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¿Para qué queremos un 'Silicon Valley' acá?
Jonathan Ruiz Torre | Parteaguas
Anoche, un par de amigos y yo terminamos de conversar en un panel sobre emprendimiento para un grupo de universitarios.
Al final, un alumno preguntó sobre las posibilidades reales de crear un nuevo “Silicon Valley” mexicano.
Y al final, llegamos a una conclusión: no queremos un Silicon Valley acá. Mejor no, gracias. No nos gustó el resultado. Además, veamos lo que se necesita.
Este año será recordado no solo por la magnitud de la apuesta tecnológica, sino por la incertidumbre que la rodea.
Empresas como Amazon, Alphabet (Google), Meta y Microsoft están dispuestas a invertir entre 650 mil y 670 mil millones de dólares en capital de trabajo —principalmente centros de datos e inteligencia artificial— solamente este año. Repito: solo en 2026.
Esa cifra combinada representa un poco más del dos por ciento del PIB de Estados Unidos.
Vaya, acá, bajo el Río Bravo, un polémico tren que aún debe mostrar su utilidad peninsular nos costó unos 20 mil millones de dólares repartidos en un sexenio. Ahora pueden dimensionar.
La inversión en centros de datos es un parteaguas que acaso puede compararse con una transformación económica que Estados Unidos vivió hace un siglo por la expansión ferroviaria.
En su apogeo, entre finales del siglo XIX y principios del XX, la construcción de vías alcanzó hasta seis por ciento del PIB.
En 1926, cuando el país ya era una potencia industrial, el PIB nominal de ese país fue de unos 100 mil millones de dólares, y las inversiones (CAPEX) en ferrocarriles rondaban entre mil y mil 200 millones anuales.
Invertir en infraestructura disruptiva no es novedoso, pero la escala y el contexto sí lo son.
Piensen en una historia paralela. Los ferrocarriles presentaron a Los Ángeles con la gente de Wall Street. Luego nacieron talleres, la industria eléctrica… ¿Hollywood?
Ya en este 2026, la nueva infraestructura digital promete transformar industrias enteras. Nace una economía cuyo resultado futuro nadie puede describir. Nadie.
Actualmente hay un riesgo enorme: ¿qué pasa si esas empresas no consiguen rápidamente ingresos que paguen esas inversiones? ¿Qué tal si los chinos lo hacen de manera más eficiente, bajando costos de inteligencia artificial y reduciendo tarifas, tumbando las expectativas de ventas de las empresas estadounidenses de Silicon Valley?
La mezcla de tecnología abundante con capital escaso, producto de una eventual crisis, crearía nuevos productos, tal y como la crisis de 2009, con sede en Manhattan, detonó la industria fintech que, en versión latinoamericana, derivó en productos como Nubank o Clip.
Pero volvamos al asunto inicial: ¿para qué queremos un Silicon Valley?
Sí necesitamos centros de datos, mejor si son propios, para guardar nuestras cosas en nuestros propios cajones. Pero no necesitamos crear otro Meta, con todo y Facebook o Instagram. Necesitamos servicios que ayuden a curar la depresión que sus productos generan.
Podemos usar, eso sí, los sistemas de nueva inteligencia para reducir el tiempo encontrando soluciones a la epidemia de diabetes que viene en presentación de botella de 600 mililitros.
Requerimos una sociedad que apele a valores distintos al mero consumismo. No porque comprar sea malo, viva el libre mercado, sino porque el consumo debería basarse en necesidades y soluciones, no en aspiraciones inexplicables.
No queremos un Silicon Valley porque, en el mismo Silicon Valley, hay ciudades en las que la sociedad cada vez tiene mayores retos de convivencia.
Requerimos nuestros propios sistemas, como dicen mis amigos Fabi Bórquez y Jorge Vales: enamorarnos de nuestros problemas, no de nuestros productos o del dinero.
De esa manera estaremos incentivados a resolverlos en una economía dinámica, y que pueda ser próspera incluso socialmente.
Gracias a la Anáhuac Mayab. Fue una buena charla con la gente que tiene energía y años para mejorar nuestras ciudades.