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El rechazo a políticas climáticas
Gabriel Quadri de la Torre | Verde en serio
El apoyo político y social por las políticas climáticas parece evaporarse; a pesar de la evidencia científica que se acumula sobre las emisiones y concentraciones de CO2 en la atmósfera, y sus graves consecuencias. La indiferencia –e incluso rechazo– hacia las políticas climáticas puede atribuirse a numerosos factores. Uno es el ascenso de la derecha en el escenario político global, caracterizadas por un escepticismo doctrinario al tema. Consideran que el Cambio Climático es sólo un pretexto para coartar libertades económicas, ensanchar la intervención del Estado, e imponer estilos de vida contrarios a las preferencias de la mayoría. Muchos trabajadores de empresas industriales se han sentido excluidos y abandonados, y amenazados sus empleos por la globalización y el vertiginoso cambio tecnológico, al que relacionan, con razón o sin ella, con las políticas climáticas. Los trabajadores han cambiado su filiación política abandonando a la izquierda, nutriendo ahora a los partidos de derecha, lo cual es fácilmente observable en Europa y Estados Unidos.
La agenda internacional se ha trasladado a otros temas más apremiantes y tangibles, y de mayor riesgo, como aquellos derivados de la guerra imperialista rusa en contra de Ucrania. Europa está más concentrada en reaccionar a las provocaciones de Trump, y en reconstruir capacidades militares propias en el contexto de una OTAN en crisis existencial. El liderazgo climático de Europa se ve, en este escenario, como una responsabilidad accesoria y de relativamente baja prioridad. El multilateralismo, andamiaje esencial de la lucha contra el cambio climático, ha sufrido embestidas demoledoras de parte del gobierno norteamericano. Cada día se percibe más cómo el derecho internacional va perdiendo relevancia y observancia, y es reemplazado por acciones unilaterales (justificadas o no). El multilateralismo es (era) el fundamento estructural de los acuerdos y de la acción climática internacional. Sin asidero, estos últimos se desploman en el vacío. Quedó muy claro en la anticlimática COP 30 celebrada a fines del año pasado en Belén, Brasil, que pocos países cumplen sus compromisos ante el Acuerdo de París, así como la ausencia de consensos y voluntad política en los gobiernos. Campean la decepción y resignación. El compromiso de grandes empresas por reducir o compensar sus emisiones se minimizan como impostura (“greenwashing”). Se observa la inutilidad de los esfuerzos realizados desde la sociedad civil, y una reducción en el interés y financiamiento de fundaciones internacionales y gobiernos de países desarrollados a ONG e iniciativas climáticas. Se emula el hostigamiento del gobierno de Trump a instituciones nacionales e internacionales relacionadas con el cambio climático. A pocos conmueve ya que los últimos tres años hayan sido los más calientes en la historia, y que se haya superado el umbral mítico de los 1.5°C de aumento en la temperatura promedio del planeta. La gente se encoge de hombros, indiferente, pensando que, de todas maneras, las energías renovables y los vehículos eléctricos ya ganaron la batalla económica, tecnológica y geopolítica, que renace la energía nuclear, y que ya no queda mucho más por hacer. Además, nadie está dispuesto a pagar un Carbon Tax, y se vuelve contraproducente la criminalización elitista de empresas petroleras, de ganaderos, y del consumo de carne de res. También, es la revuelta contra las élites.
El apremio y urgencia que plantean nuevos riesgos geopolíticos, militares y comerciales hacen que las consecuencias del calentamiento global se vean menores, lejanas e inciertas, y que las tasas de descuento (preferencias inter-temporales) de políticos y opinión pública se disparen. O sea, el futuro a largo plazo se descuenta drásticamente, y deja de ser importante. Salen del radar de gobiernos y sociedad los efectos potencialmente trágicos del cambio climático. Por otra parte, algunos fenómenos climáticos extremos no han aumentado, como científicos y ambientalistas lo pronosticaban. Tal es el caso de los huracanes, sobre todo en el Caribe, a pesar de temperaturas del mar muy elevadas. El efecto de cizalladura (fuertes vientos cruzados) en las altas capas de la atmósfera – irónicamente, relacionados con el calentamiento global – inhibe o descabeza incipientes depresiones tropicales, impidiendo que ganen organización, estructura vertical, velocidad y potencia destructiva como huracanes. Se han puesto en duda también, maliciosamente, las proyecciones sobre aumento en el nivel del mar, y se han publicitado estadísticas sobre muertes relacionadas con el clima, que muestran un marcado descenso en el último siglo (https://humanprogress.org/the-collapse-of-climate-related-deaths-2/). Todo ello contribuye a enfriar la militancia climática y a engrosar las filas del escepticismo o negacionismo. Por último, no sólo se ha agotado su impacto mediático, sino que han generado condena y animadversión muchas acciones de vandalismo contra museos y obras de arte por parte de activistas climáticos, así como su amarillismo e hipocresía (Greta Thunberg). También, repele a muchos la asimilación de la lucha contra el calentamiento global en la agenda de la izquierda “Progre”, anticapitalista y “Woke”, lo que ha producido una reacción contraria entre personas, gobiernos y organizaciones moderadas insertadas en el centro y en la derecha del espectro político. Las políticas climáticas pierden legitimidad. Están en serios aprietos.