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¿Por qué la victoria de Lula es diferente?

OpiniónEl Economista

Si se lee como otro fin de la “ola de izquierda” las derrotas en Perú (2022), Argentina (2023), Bolivia y Chile (2025) o recientemente en Colombia y de nuevo Perú (2026), la reelección de Luiz Inácio Lula da Silva parece una anomalía en la configuración sudamericana. Pero más que un viraje ideológico, en la región predomina el voto contra quien gobierna, como el que se mostró con el regreso de la “izquierda” en Uruguay en 2024.

Lo excepcional es que Lula sobrevivió desde el gobierno. La diferencia de fondo es la supervivencia del modelo económico brasileño. No es que Brasil sea inmune al desgaste de los países vecinos, más bien contó con amortiguadores financieros e institucionales que le permitieron ganar tiempo.

El primero fue institucional, ya que la Constitución prohíbe que el banco central financie al gobierno. A diferencia del kirchnerismo en Argentina o del gobierno de Arce en Bolivia, Brasil no monetizó su déficit ni utilizó las reservas internacionales para mantener tipos de cambio artificiales. Con 96% de su deuda federal en moneda local, es país esquivó tanto el fantasma del default como las crisis de balanza de pagos que suelen provocar el voto de castigo.

El segundo factor fue el pragmatismo productivo, sobre todo en energía. Mientras Petro congeló los nuevos contratos de exploración en una Colombia que depende de los hidrocarburos, o que en Bolivia la producción de gas se redujo a menos de la mitad por falta de exploración de Evo a Arce, Lula, en cambio, separó el discurso ambientalista de las necesidades fiscales. Brasil produjo un récord de barriles diarios en 2025, el crudo potenció sus exportaciones y el gobierno facilitó los trabajos de Petrobras en el Amazonas. A ello se sumaron las agroexportaciones récord de 2025, lo que le dio oxígeno a la economía real.

Paradójicamente, a Lula también lo salvaron sus contrapesos. Atado a un Congreso que no controla su partido, negoció la reforma tributaria que creo un impuesto al valor agregado dual con respaldo de la industria brasileña. El Banco Central de Brasil, presidido por Gabriel Galípolo a quien el propio Lula designó, operó como un muro de contención. Mientras el Ejecutivo expandía el gasto y el desempleo caía a su mínimo histórico, la autoridad monetaria elevó su tasa de referencia a 15% en junio de 2025, la más alta desde 2006. Ese equilibrio forzado no impidió que la inflación rebasara el techo de tolerancia del objetivo, como volvió a ocurrir en septiembre, pero la contuvo y protegió el poder adquisitivo.

Aunque no todo es miel sobre hojuelas. El lunes postelectoral el Ibovespa, principal índice de la bolsa de São Paulo, cayó casi 14%, el peor desplome desde 2020 y el real tuvo su peor día frente al dólar desde 1999. Esa reacción advierte un margen de maniobra muy estrecho para Lula. La deuda bruta ronda el 83% y el pago de los intereses cuesta casi 9%, ambos como porcentaje del PIB, y más de la mitad de la deuda federal está atada a la tasa de referencia. La incógnita es si en su cuarto mandato Lula podrá evitar subir la tasa de interés para que deje de contener la inflación, sin un ajuste del gasto que los mercados exigen.

Como en 2022, la victoria fue estrecha. Esta vez, además, llegó tras quedar segundo en la primera vuelta. A Lula le toca un Congreso con una oposición más fuerte, pues el Partido Liberal de Bolsonaro será la primera fuerza en ambas Cámaras, lo que lo atará para negociar el presupuesto y el gasto.

La votación reveló que el electorado respaldó a Lula más que al Partido de los Trabajadores. Con un líder político de 81 años de edad que no podrá reelegirse y un partido desgastado, este estrecho triunfo abre un capítulo más incierto para la “izquierda” brasileña. Si Lula logra estabilizar la deuda, legará a quien lo suceda un activo electoral. Si no, el voto de castigo que evitó alcanzará a su partido en 2030.

*Profesor de la División de Estudios Profesionales de la Facultad de Economía de la UNAM.

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