Lectura 4:00 min
Menos improvisación, más aprendizaje
Fernanda García | Columna Invitada
Tras el caos que vivió el país en estos últimos días, derivado de la falta de estrategia y coordinación de las autoridades educativas, finalmente el calendario escolar se mantendrá sin cambios. Las razones oficiales detrás fueron las afectaciones a la movilidad que traerá el Mundial y las altas temperaturas. Ambas calificadas como preocupaciones legítimas por el Secretario de Educación. Sin entrar en esa discusión, lo preocupante es que ninguna de estas circunstancias era imprevisible. También hay quienes argumentan que la realidad de fondo es evitar movilizaciones sindicales durante la visita de millones de turistas este verano. ¿Será?
México sabe desde 2018 que será sede mundialista en tres ciudades, lo que resulta en ocho años para planear. Las olas de calor tampoco son un fenómeno reciente. El norte y centro del país han sido las regiones más afectadas y, desde inicios de los 2000, se observa una tendencia sostenida en el aumento de la temperatura.
La marcha atrás de esta decisión evidenció la improvisación en la política educativa y generó incertidumbre y preocupación en un sistema que ya enfrenta rezagos de aprendizaje, infraestructura deficiente y bajos resultados académicos. A esto se suma una discusión de fondo que rara vez ocupa el centro del debate, cómo preparar mejor a niñas, niños y jóvenes para un mercado laboral cada vez más competitivo y cambiante. Contar con una educación de calidad desde primaria es construir oportunidades futuras y fomentar la productividad del país.
Las declaraciones del secretario Mario Delgado este lunes resultan preocupantes en toda su extensión. Señaló que, tras la entrega de calificaciones, existe un mes dedicado a labores administrativas y sostuvo que mantener abiertas las aulas sin un fin pedagógico puede convertirse en una “estancia forzada” que desvirtúa la dignidad docente. Y tiene razón en que el tiempo en las escuelas debe tener sentido. Pero justamente por ello la discusión no debería centrarse en contar días, sino en garantizar un aprendizaje de calidad y mejores condiciones para enseñar y aprender.
El comparativo que hizo entre México, Francia y Bélgica sobre los días efectivos de clase (185 frente a 170 días) debió haber sido sobre el desempeño académico. México obtuvo un puntaje promedio de 407 en la última prueba PISA, 71 puntos por debajo de Francia y 79 de Bélgica. Además, 66% de los estudiantes mexicanos de 15 años no puede resolver problemas matemáticos básicos, como hacer conversiones de divisas o calcular la distancia total entre rutas alternativas, frente a 31% en los países de la OCDE. Estas habilidades son la base para integrarse a un mercado laboral que exige pensamiento crítico, resolución de problemas y adaptación tecnológica.
En un escenario ideal, el país habría llegado preparado para este momento con ajustes logísticos, de movilidad y de operación escolar en las ciudades sede. Además, habría avanzado gradualmente en mejorar la infraestructura educativa con sistemas de ventilación y acceso al agua en las escuelas, así como protocolos para proteger a estudiantes y docentes ante temperaturas extremas. Pero no. En un inicio, las autoridades escogieron lo que parecía la salida fácil: un recorte al calendario escolar.
La educación no puede seguir tratándose como un problema administrativo de corto plazo. Cada decisión precipitada tiene consecuencias sobre el aprendizaje, la formación de capital humano y, en última instancia, sobre la capacidad del país para crecer, competir y generar oportunidades. No basta con permanecer más tiempo en las aulas si ese tiempo no se traduce en conocimientos, habilidades y capacidades útiles para la vida y el trabajo.