre Hearst en Nueva York. La exposición, titulada The Bazaar Years, 1951-1964, fue recibida con extrañeza y aclamación por la escena artística internacional.

Para algunos, las obras resultan trozos de un camino insoslayable de la carrera de Warhol. Para otros, son caprichos solo útiles para completistas que nada extraordinario tienen que aportar a la historia de Warhol (que sabía dibujar, ya lo sabemos todos).

En Nueva york, la exposición estaba abierta sólo bajo cita y, por lo tanto, no tuvo un gran impacto sobre el gran público de la ciudad (cosa extraordinaria: el gran público ama a Warhol). En México tendremos la suerte de verla libremente. Andy Warhol, los años Bazaar llega a la ciudad de México al Museo de Arte de la Secretaría de Hacienda desde la semana pasada. No he visto la muestra pero sólo salivo de encontrar una cara desconocida de lo warholiano. El Museo de Arte de la Secretaría de Hacienda está en la calle de Moneda 4, en el Centro Histórico.