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Davos fue de DT2.0
Davos 2026 evidenció el fracaso del WEF: Donald Trump impuso su agenda contraria al multilateralismo, eclipsó valores y confirmó décadas de discursos sin acciones reales.
Julio Madrazo | Un país posible
Si bien el discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, fue el que más trascendió la semana pasada en el Foro Económico Mundial de Davos, lo cierto es que esta edición del WEF fue dominada por Donald Trump; hizo lo que quiso, como quiso, y definió la agenda en sus términos.
Lo dicho por Carney fue tan relevante, precisamente porque fue la voz más clara y contundente contra la ruptura geopolítica y comercial que implica la doctrina Donroe en todos los ámbitos de la escena mundial. Según su propia definición, la misión del WEF es “mejorar el estado del mundo mediante la cooperación público-privada”; se propone hacerlo con base en cinco principios: integridad, imparcialidad, independencia, respeto y excelencia.
En 2026 el foro estuvo lejos de contribuir a esa misión, y más remoto aún de atender esos valores, que precisamente son la antítesis de lo que guía el gobierno de Trump y de cómo avanza sus intereses para dominar el mundo.
Desde 1971 Davos busca impulsar la colaboración para resolver “cinco retos globales: crecimiento, geopolítica, tecnología, personas y planeta”. Y continúa: “ayudamos a los líderes a actuar con un propósito común en áreas que van desde comercio, la inversión, la estabilidad financiera, hasta la transición energética, la confianza digital y la salud”.
Nada de eso le interesa en lo más mínimo, ni es algo que Trump impulse, ni en su país, ni en el mundo; más bien aboga por lo contrario. La semana pasada el hombre más poderoso del planeta usó la Catedral de Occidente, para insultar en su cara a quienes profesan esa religión (democracia, contrapesos, legalidad, entre otras), y se sentó en el altar con un grupo de líderes paganos. En Davos lanzó su Comisión de la (Anti)Paz, para la cual hay que depositarle mil millones de dólares, y su yerno presumió los renders de Gaza reconstruida sobre los cadáveres de decenas de miles de personas.
¿Pero cómo llegamos aquí? La respuesta es muy simple, Davos con toda su pluralidad e ingenuidad, con los líderes más importantes del mundo reunidos anualmente, fracasó en la tarea de solucionar los retos económicos, políticos y sociales del capitalismo.
Al revisar las conversaciones de Davos de los últimos 25 años, es sorprendente ver los discursos y propuestas de líderes políticos, de CEOs, académicos y sociedad civil, todas y todos ellos, profesando cambios para mejorar nuestra sociedad, pero que al final no impulsaron. Muchos discursos, nada de acciones. Los testimonios del 2009 son desoladores, tras la crisis de 2008, cuando parecía que el campanazo de Wall Street generaría una ola real de transformación, no pasó nada. Poco después vimos nacer los ODS de Naciones Unidas en 2012; otro esfuerzo efímero para impulsar cambios en el comportamiento de países y empresas. Un multilateralismo que ya estaba enfermo, y hoy agoniza.
En 2021, sin que hubiese cambiado algo en el entorno de la desigualdad económica y social, de la crisis climática, o un crecimiento más dinámico del mundo, Klaus Schawb, fundador del WEF, publicó su libro Stakeholder Capitalism. El principal objetivo era promover la idea de que se puede hacer el bien, siendo rentable y una empresa competitiva. “Hacer el bien, haciendo las cosas bien”, podría ser la síntesis del texto. No todo debe ser repartir mayores dividendos, una empresa también es responsable del bienestar de sus empleados, sus comunidades, el medio ambiente, etcétera.
Cinco años después, Trump, un empresario y político con una visión diametralmente opuesta a Schawb, llegó a usar Davos para patear el tablero de ajedrez y redefinir las reglas del juego, y si bien es indignante, tal vez fue la semana más relevante del WEF en todos sus años de existir. ¿Será la edición de 2027 en los términos de Trump o podrá el WEF regresar a su esencia?