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Opinión

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Contar para planear

Rafael Lozano | Columna Invitada

Decenas de hospitales nuevos y miles de camas durante el sexenio. El anuncio tiene la contundencia de las cifras simples: permite mostrar obra, compararla y transmitir una idea fácilmente reconocible.  La expansión hospitalaria se presenta además como una manera de recuperar un rezago acumulado durante décadas.

No hay nada extraño en esa manera de comunicar. Los hospitales se ven y las camas se cuentan. La dificultad comienza cuando esas mismas unidades se utilizan para responder una pregunta diferente:

¿qué infraestructura hospitalaria necesita realmente el país?

El dilema no es construir o no construir. Algunos hospitales son antiguos y necesitan sustituirse; otros requieren ampliaciones o renovación tecnológica; existen territorios con carencias y establecimientos sometidos a una presión excesiva. Una red orientada hacia la atención ambulatoria necesita hospitales capaces de resolver aquello que no debe o no puede resolverse fuera de ellos.

Un hospital parece una unidad natural hasta que intentamos compararlo con otro. Uno puede tener poco más de treinta camas y otro, varios cientos e incluso miles. Ambos cuentan como uno. La cama mejora la comparación porque permite agregar establecimientos de tamaños diferentes, pero tampoco dice por sí sola si existe personal suficiente, equipamiento funcional, medicamentos, cobertura de turnos o capacidad para resolver determinados problemas.

Los datos de 2024 permiten avanzar un poco más. En lugar de detenernos en establecimientos y camas, podemos observar también cómo se utilizaron las camas censables durante el año. Cabe mencionar que no se puede hacer este análisis sobre 2025 pues aún no están consolidados los datos de todas las instituciones del sector público.

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La comparación tiene además un límite que conviene hacer explícito: descansa en camas censables, la unidad administrativa tradicional de la hospitalización y la que permite construir egresos, días estancia y ocupación. No representa toda la capacidad hospitalaria. Las camas no censables —utilizadas, entre otros espacios, en urgencias, recuperación, observación o corta estancia— quedan fuera de esta medición. Por tanto, lo que sigue describe la hospitalización censable, no la totalidad del hospital.

La primera sorpresa aparece antes de mirar la ocupación. El sector privado tiene cinco veces los establecimientos de la seguridad social y más del triple de los servicios públicos para población sin seguridad social, pero muchas menos camas que ambos componentes del sector público. El establecimiento privado que reportó egresos tenía en promedio alrededor de trece camas; el público, cerca de sesenta y nueve. La palabra hospital está agrupando organizaciones de escalas muy diferentes.

La cama resulta una unidad mejor, pero tampoco cuenta sola. La ocupación parece ofrecer una lectura inmediata: 66.4% en la seguridad social, 59.0% en los servicios para población sin seguridad social y apenas 36.2% en el sector privado. Podría interpretarse que el sector privado mantiene una proporción mucho mayor de camas censables desocupadas.

Pero al añadir los egresos por cama la interpretación cambia. El sector privado registra 64.1 egresos por cama al año, frente a 59.6 en la seguridad social y 60.7 en los servicios públicos para población sin seguridad social. La diferencia importante aparece en la estancia media: 2.1 días en el privado, 4.1 en la seguridad social y 3.6 en el resto del sector público.

La ocupación expresa la combinación de cuántos episodios pasan por una cama y cuánto dura cada uno. Una cama puede recibir muchos pacientes durante el año y permanecer desocupada buena parte del tiempo si las estancias son breves. Otra puede recibir menos pacientes y mantener una ocupación elevada si permanecen hospitalizados durante más tiempo.

De pronto, la ocupación deja de ser una respuesta y se convierte en otra pregunta. No sabemos todavía qué explica esas diferencias. La mezcla de casos seguramente importa: obstetricia, cirugía de emergencia, procedimientos electivos, medicina interna, alta complejidad y padecimientos que requieren hospitalizaciones prolongadas no tienen el mismo peso en todos los establecimientos. Los datos no permiten concluir que el privado sea más eficiente ni que el público prolongue innecesariamente las hospitalizaciones. Para eso habría que desagregar mucho más.

Por lo pronto se advierte que México no tiene una sola arquitectura hospitalaria. Las dos grandes vertientes públicas presentan diferencias, pero sus patrones de utilización se parecen bastante más entre sí que al privado. Este último combina muchos establecimientos pequeños, estancias considerablemente más breves y una rotación ligeramente mayor por cama.

En México solemos dividir a la población entre quienes cuentan con seguridad social y quienes no. Lo anterior es indispensable para conocer responsabilidades institucionales del sector público, pero describe sólo parcialmente dónde ocurre la atención. El sector privado se superpone sobre ambos grupos. Una persona afiliada al IMSS puede consultar privadamente, realizarse estudios fuera de su institución y regresar posteriormente al hospital público. Algo semejante puede ocurrir con quien utiliza IMSS-Bienestar. La población atraviesa las fronteras institucionales con mayor facilidad que las estadísticas con las que intentamos describirla.

Conviene entonces distinguir tres mapas: afiliación, oferta y utilización. El primero indica quién debería hacerse responsable de la atención; el segundo, dónde se encuentran establecimientos, camas, equipos, profesionales y capacidades; el tercero, dónde recibe efectivamente atención la población.

Aquí basta recuperar la secuencia desarrollada antes: estructura, capacidad, proceso, resolución y resultado. Hospitales y camas describen una parte de la estructura; ocupación, rotación y estancia empiezan a mostrar utilización. Todavía no sabemos qué capacidad resolutiva existe, qué se resuelve ni qué resultados se obtienen.

Nuestro recorrido por los datos lo demuestra. Primero contamos hospitales y descubrimos que no eran comparables. Pasamos a las camas y mejoramos la comparación, pero todavía no sabíamos cómo se utilizaban. Añadimos ocupación y parecía que habíamos encontrado una mejor medida, hasta que rotación y estancia mostraron que una misma cifra puede esconder formas de funcionamiento muy distintas.

Cada indicador abrió la caja del anterior.

Volvamos entonces a los miles de camas anunciadas en 2026. Los datos de 2024 no permiten afirmar que México no las necesite. Un promedio nacional puede coexistir con hospitales saturados, regiones desatendidas, especialidades insuficientes o establecimientos que requieren sustitución. Pero tampoco basta con afirmar que faltan hospitales y camas.

La pregunta más útil es otra: ¿nuevas camas para hacer qué? Una parte puede sustituir infraestructura obsoleta; otra corregir déficits territoriales; otra ampliar capacidades que hoy resultan insuficientes. Son decisiones diferentes y deberían contarse como tales. Sustituir un hospital de cien camas por uno de ciento veinte no agrega ciento veinte camas al sistema: agrega veinte, además de renovar las cien existentes.

También importa lo que ocurre después de la inauguración. Una cama nueva necesitará durante décadas personal, medicamentos, reactivos, mantenimiento, energía, tecnología, información y reposición de equipos. Toda expansión física genera compromisos futuros. Si la red aumenta sin un crecimiento compatible del gasto recurrente, pueden aumentar los ladrillos sin aumentar en la misma proporción las capacidades.

Esto permite entender por qué construir hospitales y fortalecer el hospitalocentrismo no son sinónimos. Un hospital nuevo puede ser un nodo que respalde una red ambulatoria con elevada capacidad resolutiva. También puede concentrar especialistas, tecnología y presupuesto hasta convertir al resto de la red en una antesala del hospital. El número de establecimientos no permite distinguir entre esas dos posibilidades.

Por eso comparar cuántos hospitales o camas construyó una administración frente a otra responde a una pregunta legítima, pero limitada: quién hizo más obra. La planeación necesita saber algo diferente: qué capacidad hacía falta, qué capacidad se agregó y qué necesidades permitirá resolver.

Contar hospitales permite mostrar lo construido. Contar camas mejora el inventario. Medir ocupación, rotación y estancia empieza a mostrar cómo se utilizan esas camas. El paso siguiente es más difícil, pero también más importante: relacionar esas cuentas con las capacidades que se necesitan, los problemas que se resuelven y lo que finalmente cambia para las personas. El dilema no es construir o no construir. Es dejar de confundir cuánto se construye con la capacidad que realmente se agrega al sistema.

El autor agradece a Juan Jose González su apoyo en la curación de datos.

*Investigador Emérito del SNII. Profesor Emérito del Instituto para la Medición y Evaluación de la Salud. Universidad de Washington. rlozano@uw.edu; @DrRafaelLozano

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El autor es profesor Titular del Dpto. de Salud Pública, Facultad de Medicina, UNAM y Profesor Emérito del Dpto. de Ciencias de la Medición de la Salud, Universidad de Washington. Las opiniones vertidas en este artículo no representan la posición de las instituciones en donde trabaja el autor.

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