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Pasamos del confesionario al algoritmo como confesor
Opinión
¿Qué relación puede existir entre la confesión cristiana, la ética del trabajo duro, pilar del protestantismo, la sociedad de consumo y los algoritmos capaces de anticipar nuestros deseos? A primera vista parecen fenómenos inconexos. Sin embargo, todos forman parte de una misma historia: la de los valores mediante los cuales Occidente ha organizado la convivencia, legitimado el poder y orientado los deseos humanos. Desde que la verdad comenzó a buscarse en el mundo interior del individuo, el deseo se convirtió en objeto de vigilancia, disciplina, producción y explotación económica, hasta transformarse en uno de los recursos fundamentales del capitalismo contemporáneo.
Toda sociedad necesita algún tipo de orden normativo. Sin límites compartidos, ninguna comunidad es viable en el tiempo. Desde Hobbes sabemos que la ausencia de reglas es la guerra de todos contra todos en lugar de libertad plena. La vida colectiva exige instituciones, normas y criterios capaces de orientar la conducta individual. Los valores están alineados con la supervivencia, el equilibrio y el bienestar (homeostasis, diría Antonio Damasio) y cumplen la función de determinar qué comportamientos merecen reconocimiento, cuáles deben ser sancionados y qué conductas deben prohibirse. Además de instrumentos de cohesión social, los valores son mecanismos de poder porque inspiran, provocan aquello que los individuos aprenden a desear. Definir los valores determina las normas de conducta, las expectativas, las ambiciones y los anhelos. El poder alcanza su máxima eficacia cuando consigue que las personas adopten como propios los objetivos que garantizan la estabilidad e ineluctabilidad del orden social. Así, lo normal, lejos de ser inherente a la persona, es aprendido.
Desde esta perspectiva, el capitalismo es la historia de los mercados, de la tecnología, de la acumulación de riqueza y también la historia de la transformación de los deseos humanos. Ningún sistema económico se sostiene únicamente mediante incentivos materiales. Necesita que los individuos consideren legítimos ciertos comportamientos y objetivos, y sean admirables y deseables determinados estilos de vida. Para impulsar la producción y la acumulación, el capitalismo heredó una forma específica de gobernar la subjetividad. El cristianismo fue el pilar de esa gran transformación. Mientras el mundo antiguo concentraba su atención moral en la conducta visible, el cristianismo desplazó la atención hacia el interior del individuo. El problema fundamental dejó de ser exclusivamente lo que una persona hacía para convertirse también en lo que pensaba, imaginaba y deseaba. El pecado ya no residía únicamente en los actos. También podía habitar en las intenciones, las tentaciones y los impulsos.
La confesión institucionalizó esta nueva relación con la verdad. El creyente debía examinar su conciencia, escrutar sus pensamientos y verbalizar sus deseos más íntimos. El individuo aprendió a observarse de manera sistemática. La verdad comenzó a buscarse en la vida interior de la persona. Como mostró Foucault, la introspección produjo una innovación histórica decisiva: una forma de poder que ya no dependía exclusivamente de la vigilancia y el castigo externo porque instaló en el propio sujeto la función de vigilar e infligirse castigo si violentaba las normas inculcadas. Las consecuencias de esta transformación fueron profundas. El cristianismo forjó una nueva subjetividad: el individuo fue disciplinado y acostumbrado a explorar su mundo interior, a interpretar sus motivaciones y buscar en sí mismo las causas de sus acciones. Occidente aprendió a pensarse como una civilización de la introspección antes de la aparición de la psicología. El deseo se convirtió, a la par, en el objeto de conocimiento y de control.
En ese contexto adquiere una importancia decisiva la controversia entre Pelagio y San Agustín. Su disputa teológica implicaba dos visiones sobre la naturaleza humana. Pelagio sostenía que Dios había dotado al hombre de libertad para orientar su conducta hacia el bien. La salvación se alcanzaba mediante las obras y el ejercicio responsable de la voluntad. Agustín, por el contrario, consideraba que el pecado original mutiló la capacidad humana para alcanzar la perfección moral. Ninguna obra bastaba por sí misma. La gracia divina resultaba indispensable. La victoria histórica de la tradición agustiniana introdujo un elemento que marcaría profundamente el desarrollo posterior de Occidente: la incertidumbre. Si la inclinación natural del ser humano podía conducir al error, la vigilancia de uno mismo se convertía en necesidad permanente. El individuo debía examinar continuamente sus deseos, sospechar de sus impulsos y someter su conducta a una disciplina constante.
La polémica entre Pelagio y Agustín adquiere otra dimensión con la Reforma. Las ideas permean las conciencias y quedan latentes durante siglos, y cuando germinan cobran un nuevo sentido. La idea pelagiana del libre albedrío, según la cual la salvación podría alcanzarse mediante las obras y las elecciones personales, quedó en el inconsciente de los reformadores, pero persistió el dogma agustiniano de que la salvación dependía de la gracia divina. Para los reformadores Calvino y Lutero, la salvación era un don inmerecido, como enseñó Agustín, y que ningún esfuerzo humano podía obtener. Sin embargo, esta convicción generó una nueva incertidumbre: si nadie podía ganar su salvación mediante sus actos, tampoco podía tener la certeza de haber sido elegido por Dios. En consecuencia, las obras adquirieron una función distinta. Dejaron de entenderse como el medio para alcanzar la salvación y pasaron a interpretarse como posibles indicios de ella.
Una vida ordenada, disciplinada, laboriosa y moralmente recta no garantizaba la elección divina, pero podía ser leída como una señal de la acción de la gracia en el individuo. Cuanto más inaccesible resultaba el destino último del alma, mayor se volvía la necesidad de examinar la propia conducta. La sospecha sobre uno mismo que Agustín había introducido como consecuencia de la fragilidad moral del ser humano, se transformó así en una práctica permanente de autovigilancia. La Reforma convirtió esa vigilancia interior en un principio organizador de la vida cotidiana. El creyente observaba sus pensamientos, deseos, hábitos y acciones en busca de signos que revelaran una verdad oculta sobre sí mismo. Más tarde, cuando la referencia explícita a la salvación comenzó a perder centralidad, la estructura de esta relación consigo mismo sobrevivió bajo formas seculares. El protestantismo transformó el trabajo cotidiano en un deber religioso y moral para glorificar a Dios, rechazando la idea católica de que la vida monacal era superior a la vida en el mundo. El capitalismo moderno heredó y transformó esa disciplina interior: la vigilancia del alma dejó paso a la vigilancia del rendimiento, del tiempo y de la productividad. La pregunta religiosa por la propia salvación se desplazó gradualmente hacia preguntas cada vez más mundanas sobre la utilidad, la eficiencia y el éxito. Cambió el objeto de la observación, pero permaneció el mecanismo fundamental: un sujeto que se examina continuamente se juzga a sí mismo y orienta su conducta conforme a criterios de perfeccionamiento permanente.
Al final, se imponen las ideas de Pelagio, pero adquirieron un sentido nuevo: el hombre se asume como semejante a Dios. La Biblia dice que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. El hombre se asume como capaz de hacer y deshacer para transformar su mundo. Nacen el antropomorfismo y el progreso, que son los espíritus que dan vitalidad al capitalismo. Aquí aparece uno de los momentos decisivos de la historia occidental. El deseo deja de orientarse hacia la satisfacción inmediata y comienza a organizarse alrededor de la productividad. La disciplina interior desarrollada por la religión se convierte en disciplina económica: el trabajo libre se organiza sistemáticamente mediante la contabilidad precisa y el cálculo racional de costos y beneficios. Se trata de un ethos basado en la puntualidad, la honradez, la laboriosidad y ver la ganancia de dinero no como un fin para gastar, sino como un fin vinculado al deber personal. A este fenómeno, una vez independizado de su sentido religioso, Weber lo llamó la “jaula de hierro”: un sistema económico que atenaza al hombre a la maquinaria del progreso. Las ideas religiosas sembraron la semilla.
El capitalismo nace apoyándose en una nueva forma de subjetividad: individuos capaces de controlar impulsos, posponer gratificaciones y dedicar enormes cantidades de energía a la producción. La tesis de Weber permite comprender que el capitalismo no surgió únicamente gracias a innovaciones técnicas o transformaciones institucionales. Su aparición requería previamente una cultura capaz de formar sujetos disciplinados. Antes de convertirse en un sistema económico, el capitalismo fue una revolución moral. El extraordinario éxito de ese modelo generó una transformación inesperada. Una vez que la disciplina había permitido desarrollar enormes capacidades productivas, el principal problema dejó de ser cómo producir más y pasó a ser cómo consumir más. El sistema necesitaba algo distinto de aquello que había impulsado su nacimiento. Necesitaba consumidores. A partir de ese momento se produjo un cambio histórico fundamental. El deseo dejó de ser visto como una fuerza que debía contenerse y se transforma en una fuerza que debía estimularse. El capitalismo descubrió que la expansión económica dependía del crecimiento permanente de las aspiraciones humanas.
Las sociedades tradicionales obtenían gran parte de su legitimidad de valores trascendentes. El capitalismo avanzado comenzó a fundamentar su legitimidad en la promesa de bienestar y satisfacción. La cohesión social empezó a depender del acceso generalizado al consumo; la vida de sacrificio y privación del protestantismo quedó atrás. Durante siglos la economía había dependido del trabajo arduo. Ahora también dependía de la capacidad de multiplicar aspiraciones. El crecimiento requería consumidores permanentemente insatisfechos, siempre dispuestos a perseguir nuevas metas, nuevos objetos y nuevas experiencias. El capitalismo contemporáneo gobierna mediante el conocimiento detallado de las preferencias individuales. La lógica de la confesión cristiana reaparece bajo nuevas formas. El individuo continúa revelando quién es, aunque ahora lo hace mediante compras, clics, desplazamientos, búsquedas y patrones de comportamiento. La revolución digital amplificó este proceso hasta niveles inéditos. Los deseos se convirtieron en datos. Los datos se transformaron en información comercial. La información se constituye en una de las principales fuentes de valor económico. El objeto del capitalismo es el conocimiento cada vez más preciso de lo que desean las personas.
Lo que antes era confesado ante un sacerdote ahora es registrado por plataformas digitales. Lo que antes exigía largos ejercicios de introspección hoy se obtiene mediante algoritmos capaces de identificar hábitos y anticipar decisiones. El sujeto contemporáneo cree haberse liberado de las antiguas formas de disciplina. Pero la exigencia de rendimiento ha penetrado en el núcleo de nuestra identidad. Y se hizo innecesaria una vigilancia externa constante porque cada individuo se convierte en administrador de sí mismo (Byung-Chul Han). El individuo monitoriza su productividad, su salud, su imagen y sus emociones para optimizarse. El sujeto se convierte en objeto de observación y autoexplotación perene. Es la sociedad del cansancio y la esclavitud.
La historia del capitalismo es mucho más que la simple evolución de un sistema económico. Constituye la culminación provisional de una larga historia de gobierno de los deseos. El cristianismo transformó el deseo en objeto de examen moral. La ética protestante lo convirtió en disciplina productiva. La sociedad de consumo hizo del deseo el motor de la expansión económica. El capitalismo digital transformó ese deseo en información para almacenar, procesar, comercializar y dominar.