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Opinión

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Deja de estudiar. empieza a decidir

Maribel Núñez Mora F. | Columna Invitada

Hay una paradoja en la manera en que muchos profesionales enfrentan una transición. Cuanto mayor es su preparación, más difícil puede resultarles reconocer cuándo ya tienen suficiente para tomar una decisión. No porque hayan dejado de aprender, sino porque han aprendido a responder a la incertidumbre acumulando conocimiento. Frente a una situación que no dominan, buscan un curso. Frente a una actividad nueva, una especialización. Frente a la necesidad de demostrar competencia, una certificación. El problema aparece cuando esa respuesta empieza a ocupar el lugar de otra cosa que resulta bastante más difícil: decidir qué hacer con lo que ya saben.

La situación suele hacerse visible cuando una persona deja una organización después de muchos años. Mientras estuvo dentro, su experiencia profesional se encontraba rodeada de una estructura que le daba contexto y también cierta seguridad. El puesto delimitaba responsabilidades, la institución aportaba reputación, existían equipos para ejecutar, áreas que vendían, departamentos que administraban y procesos que permitían que una parte importante de las decisiones no recayera directamente sobre ella. Incluso cuando el trabajo implicaba incertidumbre, no toda la incertidumbre era personal. Había una organización alrededor.

Cuando esa estructura desaparece, la percepción puede cambiar de manera radical. Lo que antes parecía experiencia suficiente empieza a sentirse como preparación insuficiente. El profesional sabe hacer su trabajo, pero ahora necesita decidir qué hacer con ese conocimiento, dónde ofrecerlo, a quién, bajo qué condiciones y con qué alcance. Son preguntas distintas de las que respondía dentro de la organización. Y con frecuencia interpretamos esa diferencia como una carencia de conocimientos.

Entonces volvemos a estudiar.

No siempre porque exista una brecha real de conocimiento, sino porque estudiar ofrece una sensación de avance que tomar decisiones no ofrece. Una certificación tiene un principio y un final. Un programa tiene contenidos, objetivos y una constancia que acredita que los cumplimos. Una especialización permite demostrar que profundizamos en un campo determinado. Una decisión profesional, en cambio, no ofrece ninguna de esas certezas. Tiene consecuencias, exige elegir y nos obliga a convivir con la posibilidad de equivocarnos.

Por eso la acumulación de formación puede convertirse en una forma sofisticada de administrar la incertidumbre. No necesitamos asumir que existe una intención consciente de postergar. Basta observar el patrón. Cada vez que aparece una zona que no dominamos, incorporamos algo más a nuestra preparación. El problema es que, una vez que terminamos, la incertidumbre original sigue ahí. Entonces encontramos una nueva zona de desconocimiento y volvemos a estudiar.

Así aparece una paradoja particularmente incómoda para quienes han construido carreras académicas y profesionales sólidas: cuanto más saben, más evidente resulta todo lo que todavía desconocen. La formación deja de producir la sensación de estar preparados y empieza a producir una lista cada vez más sofisticada de razones para esperar.

El resultado puede ser absurdo. Una persona con dos maestrías, varias especializaciones y años de experiencia puede sentirse menos preparada para ofrecer sus servicios que alguien con una fracción de esas credenciales. Después observa que ese otro profesional consigue clientes, desarrolla proyectos o genera ingresos y aparece una pregunta difícil de evitar: ¿cómo es posible que le vaya mejor si yo estoy mucho más preparado?

Tal vez porque la preparación y la capacidad para actuar son cosas diferentes.

Esto no convierte a las certificaciones en inútiles ni a la formación en un problema. El conocimiento sigue siendo uno de los componentes fundamentales de una trayectoria profesional. Una especialización puede modificar lo que sabemos hacer. Una certificación puede acreditar una capacidad que el mercado necesita. Una nueva formación puede abrir una posibilidad que antes no existía. El problema empieza cuando suponemos que cada credencial adicional incrementa nuestro valor de manera automática.

No funciona así.

Una certificación dice algo sobre una formación que recibimos. Una especialización dice algo sobre la profundidad de nuestro conocimiento. Un título acredita una determinada preparación. Ninguno de esos elementos responde por sí solo a una pregunta mucho más importante cuando dejamos de estar respaldados por una estructura: ¿cuál es el activo profesional que ya hemos construido y qué hacemos con él?

Quizá hemos pasado demasiado tiempo pensando en términos de acumulación. Sumamos estudios, experiencias, cargos, certificaciones y conocimientos como si nuestra trayectoria fuera una cuenta en la que cada elemento nuevo incrementara necesariamente el saldo. Pero una trayectoria profesional no adquiere valor solamente por lo que contiene. También importa lo que podemos hacer con la combinación de sus elementos.

Ahí empieza una tarea diferente: identificar nuestro activo principal.

No se trata de elegir cuál de nuestros títulos es el más importante ni de convertir una característica personal en una supuesta ventaja competitiva. Tampoco significa encontrar una frase atractiva para describirnos. Identificar un activo profesional exige reconocer qué hemos construido a través de nuestra trayectoria y qué capacidad tenemos hoy para ponerlo en juego.

Y esa lectura no siempre resulta evidente para quien la ha construido.

Hay conocimientos que adquirimos en una formación formal y otros que desarrollamos resolviendo problemas durante años. Hay capacidades que aparecen en nuestra descripción de puesto y otras que nunca estuvieron escritas porque simplemente empezamos a hacerlas. Hay experiencias que, vistas por separado, parecen inconexas y que, observadas en conjunto, muestran una capacidad particular. Incluso aquello que para nosotros resulta cotidiano puede tener valor porque hemos pasado tantos años haciéndolo que dejamos de percibir la dificultad que representa para otros.

Por eso identificar el activo no consiste en hacer otra lista. Consiste en interpretar la trayectoria.

Y aquí cambia también la pregunta que solemos hacernos cuando sentimos incertidumbre profesional. En lugar de comenzar por “¿qué me falta?”, quizá tendríamos que empezar por “¿qué tengo?”. No como un ejercicio de autosuficiencia, sino como una revisión rigurosa de los recursos profesionales que ya existen antes de decidir qué necesitamos incorporar.

La diferencia parece pequeña, pero cambia la dirección de la búsqueda. Si empezamos por lo que nos falta, siempre encontraremos algo. El conocimiento no tiene un punto natural de llegada. Siempre habrá otra disciplina que estudiar, otra herramienta que aprender, otra tendencia que comprender y otra certificación disponible. Si empezamos por lo que tenemos, la pregunta se vuelve más exigente porque nos obliga a tomar posición frente a nuestra propia trayectoria.

Y tomar posición implica asumir riesgo.

Porque después de identificar lo que tenemos llega una parte para la que ningún programa de formación puede darnos una garantía: decidir dónde ponerlo a trabajar.

Ahí aparece una de las diferencias entre seguir preparándonos y construir una actividad profesional. Prepararnos incrementa nuestro conocimiento. Poner ese conocimiento en juego nos expone a la realidad. Nos obliga a descubrir si nuestra lectura era correcta, si existe una necesidad, si sabemos resolverla, si alguien está dispuesto a pagar por ello y qué necesitamos modificar cuando las cosas no salen como esperábamos.

Ese aprendizaje no ocurre antes de la decisión. Ocurre como consecuencia de ella.

Quizá por eso el profesional altamente preparado enfrenta una paradoja que merece mayor atención. Su formación le permite reconocer la complejidad de los problemas, pero esa misma capacidad puede llevarlo a esperar condiciones que difícilmente existirán antes de actuar. Mientras busca la preparación que finalmente le permita sentirse seguro, alguien menos preparado toma una decisión con información incompleta, obtiene una respuesta del mercado y empieza a aprender de ella.

No necesariamente tiene más talento. Tampoco necesariamente tiene una mejor formación. Simplemente aceptó una condición que nosotros intentamos eliminar antes de empezar: la incertidumbre.

Y ese es, quizá, el punto en el que necesitamos cambiar de conversación.

No se trata de estudiar menos. Se trata de dejar de utilizar la formación como respuesta automática frente a cualquier incertidumbre profesional. Hay momentos en los que necesitamos aprender algo nuevo y momentos en los que necesitamos decidir con lo que ya sabemos.

Confundir ambos momentos tiene un costo. Podemos pasar años aumentando nuestra preparación mientras dejamos intacta la pregunta que originó nuestra inquietud.

Por eso, antes de buscar la siguiente certificación, quizá convenga hacer algo menos cómodo: detenernos a identificar cuál es nuestro activo principal. No aquello que podemos agregar al currículum, sino aquello que ya construimos y que todavía no hemos aprendido a reconocer, integrar y poner en juego.

Tal vez el siguiente paso profesional no esté en obtener otra credencial.

Tal vez esté en descubrir qué tenemos y asumir el riesgo de decidir qué hacer con ello.

*La autora es fundadora de El Poder del Riesgo y Directora General de Punto Cero Consultores.

"La incertidumbre no se elimina. Se estructura."

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Abogada de formación y maestra en administración de negocios y mercadotecnia.

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